José Valdizán Ayala
Un siglo del fenómeno de El Niño
La ciencia ha avanzado, pero el riesgo continúa
En febrero de 1925, un lector de El Comercio se enteraba de que un pueblo del norte había desaparecido bajo el agua gracias a un telegrama que tardaba horas en llegar a Lima. Casi cien años después, en marzo de 2023, cualquier peruano podía ver en su celular, en tiempo real, cómo el río Piura inundaba calles enteras.
Entre esas dos imágenes —el telegrama y el video viral— transcurre casi un siglo, lo que demuestra algo incómodo: la velocidad de la información y la velocidad del aprendizaje del peruano no son lo mismo. El Niño es, probablemente, el fenómeno que más veces ha interrumpido la vida cotidiana del país sin llegar nunca a ser noticia vieja: vuelve, se anuncia con nombres distintos —Niño Costero, Niño extraordinario, Mega Niño—, destruye cosas parecidas y se retira, dejando la sensación de que ya lo habíamos vivido antes.
Conviene aclarar ese malentendido. El Niño no nombra un solo tipo de evento, sino al menos dos configuraciones del océano frente a nuestras costas: los Niños de gran escala, que calientan buena parte del Pacífico tropical —1982-1983 y 1997-1998—, y los Niños costeros, concentrados frente al litoral de Perú y Ecuador —1925 y 2017—. El de 2023 fue una rareza: empezó como calentamiento costero extremo y terminó conectado con El Niño de escala oceánica de 2023-2024. Cuando la memoria popular dice “esto es igual que en el 83”, casi siempre se equivoca: el Perú no ha enfrentado cinco veces el mismo fenómeno, sino dos familias distintas en su mecánica, aunque parecidas en sus efectos.
El primer gran episodio bien documentado del siglo XX ocurrió durante el Oncenio de Augusto B. Leguía, el gobierno que había hecho de la modernización su bandera. Las lluvias de 1925 destruyeron ferrocarriles, caminos y poblaciones enteras en la costa norte: el símbolo de esa modernidad —el ferrocarril— quedó bajo el agua. Lo notable es que la prensa tuvo que inventar sobre la marcha una red de información con telegramas, radiogramas y enviados especiales. A falta de ciencia climática, circularon hipótesis de todo tipo —corrientes marinas alteradas, actividad solar, movimientos de la corteza terrestre—. El Perú de 1925 sufría el fenómeno sin poder nombrarlo con precisión.
Cerca de sesenta años más tarde, el país que enfrentó El Niño de 1982-1983 era otro: más urbano, más migrante, con una democracia recién recuperada, pero cargado con la crisis de la deuda y el inicio de la violencia política y el terrorismo. El fenómeno actuó sobre esta crisis como un multiplicador: las pérdidas agrícolas agravaron las dificultades fiscales y las sequías golpearon a poblaciones ya vulnerables. Las pérdidas superaron los US$ 3,000 millones. Es una lección que se repetirá: un desastre “natural” rara vez llega solo; llega a un país con una historia previa, que acentúa buena parte del daño.
El Niño de 1997-1998 marca un quiebre: por primera vez, la ciencia pudo anunciar con meses de anticipación un evento extraordinario. Y aun así, el desastre ocurrió, con pérdidas cercanas a los tres mil quinientos millones de dólares. La pregunta que deja ese episodio sigue vigente: ¿por qué una catástrofe anunciada sigue siendo un desastre? La respuesta obliga a separar dos cosas que solemos confundir: pronóstico y prevención. Saber que va a llover no construye un drenaje; saber que un río crecerá no reubica una vivienda. La ciencia reduce la incertidumbre; no sustituye la política territorial.
Veinte años después, el Niño Costero de 2017 encontró un Perú con tecnología incomparablemente superior: satélites, boyas oceánicas, redes de alerta, teléfonos con GPS. Y sin embargo, ríos y quebradas normalmente secos volvieron a desbordarse con una velocidad que sorprendió a instituciones bien equipadas; se registraron más de 76,000 casos confirmados de dengue. El costo económico —cerca de un punto y medio del PBI— fue esta vez menor, porque la economía se había diversificado. Pero esa resiliencia fue desigual: una empresa agroexportadora puede reconstruirse en meses; una familia que pierde su única vivienda puede tardar años.
El episodio más reciente —el Niño Costero extremo de 2023, luego conectado con el evento de escala oceánica de 2023-2024— le restó más de un punto porcentual al PBI y devastó cerca de 224 mil hectáreas de cultivo, y confirma que estos mecanismos siguen siendo objeto de revisión científica activa.
Comparados los cinco episodios, aparecen dos historias entrelazadas. La primera es de progreso real: el Perú pasó de la especulación de 1925 a las redes satelitales y los modelos oceánico-atmosféricos del presente. La segunda es de estancamiento: la ocupación de quebradas y cauces, la falta de drenaje urbano, la fragilidad de puentes y carreteras y la desigualdad frente al riesgo se repiten con persistencia casi ritual.
Cada reconstrucción tiende a restaurar exactamente la vulnerabilidad que el desastre acaba de destruir. Después de 2017 se acuñó una frase ambiciosa —“Reconstrucción con Cambios”— para romper ese círculo, pero el problema ha sido sostenerla políticamente cuando el desastre ya no ocupa titulares.
La razón es casi de sentido común: reconstruir da votos y prevenir no. Un funcionario puede cortar la cinta de un puente nuevo. En cambio, una obra de prevención exitosa es, por definición, invisible: no hay ruinas que mostrar, ni foto que tomar. Ese desbalance explica buena parte de por qué el Perú sigue reconstruyendo el riesgo en lugar de eliminarlo.
La conclusión de este recorrido es esta: el Perú modernizó su ciencia mucho más rápido que su territorio. Aprendió a observar el océano antes de aprender a ordenar sus propias ciudades. Cada nuevo Niño no es solo una anomalía del Pacífico; es también una fotografía instantánea del país que lo recibe. Las lluvias, tarde o temprano, se retiran; los ríos vuelven a su cauce; los puentes se reconstruyen. Pero cada episodio deja planteada, otra vez, la misma pregunta que el país aún no ha respondido del todo: ¿qué aprendimos, esta vez, del anterior?
Esa pregunta ya no es solo retrospectiva. El propio ENFEN advierte que el episodio en curso podría alcanzar magnitud fuerte a muy fuerte entre fines de 2026 y el verano de 2027, y no descarta que llegue a ser “extraordinario”: un evento que algunos especialistas ya comparan, en su severidad potencial, con 1982-1983 y 1997-1998.
La ciencia, esta vez, ya dio el aviso con meses de anticipación; falta ver si el territorio con sus quebradas ocupadas y sus drenajes pendientes, así como el gobierno con sus obras de prevención sin inaugurar estará finalmente a la altura de lo que la ciencia sabe: porque si la respuesta vuelve a ser negativa, el país no podrá decir que no lo vio venir; solo podrá decir, una vez más, que se actuó tardíamente.
















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