Berit Knudsen
La guerra no es comercial, es monetaria
Cuando las grandes potencias usan sus monedas como instrumento de poder
En el llamado “Día de la Liberación” Donald Trump anunció aranceles recíprocos, que fueron interpretados como un gesto proteccionista. Pero el verdadero objetivo fue forzar la depreciación del dólar para recuperar competitividad industrial y corregir el déficit comercial estructural. El Acuerdo del Plaza en 1985 fue un claro antecedente entre Estados Unidos, Japón, Alemania Occidental, Francia y Reino Unido. Sus bancos centrales coordinaron para debilitar al dólar y reactivar las exportaciones estadounidenses. Una operación multilateral, quirúrgica y consensuada.
Hoy el método es radicalmente distinto: presión unilateral con aranceles generalizados y narrativa de soberanía económica. Trump celebra la debilidad del dólar, afirmando “creo que es genial”, cuando el índice dólar cayó a 0.96, mínimo en cuatro años, y el euro superó 1.20, nivel no visto en más de una década. Más que desdolarización, una moneda barata impulsaría las exportaciones.
Ello provocó la liquidación de activos en dólares; la confianza del consumidor estadounidense cayó, reabriendo el debate sobre un cambio de régimen monetario. La renta variable avanzó: el S&P 500 superó los 7,200 puntos, impulsado por liquidez y un dólar débil más que por confianza estructural. El gran protagonista es el oro, con un récord de 5,300 dólares por onza, revalorizado 150% en un año como refugio ante monedas fíat depreciadas. Las compras masivas de bancos centrales reflejan una creciente percepción de riesgo sobre la deuda de Estados y empresas. Frente a países con altos niveles de endeudamiento, los bonos públicos y corporativos pierden atractivo, acelerando un proceso de “desfiatización”. El capital emigra hacia el oro como alternativa que no depende de ninguna deuda.
La aparente paradoja entre economías fuertes y monedas débiles revela un cambio profundo. Las divisas reflejan expectativas de poder y previsibilidad institucional. Al aceptar políticamente un dólar barato, Estados Unidos transforma su moneda en instrumento estratégico. Los capitales globales responden diversificando, pero reducen su exposición al dólar.
El euro se aprecia no por fortaleza europea, sino por ser el segundo refugio monetario del sistema. Japón vuelve al centro del escenario: un yen al alza frente al dólar debilitado obliga al Banco de Japón a normalizar tasas de interés tras décadas de políticas ultralaxas, amplificando la volatilidad financiera global. China administra su moneda para mantener competitividad exportadora y evitar fuga de capitales. La coyuntura le permite expandir acuerdos comerciales en yuanes y reducir la centralidad del dólar.
Así, lo que en 1985 fue una corrección coordinada hoy es una reconfiguración forzada. Para restablecer el equilibrio comercial estadounidense, el Acuerdo del Plaza buscó consenso; la estrategia actual aplica presión en contextos geopolíticos opuestos. Hoy domina la confrontación en un mundo multipolar fragmentado. El riesgo no es solo inflación o represalias comerciales, sino una fragmentación financiera profunda, con bloques monetarios, cadenas de suministro politizadas y monedas usadas como arma.
Para países medianos como Perú, un dólar débil eleva los precios de los commodities y mejora ingresos fiscales a corto plazo, pero reduce el margen de maniobra, atrapados entre grandes potencias. Mientras el yuan gana peso relativo, China se consolida como comprador de minerales y fortalece su capacidad de imponer condiciones comerciales y contractuales.
El riesgo estructural del modelo chino es la falta de transparencia institucional, estándares de gobernanza y arbitraje independiente. Pekín opera mejor con Estados débiles mediante opacidad contractual y financiamiento condicionado. Frente a un capital occidental que demanda reglas claras, previsibilidad y control ciudadano, el capital chino ofrece rapidez sin contrapesos. En un mundo que se desfiatiza y busca activos reales, Perú, rico en recursos pero frágil institucionalmente, queda expuesto. Cuando las grandes potencias usan sus monedas como instrumento de poder, las democracias débiles sufren las consecuencias.
















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