David Auris Villegas
Presidentes peruanos: aniquiladores de la educación ciudadana
Es fundamental realizar una pedagogía cívica crítica
Hace unas horas, durante una capacitación sobre ciudadanía cívica, un colega me preguntó: ¿Profesor, qué presidente peruano de los últimos treinta años podemos llevar de modelo a las aulas? Confieso que fue la pregunta más difícil de las clases, ya que son tantos presidentes y casi todos acabaron en el banquillo de los acusados. Mientras que las escuelas, en sintonía con la Unesco, promueven la educación ciudadana, los gobernantes han hecho exactamente lo contrario: aniquilar la educación ciudadana.
Durante décadas los docentes enseñábamos la biografía de los expresidentes para inspirar a los estudiantes. Pero desde 1990 el país asombrosamente ha visto desfilar doce presidentes. Solo Paniagua y Sagasti culminaron su mandato de manera normal; Merino renunció y no sabemos cómo le irá al flamante Balcázar. Los demás terminaron acusados de corrupción y algunos encarcelados. Esta dura realidad, lejos de fortalecer la democracia, debilita la confianza pública y afecta directamente la formación de la educación ciudadana.
Resulta desgarrador que mientras las escuelas inculcan la honestidad, la democracia y el servicio al bien común, muchos gobernantes han ofrecido deplorables ejemplos. Como señalaba el escritor Mario Vargas Llosa, a veces las peores personas se enrolan en la política, lo cual no debe asumirse como destino fatal. Por el contrario, siguiendo la visión ética de Platón y Aristóteles, entendamos a la política como el arte de servir a la sociedad y buscar el bien común. De allí que la escuela enarbola la misión de empoderar moralmente a la ciudadanía.
Asimismo, es fundamental realizar una pedagogía cívica crítica que amplíe la mirada de las generaciones. El artículo 110 de la Constitución Política del Perú de 1993 establece que para ser presidente se requiere ser peruano de nacimiento, tener 35 años como mínimo, gozar del derecho de sufragio y no tener antecedentes penales. Sin embargo, la pregunta pedagógica persiste: ¿Estos requisitos formales garantizan líderes éticos y comprometidos con la nación?
En definitiva, estudiar las dolorosas experiencias de los expresidentes que terminaron defenestrados debe convertirse en un aprendizaje ciudadano consciente. Sus errores debemos asumirlos como lecciones éticas para no repetirlos, fortaleciendo la democracia y la educación en valores. Solo así educaremos futuros líderes que comprendan que la más alta investidura presidencial es un alto honor que exige servir a los demás y no servirse del poder.
















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