Mariana de los Ríos
Hamnet: cuando la pérdida se convierte en arte
Reseña de la película nominada a nueve Premios Oscar 2026
La película Hamnet (2025), dirigida por Chloé Zhao (Pekín, 1982), es la esperada adaptación de la novela de Maggie O’Farrell que imagina la vida íntima de la familia de William Shakespeare tras la muerte de su hijo. Zhao, ganadora del Oscar por Nomadland (2020), se ha distinguido por una mirada contemplativa que encuentra lo extraordinario en lo cotidiano y en la naturaleza. Su incursión en este drama de época marca un giro hacia un registro más clásico y literario; una película nominada a nueve Premios Oscar 2026, y que se presenta como un puente entre la biografía imaginada y la reflexión sobre el poder del arte.
La historia se centra en Agnes Hathaway –interpretada por Jessie Buckley (Irlanda, 1989)– y su relación con el joven William – el también irlandés Paul Mescal (Kildare, 1996), a quien conocemos antes de convertirse en el dramaturgo más célebre de la lengua inglesa. Agnes es retratada como una mujer enigmática, profundamente conectada con el bosque y las fuerzas invisibles que lo habitan. Su vínculo con Will nace de esa diferencia que el pueblo observa con recelo. Pronto se casan y forman una familia con sus tres hijos: primero Susanna y luego los mellizos Judith y Hamnet, cuya infancia transcurre entre juegos, tareas domésticas y pequeñas tensiones matrimoniales.
Zhao dedica buena parte del metraje a construir ese mundo familiar. Observamos a Agnes enseñando a sus hijos a escuchar la tierra, a reconocer plantas y ritmos naturales. Will, por su parte, alterna la vida en Stratford con sus crecientes compromisos teatrales en Londres. La película sugiere una conexión especial entre los mellizos, casi sobrenatural, que refuerza la idea de una sensibilidad compartida. Esa armonía se quiebra con la repentina enfermedad y muerte de Hamnet a los once años, un hecho histórico que aquí se convierte en el eje emocional del relato.
A partir de esa pérdida, el dolor invade cada espacio de la casa. El duelo separa a la pareja tanto física como espiritualmente. Mientras Will se refugia en el trabajo y la distancia, Agnes permanece anclada en ell recuerdo del hijo. La hipótesis que articula la película es conocida: Shakespeare habría escrito Hamlet como una forma de procesar su duelo, transformando la tragedia personal en una obra inmortal. El clímax se sitúa en la representación de la obra, cuando Agnes asiste al teatro y comienza a comprender el eco de su propia historia sobre el escenario.
En su primera mitad, Hamnet funciona sobre todo como experiencia sensorial. La fotografía de Lukasz Zal envuelve el bosque en una luz húmeda y vibrante; el diseño sonoro y la música de Max Richter subrayan una atmósfera que oscila entre lo terrenal y lo místico. Zhao filma la naturaleza con una devoción casi táctil: hojas que crujen, telas que respiran, cuerpos recostados bajo árboles centenarios. Hay imágenes poderosas, como ese plano cenital de Agnes en el bosque, que encuentra un eco visual en el teatro hacia el final.
Las interpretaciones sostienen con firmeza la propuesta. Paul Mescal compone a un Will contenido, dividido entre la ambición y la culpa, y que logra transmitir más con silencios que con discursos. Sin embargo, es Jessie Buckley quien se adueña de la película. Su Agnes no es solo una madre doliente; es una mujer compleja, a veces áspera, a veces luminosa. Buckley dota al personaje de una fisicidad intensa, casi animal, que resulta magnética. En los momentos culminantes, su presencia llena la pantalla con una mezcla de rabia, incredulidad y amor que conmueve sin necesidad de palabras.
No obstante, cuando la narración se adentra de lleno en la tragedia, surgen algunas fisuras. Zhao prolonga las escenas de dolor con una insistencia que por momentos roza lo enfático. El duelo, en lugar de sugerirse, se subraya con gestos amplios, gritos y una música que empuja al espectador hacia la emoción. Hay instantes en los que la cámara parece demasiado cercana, casi intrusiva, como si buscara garantizar las lágrimas. También resultan discutibles algunas escenas, como la inclusión explícita del célebre “To be, or not to be” junto al río. En su afán por cerrar el círculo entre vida y obra, la película sacrifica parte de la sutileza que tiene en sus mejores momentos.
Con todo, el tramo final recupera buena parte de la fuerza inicial. La representación teatral ofrece imágenes de gran potencia y plantea una reflexión convincente sobre el arte como espacio de transformación. Cuando Agnes comprende que el escenario contiene algo de su hijo, la película alcanza una emoción más auténtica y menos forzada. Hamnet no está exenta de excesos ni de desequilibrios, pero en sus mejores escenas logra algo valioso: mostrar cómo una pérdida íntima puede encontrar forma y resonancia en una obra que atraviesa los siglos.
















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