LA COLUMNA DEL DIRECTOR >
López Aliaga vuelve a cometer los errores de la pasada campaña
Confrontaciones innecesarias en vez de difundir programa y propuestas
Nadie puede negar que en la primera vuelta de las elecciones pasadas la ONPE acumuló tal cantidad de irregularidades y deficiencias que por allí está la explicación de que Rafael López Aliaga no pasará a la segunda ronda a disputar el balotaje con Keiko Fujimori. Sin embargo, López Aliaga también perdió la elección porque promovió la vacancia de José Jerí y, absurdamente, comenzó a atacar a Keiko Fujimori creyendo que el avance del fujimorismo era la explicación de su estancamiento. Esos yerros superlativos en política se mezclaron con una voluntad de polarizarlo todo, y en la que todos los adversarios o críticos eran acusados de corruptos y demolidos en las redes.
En ese escenario incomprensible algo se quebró entre López Aliaga y los electores, y comenzaron a surgir las candidaturas de Carlos Álvarez, Wolfang Grozzo, Alfonso López Chau y Jorge Nieto; es decir, las candidaturas volátiles que, en medio de las irregularidades y deficiencias de la ONPE, organizaron la actual representación parlamentaria. Lo demás es historia conocida.
Hoy López Aliaga, al parecer, comienza a reeditar los errores de la pasada campaña electoral, como si no hubiese realizado el balance necesario. El ministro de Transportes y Comunicaciones, Rafael Rey, cometió un error político al poner sobre la mesa la naturaleza de la operación de los trenes de Chosica. Señaló que había sido una venta y no una donación. Al margen de la justeza o no del punto de vista, López Aliaga la emprendió con dureza contra el titular de Transportes. Enseguida la propia presidente de la República, Keiko Fujimori, parecía enmendar la plana a Rey, señalando que el tren de Chosica tenía el pleno respaldo del Ejecutivo. Nunca el señalado tren tuvo respaldo del gobierno central. Ahora sí.
En realidad, la jefe de Estado enviaba un ramo de olivo a López Aliaga frente a la ola críticas que el candidato a alcalde de Renovación pretendió levantar en contra del desliz del titular de Transportes.
En cualquier sociedad de mediana cultura política el asunto estaría arreglado con las rectificaciones y controles de daño correspondientes, sobre todo entre fuerzas aliadas por la gobernabilidad. Sin embargo, López Aliaga continuó intentando demoler a Rey, como si pretendiese demostrar que tiene más poder que la jefe de Estado. La rectificación no era suficiente, el candidato metropolitano pretendía ahora señalar que cualquier demora en el tren de Chosica era responsabilidad del Ejecutivo.
Es más, los colaboradores de López Aliaga cruzaron todas las líneas señalando que Rafael Rey era un ministro colocado por la corrupción. El asunto se complicaba innecesariamente. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que Rafael Rey, un laico creyente, dedicado plenamente a su fe católica y cristiana, es un hombre conocido por su decencia irreductible. Es más, era conocido que el Ejecutivo lo había colocado en el sector Transportes, el ministerio con más presupuesto del Estado, precisamente, porque pretende enviar una señal de transparencia en los asuntos públicos.
López Aliaga, pues, vuelve a cometer los mismos errores de la campaña pasada. Yerros que provienen de uno de los mayores pecados bíblicos: la soberbia. A este paso no sería nada extraño que vuelva a poner en peligro sus reales posibilidades en la elección municipal.
Los parlamentarios de Renovación, los amigos y consejeros más cercanos del candidato a la alcaldía de Lima, deben aconsejar a López Aliaga acerca de que, en política, uno no se puede tropezar dos veces con la misma roca.
En ese sentido, el candidato de Renovación debe dedicarse a presentar sus propuestas y alternativas y los caminos más expeditivos para materializar el tren Lima - Chosica. Lo que no se puede hacer es inventar un enemigo y pretender explicar las demoras porque no hay expedientes técnicos, paraderos y todas las construcciones y proyectos que demanda un tren metropolitano.
Y lo peor que se puede hacer en política es pretender poner en cuestión la gobernabilidad de un país por un simple impasse político que ha sido enmendado con creces por la propia jefe de Estado.
















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