Darío Enríquez
Del calentamiento global al cambio climático
Lenguaje, predicción y ciencia bajo presión
Uno de los rasgos más llamativos del debate climático actual no es la controversia científica, inevitable en sistemas complejos, sino el desajuste entre lenguaje, experiencia empírica y legitimación institucional. En ese cruce confluyen tres factores: el desplazamiento semántico de “calentamiento global” hacia “cambio climático”, el historial de predicciones fallidas y la consagración prematura de ciertos voceros. Todo ello sobre un telón de fondo histórico a menudo relegado: la humanidad salió de la última Edad del Hielo hace apenas 12,000 años. Desde esa perspectiva, el calentamiento no es anomalía, sino condición de posibilidad de la civilización.
“Calentamiento global” describe con precisión el aumento de la temperatura media del planeta. Su fragilidad no es científica, sino comunicacional. El clima se manifiesta de forma desigual: variaciones regionales, ciclos naturales, episodios extremos. Cuando el discurso insiste en un calentamiento sostenido pero la experiencia cotidiana ofrece inviernos severos, surge una disonancia. La duda no es ideológica, sino intuitiva.
El giro hacia “cambio climático” amplía el marco para incluir precipitaciones, circulación atmosférica y eventos extremos. Técnicamente defendible, pero conceptualmente ambiguo: el clima nunca ha sido estático. Llamar “cambio climático” a un fenómeno permanente exige precisar qué cambio es excepcional, respecto de qué línea base y con qué causas. Al quedar esas preguntas implícitas, el concepto parece adaptarse a cualquier fenómeno observable, debilitando su poder explicativo.
El problema comunicacional se agrava con las predicciones fallidas. El Club de Roma, en Los límites del crecimiento (1972), anticipó un colapso sistémico por sobrepoblación y agotamiento de recursos. El error no fue modelar, sino extrapolar sin incorporar innovación tecnológica, sustitución de materiales y transición demográfica. El colapso no ocurrió; la productividad aumentó y la fertilidad cayó. El ejercicio fue pionero, pero sus conclusiones más categóricas quedaron desacreditadas.
En el caso de Al Gore, el fallo fue distinto y más visible. Sus advertencias combinaron datos científicos con una narrativa predictiva categórica: fechas concretas, escenarios catastróficos y un lenguaje de urgencia. En ciencia, fijar fechas es casi siempre riesgoso: cuando no se cumplen, desacreditan al mensajero y al marco discursivo. La institucionalización acelerada —Premio Nobel y Oscar para An Inconvenient Truth— funcionó como sello de certeza antes de que el tiempo cumpliera su función básica: contrastar predicciones con realidad. Cuando varias resultaron exageradas o incorrectas, el error se amplificó: ya no era una predicción fallida, sino un fallo del establishment que canonizó un relato aún no verificado.
Este patrón se extiende a organismos como el IPCC, que han buscado blindar la ciencia climática frente a la crítica, presentando sus conclusiones como consensos cerrados más que como evaluaciones provisionales. El riesgo no está en sintetizar conocimiento —función legítima— sino en confundir consenso con certeza y crítica con negacionismo. En ese intento de protección, la ciencia puede perder su virtud esencial: la capacidad de ser cuestionada.
Cuando la ciencia se rodea de un cordón político y simbólico para evitar el escrutinio, el resultado suele ser fatal: la confianza pública se debilita y la crítica razonada no desaparece; se desplaza hacia los márgenes, donde adopta formas más radicales y menos informadas.
Todo esto se vuelve más comprensible al incorporar el contexto paleoclimático. Hace 12,000 años, el planeta salió de la última Edad de Hielo. El calentamiento permitió agricultura, ciudades y civilización compleja. Que el clima cambie no es contraintuitivo; la pregunta relevante es si el ritmo y las causas actuales difieren significativamente de los patrones históricos.
Una discusión climática madura no necesita negar fenómenos ni dramatizarlos. Necesita distinguir entre datos, modelos, supuestos y narrativas. La ciencia no se fortalece blindándose, sino exponiéndose. La duda razonada no es enemiga de la ciencia, sino su condición de posibilidad.
















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