Christian Luján
Chang acierta, pero debe corregir la forma
La historia no debe convertirse en una nueva batalla ideológica
José Antonio Chang, ministro de Educación, acaba de anunciar una revisión del currículo escolar que busca retirar contenidos “ideologizados” y enseñar el periodo de violencia comprendido entre 1980 y 2000 con muchísimo mayor rigor histórico. Además, ha rechazado que aquella época sea retratada como una “guerra civil” y, en parte, ha recordado un aspecto que ciertos relatos han buscado diluir: en nuestro país hubo organizaciones terroristas que buscaron conquistar el poder mediante el terror, el aniquilamiento y la fuerza más ruin. La actitud y la intención del ministro deben ser saludadas, ya que, en el fondo, poseen nobles objetivos: brindar a nuestra niñez y a las nuevas generaciones una perspectiva histórica con mayor precisión y menos manipulaciones.
La organización terrorista Sendero Luminoso no fue una guerrilla bienintencionada que fue empujada hacia la violencia, ni mucho menos una versión de izquierda con métodos solamente radicales. ¡No! Fue una maquinaria totalitaria, de inspiración marxista-leninista-maoísta, que declaró la guerra al Estado peruano y asesinó a campesinos, autoridades, policías, militares, dirigentes vecinales y ciudadanos indefensos en general. Incluso, la controvertida CVR los señala como el principal perpetrador de crímenes y violaciones de derechos humanos, y les atribuye alrededor del 54,5 % de las víctimas fatales reportadas. Por otro lado, es indispensable reconocer la labor de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional. Miles de uniformados combatieron, padecieron múltiples daños como, por ejemplo, mutilaciones, perdieron amigos, compañeros y familiares, y defendieron nuestra democracia imperfecta frente a quienes poseían un plan totalitario basado en el terror absoluto. Esta verdad no podemos perderla de vista. Y, como ya lo hemos dejado claro en alguna columna anterior, es moralmente obsceno equiparar institucionalmente a quienes defendían al Estado y a la ciudadanía frente a las organizaciones asesinas que iniciaron la barbarie terrorista. Debe entenderse que ambos bloques humanos no tenían la misma finalidad, ni la misma legitimidad, ni la misma responsabilidad histórica. Claro que no se ignoran los eventos en los que tanto las FF. AA. como la PNP pueden tener responsabilidad por medio de efectivos específicos, pero de ninguna manera esas excepciones pueden ser sinónimo o justificación para que se pretenda igualarlas con las huestes de SL o el MRTA.
Con eso, iniciamos también una advertencia al ministro Chang, con el mayor respeto posible, claro está. Es equivocado hablar de que la historia puede quedar libre de interpretación alguna, ya que la historiografía es, por naturaleza y en esencia, selección, contraste y explicación. E. H. Carr señalaba que los hechos no hablan por sí solos; el historiador decide, muchas veces, cuáles introduce, en qué orden y dentro de qué contexto. Eso no es sinónimo de que todas las versiones sean igualmente válidas y respetables, sino que las interpretaciones deben someterse a la evidencia, y con ello podemos acercarnos más a lo verídico. Prometer un “currículo” suena poderoso y atractivo, incluso para sectores conservadores, sobre todo en temas de “género”, cultura o educación, como en este caso, pero si somos minuciosos y sinceros puede resultar intelectualmente impreciso. En lo que sí debemos estar de acuerdo es en construir uno que no tenga propaganda, sin omisiones convenientes y sin verdades oficiales inmunes al cuestionamiento o a la revisión; así no funcionan las humanidades ni las ciencias sociales. Muchas veces, el enfoque desde el cual se enseña puede funcionar también como una forma de ideología. Por eso, no basta con seleccionar los hechos: también es fundamental definir cómo se presentan, qué contexto se les da y qué interpretación se propone. Ese enfoque debe responder a la evidencia y ser coherente con los hechos históricos, especialmente cuando se trata de contenidos dirigidos a menores de edad.
El camino correcto no es sustituir una narrativa sesgada por otra de signo contrario. La solución adecuada pasa por buscar una enseñanza con datos, fuentes primarias y un buen enfoque que sea coherente con la información, pero, sobre todo, que apunte a reivindicar y valorar el dolor de las víctimas y el de sus familias, señale y condene a los victimarios, y reconozca y valore a sus héroes y salvadores, salvando excepciones, claro está, y entendiendo también los contextos. Esta visión debe trasladarse no solo a temas como el terrorismo en el Perú, sino que debe estar presente en cada dimensión de la enseñanza e, incluso, del Estado.
















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