Manuel Gago
Con la canción también se combate
Un guión perturbador que ataca a la familia y la fe
De alguna manera fui formado en el ambiente radial y conozco algo de música. Lo resumo: “de gustos y colores no han escrito los autores”. Los tiempos cambian y cada época tiene sus preferencias. No hay por qué, entonces, desmerecer los gustos de otros.
Por la música surgen las tendencias sociales, modas y estilos de vida. Cierta moderación fue alterada con la llegada de Elvis Presley, The Beatles, la nueva ola y el rock. La “paz, música y amor” del hipismo espantó a los conservadores, que calificaron al rock de música satánica. Por ejemplo, Alice Cooper es icónico por sus conciertos espectaculares y señalado de diabólico por el uso excesivo de imágenes excéntricas. No obstante, Cooper –que tampoco era Alice– surgió como muchas estrellas del rock en los coros cristianos afronorteamericanos.
Por su lado, la trova y la música de protesta, con seguidores desde los años sesenta, tienen contenido político y social. Es un género popular por razones obvias: por la rebeldía natural de los jóvenes, que el socialismo aprovecha muy bien. Pero la gente escucha lo que conforta su alma, lo que complace y ofrece felicidad. Y los deseos cambian, evolucionan o involucionan. La felicidad es un pico estadístico, un instante. Nada es blanco y negro, hay matices y nada es estático. Todo se mueve, es un principio básico de la física que estudia la materia y la filosofía.
A menudo pienso: si fuera de la cansada, quejosa e indignada generación Z tal vez sería fanático de ese “conejo malo”. Pero, al pensarlo me estremezco. No me veo dentro de esa generación tan distinta a la mía. Soy de la época de las ausencias por la dictadura socialista de Juan Velasco Alvarado. Por entonces, pocas cosas estaban a la mano, muchas otras eran imposibles de conseguir. Nuestros comportamientos eran moldeados en casa y nuestros ideales eran románticos. Las sinvergüencerías eran palomilladas con cuotas de castigo. Los padres de la generación Z son compinches de sus hijos, su portátil, su barra brava, sus mayores consentidores. Los nuestros eran padres responsables de la formación de sus hijos.
Hoy, por la ausencia de guías y modelos edificantes, y aun cuando se dice que la izquierda está en retroceso, avanza un guión perturbador y consistente contra los valores naturales e históricos, y que utiliza la cultura con fines políticos. Ese guión perturbador es fascista. Pone al Estado sobre todas las cosas y pretende someter a la familia. Intenta imponer una ideología totalitaria, excluyendo la participación privada.
Católicos y evangélicos demostraron un compromiso genuino con la educación y las ayudas sociales, organizando colegios y hogares de acogida. Donde el Estado fracasa los privados arriesgan su prestigio sabiendo que serán atacados. Contrariamente, los socialistas discursean y critican. Continúan estancados en el diagnóstico.
Nada es casualidad. Todo movimiento tiene fuerzas. Todo converge. El dicho “con la canción también se combate” lo escuché siendo adolescente, en plena efervescencia de los ideales comunistas. Esa frase está de vuelta. Ya no son los capitalistas, el imperialismo yanqui, los gamonales y los ricos del pueblo los únicos enemigos. El combate se ha extendido contra los valores humanos y ciudadanos, contra la familia y la fe.
La música con sus implicancias culturales apunta contra todo lo que representa el cristianismo. ¿Acaso es el último bastión de las libertades? ¿Acaso –como bien señala Erick Flores en su columna “El credo de la mentira”– es la última línea de contención de la cultura occidental tal como la conocemos?
















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