Mariana de los Ríos

Pecadores: la maldición del blues

Reseña crítica de la exitosa película de Ryan Coogler

Pecadores: la maldición del blues
Mariana de los Ríos
15 de enero del 2026

 

La película Pecadores (Sinners en su título original), dirigida por Ryan Coogler es una de las grandes protagonistas en la carrera por los Oscar de este año. Tras el éxito de Coogler (California, 1986) con películas como Black Panther (2018) y Creed (2015 y 2018) esta producción de horror ha captado la atención global no solo por su ambiciosa fusión de géneros, sino también por la integración magistral de blues y elementos musicales en la narrativa. Protagonizada por Michael B. Jordan (California, 1987) en un doble rol, la película se sitúa en el sur profundo de Estados Unidos en la década de 1930, explorando temas como el racismo, la identidad y lo sobrenatural. Promete ser un hito en el cine afroamericano contemporáneo, con un elenco diverso que incluye a Hailee Steinfeld, Delroy Lindo y el debutante Miles Caton.

La trama gira en torno a los hermanos gemelos Smoke y Stack (ambos interpretados por Jordan), exsoldados de la Primera Guerra Mundial que, tras trabajar para Al Capone en Chicago, regresan al Delta del Misisipi con dinero ilícito para abrir un juke joint (lugares clandestinos, en los que se reunían las comunidades afroamericanas para beber y bailar) en una vieja serrería. Esperan atraer clientela con la música prodigiosa de su primo Sammie (Caton), un joven guitarrista de blues, hijo de un predicador, cuya habilidad parece sobrenatural. El local se llena de personajes variopintos: el bluesman alcohólico Delta Slim (Lindo), la cocinera hoodoo Annie (Wunmi Mosaku), etc. Sin embargo, la noche de apertura se transforma en una pesadilla cuando fuerzas oscuras, encarnadas en vampiros cantores de folk irlandés, asedian el lugar, obligando a los presentes a luchar para sobrevivir hasta el amanecer, en un baño de sangre y música.

Coogler demuestra una vez más su maestría para tejer narrativas épicas con raíces culturales profundas, inspirándose en la leyenda de Robert Johnson y el blues como símbolo de resistencia negra. La primera mitad de la película construye un mundo realista y opresivo, marcado por el racismo de la época, un mundo en el que los gemelos representan la lucha por la autonomía económica en espacios propios. La fotografía en 65mm con cámaras IMAX captura la textura sudorosa del sur, los trajes elegantes de los protagonistas y el calor asfixiante.

El debut actoral de Miles Caton como Sammie es un acierto, pues infunde autenticidad a las secuencias musicales que generan diálogos interculturales. La partitura de Ludwig Göransson, que evoluciona por diversos géneros musicales, potencia el caos gore del clímax. Sin embargo, la ambición de Coogler de abarcar temas como el folclore africano, la diáspora y la propiedad negra resulta en una narrativa desordenada, en la que además el horror vampírico irrumpe abruptamente, diluyendo el drama humano inicial. Esta transición recuerda a From Dusk Till Dawn, pero sin la ironía tarantiniana.

A partir de aquí, surgen interrogantes sobre la coherencia temática: ¿por qué introducir elementos sobrenaturales si el conflicto racial y familiar ya genera suficiente tensión? La película parece dividida entre un drama histórico y un festín de horror, lo que hace que el vampirismo se sienta como un añadido convencional, con pocos giros innovadores pese al contexto sureño. Los vampiros, representados como intrusos blancos en un espacio negro, simbolizan el peligro de la blanquitud en entornos protegidos, pero esta metáfora se pierde en la violencia gráfica, priorizando el espectáculo sobre la profundidad.

Otro cuestionamiento radica en el enfoque narrativo: ¿es esta la historia de los gemelos o de Sammie? Jordan brilla en su dualidad, alternando entre carisma seductor y heroísmo imponente, pero el guion dispersa el foco entre demasiados personajes secundarios, demorando la llegada al juke joint hasta la mitad del metraje. Esta acumulación de historias secundarias enriquece el mundo, pero ralentiza el ritmo, haciendo que el ensamblaje parezca forzado. Además, las decisiones técnicas, como las sombras profundas que ocultan las expresiones clave de Jordan, restan impacto emocional a las escenas más importantes.

En última instancia, esta película es un pecado ambicioso que vale la pena cometer: una fusión de horror, musical y crítica social en un sur maldito. A pesar de sus tropiezos, Sinners ofrece destellos de innovación, como la integración del blues en la mitología vampírica, y un llamado a reflexionar sobre los legados rotos. Para los fans de Coogler, es un paso audaz; para los puristas del género, solamente un experimento irregular.

Mariana de los Ríos
15 de enero del 2026

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