Mariana de los Ríos

La poesía visual de “Sueño de trenes”

Una de las nominadas a “Mejor Película” en los Oscar 2026

La poesía visual de “Sueño de trenes”
Mariana de los Ríos
19 de febrero del 2026

 

El director Clint Bentley (Florida, 1985) ya había mostrado una sensibilidad artística muy particular en su primera película –Jockey (2021)– apuesta en Sueño de trenes (2025) por un relato íntimo y expansivo a la vez, enmarcado en la historia del desarrollo de la red ferroviaria en Estados Unidos. Una película que se inscribe en una tradición contemplativa del cine norteamericano, con ecos visibles de Terrence Malick, pero que busca una voz propia para hablar del paso del tiempo y la fragilidad de una vida común.

La historia sigue a Robert Grainier, interpretado por Joel Edgerton (Australia, 1974), un trabajador itinerante que participa en la construcción de vías férreas a comienzos del siglo XX. Huérfano desde niño, Robert crece acostumbrado al silencio y al esfuerzo físico extremo. Tala bosques, coloca rieles, ayuda a levantar puentes. Pasa meses lejos de casa, compartiendo campamentos con hombres curtidos y parcos. Un narrador en off, con la voz grave y serena de Will Patton, nos guía por sus recuerdos y pensamientos, dando forma a una vida que, de otro modo, quedaría encerrada en la reserva del protagonista.

En uno de sus regresos conoce a Gladys, encarnada por Felicity Jones, y ese encuentro altera su destino. Se enamoran con una intensidad tranquila, imaginan su futuro junto al río, delimitan con piedras el espacio donde levantarán su casa. La felicidad parece sencilla y posible. Construyen ese hogar y tienen una hija, mientras Robert sigue viajando para sostener a la familia. La película muestra esos momentos domésticos con una delicadeza que contrasta con la rudeza del trabajo en los bosques.

Pero el mundo laboral de Robert está marcado por la precariedad y la violencia. Es testigo de un ataque racista contra un trabajador chino, un episodio que lo persigue como una culpa silenciosa. También entabla relación con figuras excéntricas, como un veterano experto en explosivos y un predicador errático; cada uno deja una huella intensa en Robert. La muerte, en distintas formas, atraviesa el relato y anticipa la tragedia que más tarde golpeará la vida familiar del protagonista, quebrando la sensación de estabilidad recién conquistada.

Bentley construye la película como una sucesión de recuerdos que se encadenan con lógica emocional más que cronológica. La fotografía de Adolpho Veloso privilegia la luz del atardecer, los planos bajos entre la hierba, los cuerpos pequeños frente a la inmensidad del paisaje. La música de Bryce Dessner acompaña sin imponerse, reforzando esa cualidad onírica que sugiere el título. Los trenes, omnipresentes, funcionan como símbolo doble: conectan territorios y personas, pero también arrasan con árboles centenarios y modos de vida.

Joel Edgerton compone a Robert desde la contención. Habla poco, observa mucho. Su trabajo se apoya en la mirada y en la postura del cuerpo, en la forma en que sostiene una herramienta o acaricia una mesa recién construida. La voz en off no sustituye su actuación, sino que la complementa, como si alguien estuviera contando la historia que él nunca se animó a verbalizar. Felicity Jones aporta calidez y firmeza a Gladys, evitando que el personaje quede reducido a simple figura idealizada. Sin embargo, esa apuesta por lo lírico no siempre alcanza el equilibrio. Algunas transiciones se sienten difusas, como si la búsqueda de una atmósfera poética restara claridad dramática. Y la acumulación de imágenes bellas corre el riesgo de diluir la tensión narrativa, sobre todo en el tramo medio.

También puede discutirse la decisión de atenuar ciertos aspectos más ásperos del material original, como la posible complicidad moral de Robert en el episodio racista. Al suavizar esas aristas, el personaje gana empatía pero pierde complejidad. La película prefiere sugerir que la culpa lo persigue como una sombra abstracta, en lugar de confrontar con mayor crudeza las consecuencias de sus actos. Esa elección encaja con el tono elegíaco general, aunque limita la profundidad ética del relato.

A pesar de esos detalles, Sueño de trenes logra momentos de verdadera intensidad. En su tramo final, cuando la vida de Robert se comprime en una serie de recuerdos dispersos, la película encuentra una verdad sencilla: toda existencia, por modesta que sea, contiene un universo. Entre rieles, bosques talados y silencios prolongados, la película recuerda que cada historia merece ser contada, aunque sea en voz baja.

La película Sueño de trenes se puede ver en Netflix

Mariana de los Ríos
19 de febrero del 2026

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