Javier Agreda
Cuando estemos lejos de aquí
Reseña crítica del más reciente poemario de Gastón Agurto
Periodista de larga trayectoria, Gastón Agurto (Lima, 1966) ha desarrollado en paralelo una obra poética, iniciada a fines del siglo pasado con los libros Comer carne humana (1992) y Nadie se mueva (1999). Tras una prolongada pausa, que terminó durante el encierro por el covid, Agurto ha vuelto a la poesía con dos nuevos libros. El más reciente es Cuando estemos lejos de aquí (Santo Oficio, 2025), un conjunto de 37 poemas breves, distribuidos en cinco secciones, en los que el autor reafirma los rasgos centrales de su escritura: un tono coloquial y narrativo, una marcada economía del lenguaje y la búsqueda de una imagen como núcleo de sentido.
Los poemas del libro funcionan, en buena medida, como recreación de breves escenas del pasado. Hay en ellos una mirada retrospectiva hacia la infancia, la vida familiar y los espacios urbanos donde el autor se formó, pero sin caer en el simple registro autobiográfico. Agurto parece consciente de que el recuerdo solo cobra espesor poético cuando logra desprenderse de lo anecdótico y abrirse a una experiencia compartible. De ahí que el tono sea, por lo general, amable y contenido.
Esto se advierte con claridad en la primera sección, “Una parte de la historia”, en la que figuran poemas como “Paseo a la playa”, “Mi tío el borrachín” o “El ómnibus de la línea 21”. En este último, el vehículo es descrito como “ingrávido y gris”, “como un viejo submarino” avanzando por la ciudad con su habitual inclinación y su humo espeso. La escena, que podría leerse como un cuadro costumbrista, se desplaza en el remate hacia un registro inesperado: todos los pasajeros duermen y también el chofer. Ese giro final introduce una fisura que transforma lo cotidiano en algo inquietante.
La tercera sección, “El tiempo apenas repara los relojes”, profundiza en esa mirada retrospectiva, pero dándole mayor peso al tema del paso del tiempo y su consecuencia inevitable: la muerte. Aquí los poemas parecen preguntarse qué queda de nosotros cuando el cuerpo envejece o desaparece, como anuncia el título del poemario. En “El muchacho invisible”, las ropas de la juventud deambulan solas por el antiguo barrio, mezclándose con otras prendas vacías que alguna vez tuvieron dueño. En otro texto, el hablante describe con humor seco su propia muerte: “La atención de esta funeraria es realmente de primera. / Me vistieron con la ropa que yo mismo habría elegido”. La ironía, lejos de suavizar el tema, lo vuelve más punzante.
Ese humor contenido atraviesa todo el libro y se intensifica en la sección final, “Inscripciones en los guardabarros de los camiones”. Allí aparecen objetos cargados de memoria —un espejo familiar, una improbable máquina del tiempo— y escenas en las que la vida y la muerte conviven sin dramatismo, como “viejas vecinas de siempre”. Uno de los momentos más logrados es “El peluquero de Yungay”, poema en el que pasado y presente se superponen en la ciudad sepultada tras el terremoto de 1970. “Si pegamos la oreja en el suelo /… todavía podemos oír / el murmullo de quienes permanecen ocultos / a pocos metros de profundidad”.
El autor ha señalado que escribe para “dibujarse antes de que empiece a olvidar o el tiempo empiece a desdibujarlo”, y que busca en el poema la máxima concisión posible, un ahorro riguroso del lenguaje. Su formación periodística y su experiencia como editor resultan decisivas para su poética: saber “sacar la paja para que quede solo lo esencial” se traduce aquí en textos depurados, en los que casi no sobran palabras.
En ese sentido, Cuando estemos lejos de aquí no apuesta por grandes despliegues líricos ni por un lenguaje especialmente elaborado. Su fuerza reside más bien en la claridad, en la construcción de escenas reconocibles y en la capacidad de establecer un puente con el lector a partir de experiencias comunes: la familia, el barrio, el envejecimiento, la conciencia de la muerte. Esa búsqueda de empatía, cercana a la tradición de poetas como Juan Gonzalo Rose o incluso a la lógica de ciertas canciones populares —algo que el propio Agurto parece asumir—, es también su mayor virtud. El libro no pretende deslumbrar, sino acompañar. Y en esa modestia, cuidadosamente trabajada, encuentra su lugar y su eficacia.
















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