Mariana de los Ríos
La culpa que no se borra
Reseña crítica de la película “Fue solo un accidente”
Jafar Panahi (Mianeh, 1960), uno de los cineastas más singulares y vigilados del cine contemporáneo iraní, presenta en Fue solo un accidente una de sus obras más directas y perturbadoras. Autor de una obra marcada por la censura, la persecución política y la necesidad constante de esquivar prohibiciones, Panahi vuelve a convertir las limitaciones en motor creativo. La película, premiada con la Palma de Oro del último Festival de Cannes y nominada a dos Oscar 2026 (Mejor Guion y Mejor Película Extranjera), se mueve entre el thriller moral, la sátira amarga y el drama psicológico, y confirma a su autor como una voz que no solo denuncia la violencia del Estado, sino también las cicatrices íntimas que esa violencia deja en quienes la padecen.
La historia comienza con una escena cotidiana: un hombre conduce de noche junto a su esposa embarazada y su hija por una carretera oscura. La música suena, la familia conversa, hasta que el coche atropella a un perro. Poco después, el vehículo se avería frente a un taller. Allí, Vahid, uno de los trabajadores, cree reconocer en el conductor a alguien que fue su torturador en prisión. Ese reconocimiento desencadena una cadena de decisiones impulsivas: el hombre es secuestrado, trasladado en una furgoneta y sometido a un juicio improvisado por varias víctimas del antiguo régimen, que intentan confirmar su identidad antes de decidir qué hacer con él.
A partir de ese punto, Panahi desplaza el interés del suspense clásico hacia una exploración más incómoda: qué ocurre cuando las víctimas tienen, por una vez, el control. El posible verdugo permanece casi como una figura secundaria, un cuerpo atado cuya culpabilidad importa menos que las reacciones que provoca. La película no se obsesiona con demostrar si es realmente el hombre buscado, más bien se dedica a observar cómo el pasado irrumpe en el presente y desordena cualquier noción de justicia. El accidente del título funciona así como una ironía cruel: nada de lo que ocurre es realmente fortuito.
Uno de los mayores aciertos del film es la manera en que articula un coro de personajes muy distintos entre sí. Hay un librero, una fotógrafa, una novia aún vestida de blanco, un joven impulsivo, todos unidos por una experiencia común de abuso y humillación. Cada uno recuerda al torturador de forma fragmentaria, a través de los sentidos: un sonido, un olor, una cicatriz. Esta memoria sensorial subraya que el trauma no es un relato ordenado, sino una acumulación de impresiones físicas difíciles de racionalizar. La verdad, sugiere Panahi, rara vez es limpia cuando se ha vivido bajo el terror.
Pese a la gravedad de su tema, Fue solo un accidente está atravesada por el humor negro. Las situaciones absurdas se encadenan: sobornos pagados con POS, funcionarios que exigen “regalos” con una sonrisa, discusiones triviales en medio de un posible asesinato. Panahi utiliza la comedia no para aliviar la tensión, sino para hacerla más insoportable. La risa surge como reflejo ante lo grotesco de un sistema en el que la corrupción es tan rutinaria que incluso el horror se vuelve burocrático y casi doméstico.
El espacio juega un papel fundamental en esta sensación de encierro. La furgoneta, el taller, el desierto abierto que paradójicamente se siente claustrofóbico, funcionan como extensiones de la prisión original. No importa cuán lejos se desplacen los personajes, siempre parecen atrapados en el mismo círculo moral. Panahi filma estos lugares con movimientos precisos y pacientes, dejando que los planos se prolonguen lo suficiente para que las tensiones internas salgan a la superficie sin necesidad de subrayados musicales o diálogos explicativos.
En el fondo, la película plantea una pregunta tan simple como devastadora: ¿qué diferencia a las víctimas de sus verdugos cuando se adopta la misma lógica de la violencia? Ningún personaje ofrece una respuesta definitiva. Algunos reclaman justicia, otros venganza, otros solo desean olvidar y seguir adelante. El film no juzga abiertamente ninguna postura, pero tampoco las reconcilia. Esa ambigüedad es uno de sus mayores valores, porque aleja al espectador de las certezas morales tranquilizadoras.
Fue solo un accidente confirma que Panahi hace cine como un acto de resistencia, pero también como un ejercicio de autointerrogación. Lejos de ofrecer un manifiesto político explícito, la película se instala en una zona gris donde la memoria, la culpa y el deseo de justicia chocan sin resolverse. Es un film incómodo, a ratos feroz y a ratos absurdamente cómico, que recuerda que bajo un régimen opresivo no solo se destruyen los cuerpos y las libertades, sino también la posibilidad misma de una reparación limpia.
















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