Mariana de los Ríos
Marty Supremo: deseo, delirio y deporte
Reseña de la película con nueve nominaciones a los Premios Oscar 2026
La película Marty Supremo, dirigida por Josh Safdie, es una comedia frenética que se mueve entre la sátira, el caos y el retrato psicológico de un antihéroe imposible de ignorar. Safdie (Nueva York, 1984), conocido por su estilo nervioso y su interés en personajes impulsivos al borde del colapso, aquí lleva su estética al extremo, combinando humor screwball, provocación cultural y una puesta en escena que parece diseñada para desorientar al espectador. La película funciona como un maratón de estímulos: diálogos vertiginosos, humor incómodo, cameos inesperados y una sensación constante de urgencia que convierte cada escena en una explosión. Una fórmula eficaz y que le ha valido ser nominada a nueve de los más importantes premios Oscar: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guion Original, Mejor Actor Protagónico, Mejor Fotografía, etc.
La historia sigue a Marty Mauser, interpretado por Timothée Chalamet (Nueva York, 1995), un joven judío en la Nueva York de los años cincuenta, que trabaja en una zapatería mientras sueña con convertirse en una superestrella del ping pong. Ambicioso y verborrágico, Marty ahorra dinero para competir en campeonatos internacionales y patentar su propia marca de pelotas, mientras mantiene una relación clandestina con Rachel, un amor de la infancia atrapado en un matrimonio infeliz. Marty viaja a Inglaterra para demostrar su talento, y allí se cruza con la exestrella de cine Kay Stone, se enreda en negocios dudosos, pierde prestigio –tras una humillante derrota– y regresa a Estados Unidos decidido a reconstruir su reputación, aun cuando su vida personal se desmorona.
Desde sus primeras escenas la película deja claro que no será un drama deportivo convencional. Safdie utiliza el ping pong menos como un tema central y más como un principio rítmico: el montaje, los movimientos de cámara y los diálogos replican el ir y venir acelerado de una pelota. La sensación de vértigo es constante, y la narrativa se estructura como una sucesión de crisis, humillaciones, oportunidades absurdas y estallidos de mal gusto. El humor se mueve entre lo grotesco y lo incómodo, mezclando referencias cinéfilas, provocaciones culturales y momentos de auténtica ternura que emergen entre el ruido.
Timothée Chalamet ofrece aquí una de las interpretaciones más intensas de su carrera. Su Marty es un manojo de inseguridades, grandilocuencia y hambre de reconocimiento, alguien que cree que la confianza es una moneda de cambio. El actor compone un personaje simultáneamente carismático e irritante, capaz de fascinar y repeler en la misma escena. Hay ecos de los antihéroes del cine de los años setenta, en especial de figuras impulsivas que viven como si detenerse equivaliera a morir. Chalamet convierte la ansiedad, el narcisismo y la autoindignación de Marty en un motor dramático que impulsa toda la película.
El reparto secundario funciona como un contrapeso emocional y simbólico al protagonista. La actriz Odessa A’zion (Los Ángeles, 2000) dota al personaje de Rachel de una identidad propia, evitando que sea solo la novia sufrida; ella entiende las debilidades de Marty y, en cierto modo, sabe cómo ayudarlo a superarlas. Gwyneth Paltrow, en el papel de Kay Stone, ofrece una actuación elegante y contenida, lejos del cliché de la estrella en decadencia. Su personaje encarna la necesidad de ser amada y validada, ya sea por el público o por el jugador de ping pong que la idolatra. La dinámica entre Kay y Marty revela una mutua dependencia construida sobre ilusiones.
Uno de los aspectos más interesantes del film es su tratamiento de los referentes culturales. Aunque la historia transcurre en los años cincuenta, Safdie emplea un lenguaje visual y musical que remite a décadas posteriores, generando una sensación de desplazamiento temporal. Marty parece un hombre fuera de su época, una versión primitiva del emprendedor agresivo moderno, un “tiburón” obsesionado con la expansión, el estatus y la victoria total. La película puede leerse como un retrato temprano del ego empresarial estadounidense y de la toxicidad asociada a la ambición desmedida, proyectada en un mundo que aún no estaba preparado para ella.
En lo técnico, “Marty Supreme” es un despliegue de estilo. La cinematografía de Darius Khondji adopta una textura nerviosa, como si la cámara misma luchara por mantenerse al ritmo del protagonista. El montaje refuerza la sensación de urgencia constante, mientras que la banda sonora de Daniel Lopatin, junto con canciones de distintas décadas, convierte la música en un personaje más. El resultado es una experiencia sensorial que puede resultar agotadora, pero que rara vez pierde intensidad. Incluso las decisiones de casting, repletas de rostros conocidos y cameos, contribuyen a la imprevisibilidad del relato.
Aunque algunos espectadores podrían reducir la película a una variación de anteriores trabajos de Safdie –como Good Time (2017) y diamantes en bruto (2019)–, Marty Supremo posee identidad propia. No se limita a ser un ejercicio de estilo, sino que construye un retrato complejo de un hombre aplastado por la grandeza que cree merecer. Marty no es un héroe inspirador, sino una figura patética y fascinante, alguien cuya fe en sí mismo es tanto su motor como su condena. El film se permite ser incómodo, excesivo y provocador, confiando en que la intensidad emocional compense cualquier irregularidad narrativa.
Marty Supremo es una obra singular dentro del cine reciente, una experiencia cinematográfica tan agotadora como estimulante. Su locura, su humor de mal gusto, su energía desbordada y su estudio del ego americano la convierten en una obra difícil y en muchos momentos desagradable; pero su ambición formal, la entrega de Chalamet y la visión de Safdie logran algo poco común: convertir una historia sobre ping pong en un retrato vibrante de obsesión, fracaso y deseo de trascendencia. Un caos controlado que, como su protagonista, se niega a quedarse quieto.
















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