Berit Knudsen
¿Cómo definir el progreso en la era de la IA?
El mundo se dirige hacia una gobernanza mediada por infraestructuras algorítmicas
La abundancia futura anunciada por Elon Musk o el uso de la inteligencia artificial (IA) como herramienta de gestión pública comparten una misma lógica: la idea de que los problemas humanos pueden reorganizarse técnicamente antes de ser comprendidos moralmente. Musk afirmó que “probablemente ninguno de nosotros tendrá trabajo” y que la IA hará que el empleo sea “opcional”, porque la abundancia será suficiente para todos. Esa visión proyecta un mundo resuelto por capacidades técnicas.
Algunos presentan a la inteligencia artificial como solución contra la corrupción, optimizador del Estado o corrector de ineficiencias. Mañana se la proyectará como motor de una economía sin trabajo obligatorio, generadora de abundancia material. En ambos casos el argumento descansa en que una capacidad técnica superior compensará limitaciones políticas y sociales. El problema es asumir que más potencia equivale a progreso, sin precisar qué tipo de progreso perseguimos ni qué criterios morales lo evaluarán.
Cuando un candidato afirma que la IA ayudará a combatir la corrupción, el supuesto es que el problema radica en falta de información o criterios personales mal gestionados. La tecnología puede detectar patrones sospechosos, automatizar auditorías y cruzar bases de datos a escalas imposibles para un equipo humano. Pero la corrupción no surge por déficit de datos, sino por incentivos, redes de poder y cultura institucional. La IA puede iluminar zonas opacas, pero no sustituye la voluntad política ni la ética pública.
En el plano global, las visiones de abundancia tecnológica se apoyan en la idea de que la productividad resolverá tensiones estructurales. Sin embargo, como advierte Yuval Harari, la acumulación de poder no garantiza sabiduría ni felicidad. La humanidad ha ampliado su dominio material sin responder con claridad a preguntas fundamentales sobre sentido, justicia o dignidad. La inteligencia artificial amplificaría esa tendencia: multiplicando cálculo y decisión, sin definir los fines.
La Revolución Industrial transformó la producción al mecanizar la fuerza física, reorganizando ciudades, trabajo y clases sociales. La IA interviene en la esfera cognitiva. Produce bienes; interviene en la información, selección de datos y toma de decisiones. Si la industrialización alteró el músculo del sistema económico, la inteligencia artificial actuará sobre su sistema nervioso.
El riesgo es el desplazamiento gradual del centro de legitimidad. Si más decisiones se delegan a sistemas algorítmicos en administración pública, seguridad, economía o información, la confianza se traslada desde la deliberación humana hacia la eficiencia técnica. Ahí, las autoridades se medirán por el rendimiento del sistema, no por el debate democrático.
El mundo puede dirigirse hacia una gobernanza mediada por infraestructuras algorítmicas. Los Estados adoptan IA para gestionar recursos y controlar irregularidades; las empresas la emplean para optimizar producción y consumo; los ciudadanos interactúan con sistemas que filtran información que orienta decisiones. Cada paso parece útil. El conjunto redefine el marco para la toma de decisiones colectivas.
Lo que suele quedar fuera es el debate sobre qué tipo de sociedad se quiere preservar. ¿Cómo garantizar responsabilidad cuando las decisiones son producto de modelos estadísticos? Preguntas que no se resuelven con mejoras técnicas.
Si el desarrollo de la IA es guiado por incentivos económicos y estratégicos, el mundo se centrará en quienes controlan la infraestructura tecnológica. La gestión pública será automatizada, la economía dependerá de modelos predictivos y la información será mediada por sistemas de recomendación. La vida social se organizará alrededor de flujos de datos.
Esto no es inevitablemente negativo. El problema surge cuando la transformación ocurre sin deliberación consciente sobre las implicancias morales. La cuestión central no es la utilidad de la IA, sino si el aumento de capacidades estará acompañado por el fortalecimiento en la reflexión ética, con instituciones capaces de orientarla. El rumbo dependerá de la madurez para integrar modelos y criterios que definan su uso.
















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