Javier Agreda

Los golpistas: una crónica burlesca

Reseña de la más reciente novela de Jaime Bayly

Los golpistas: una crónica burlesca
Javier Agreda
18 de febrero del 2026

 

Con Los golpistas (Revuelta, 2026), Jaime Bayly (Lima, 1965) continúa la línea narrativa que ya había ensayado en Los genios (2023): una reconstrucción de hechos reales narrados con abundantes elementos de ficción. Y si bien esta fórmula es un recurso legítimo en la novela histórica o en la crónica literaria, en los libros mencionados Bayly no busca iluminar zonas oscuras de la historia, sino llevar al extremo el ridículo y la degradación de los personajes retratados. En esta ocasión, su principal blanco es el dictador venezolano Hugo Chávez (1954–2013), especialmente durante los acontecimientos del fallido golpe de Estado de abril de 2002. También ocupa un lugar relevante Fidel Castro, a quien Bayly presenta como una figura decisiva en el regreso de Chávez al poder.

El golpe de 2002 se desencadenó tras las protestas del 11 de abril contra el gobierno de Chávez, en un clima de fuerte polarización política; decenas de manifestantes murieron en medio de los enfrentamientos. Sectores militares y parte de la oposición responsabilizaron al Gobierno por esas muertes, lo que llevó a la detención de Chávez y a la instalación de un gobierno provisional encabezado por Pedro Carmona. Este nuevo gobierno anunció la disolución de la Asamblea Nacional, el Tribunal Supremo y otros órganos del Estado, además de dejar sin efecto la Constitución vigente. Tales medidas generaron el rechazo popular y divisiones dentro de las propias Fuerzas Armadas. Finalmente, en la madrugada del 13 de abril, un grupo de militares leales restituyó a Chávez en la presidencia de Venezuela.

Bayly narra estos hechos centrándose en las peripecias personales de Chávez desde el momento en que el general Efraín Velásquez lo arresta y le exige la firma de su renuncia. Trasladado al Fuerte Tiuna, el presidente depuesto —según este libro— llama de inmediato a Castro, quien le sugiere pedir asilo en Cuba mientras organiza un contragolpe. A partir de allí, el relato se carga de escenas en las que los rebeldes parecen a punto de asesinar a Chávez, especialmente durante su traslado en helicóptero a otro cuartel. Es en esos pasajes donde el tono del libro se vuelve más problemático: Bayly muestra a Chávez “llorando, temblando, con los pantalones mojados de orines” o sufriendo una feroz diarrea en pleno vuelo. Son escenas que buscan provocar risa, pero que resultan más burdas que incisivas.

En capítulos alternos, el autor intercala una suerte de biografía de Chávez. Recorre episodios de su infancia y juventud, su formación militar y su también fallido intento de golpe de Estado en 1992 (contra Carlos Andrés Pérez), hasta llegar a su triunfo electoral en 1998. También reconstruye una serie de encuentros entre Chávez y Castro, conversaciones privadas y sin testigos que Bayly “recrea” con una intención satírica evidente. Y lo hace con una mala voluntad tan explícita que rompe cualquier ilusión de verosimilitud.

Ese es, quizá, el principal defecto de Los golpistas: la falta de credibilidad de muchas de las cosas que narra. Bayly inventa, por ejemplo, una amistad juvenil entre Chávez y Augusto Zimmerman –uno de los ideólogos del velascato– durante una visita al Perú en 1974, pese a la notable diferencia de edad y a la inexistencia de un sustento histórico para ese vínculo. Pero mucho más cuestionables son las escenas dedicadas a supuestas consultas médicas de Chávez —con psiquiatras o proctólogos— que parecen diseñadas únicamente para humillar al personaje. La sátira, cuando pierde toda objetividad, deja de ser eficaz y se convierte en simple agresión.

A esto se suma una serie de descuidos formales que sorprenden en un autor de tan larga trayectoria. Se advierten errores gramaticales, en especial en el uso de preposiciones, así como reiteraciones innecesarias de información. Hay datos que se repiten con pocas páginas de diferencia y personajes que se describen varias veces, casi con las mismas palabras; es el caso de Nicolás Maduro, que es “presentado” reiteradamente, como si el lector no lo hubiera visto antes en la narración. Estos detalles no son menores, y dan la impresión de un texto no lo suficientemente trabajado.

Los golpistas confirma el talento de Bayly para construir escenas ágiles y diálogos dinámicos, pero también evidencia los límites de una estrategia narrativa basada casi exclusivamente en la exageración y la burla. La novela podría haber sido una interesante exploración de uno de los episodios más tensos de la historia reciente de Venezuela; pero Bayly opta únicamente por la caricatura y ridiculización de los personajes. El resultado es un libro que entretiene por momentos, pero que sacrifica todo rigor y profundidad. Y que además deja la sensación de que el ajuste de cuentas pesó más que el interés por comprender los hechos.

Javier Agreda
18 de febrero del 2026

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