José Valdizán Ayala

Lo que ninguna IA puede preguntarle al pasado

Puede multiplicar nuestro conocimiento, pero también nuestras omisiones

Lo que ninguna IA puede preguntarle al pasado
José Valdizán Ayala
17 de agosto del 2026

 

Durante miles de años, la humanidad convivió con un enemigo silencioso: el olvido. Pueblos enteros desaparecieron dejando apenas ruinas y algunos nombres grabados en piedra. Cuando el fuego devoró la Biblioteca de Alejandría no ardieron solo rollos de papiro: ardió una parte de lo que la humanidad sabía de sí misma. Después inventamos la escritura, los archivos, la imprenta, la fotografía, Internet. Cada invento fue una victoria más contra el olvido.

Ahora hemos dado otro salto, acaso el más vertiginoso de todos. La inteligencia artificial puede recorrer en microsegundos una cantidad de información que ningún historiador leería en toda una vida: comparar miles de documentos, traducir lenguas muertas, reconstruir cronologías. Por primera vez, nuestro problema quizá ya no sea olvidar, sino recordar demasiado y no saber qué hacer con todo lo que recordamos.

Ante esta revolución surge una pregunta inevitable: si una máquina puede buscar, ordenar y resumir el pasado mucho más rápido que nosotros, ¿para qué sirve un historiador? La respuesta depende de comprender qué es realmente la Historia. Durante generaciones enseñamos a millones de estudiantes a memorizar fechas, presidentes y tratados, hasta hacerles creer que estudiar Historia consistía en saber quién hizo qué y cuándo. Si eso fuera cierto, tendríamos motivos para preocuparnos: ningún humano compite con una IA para resumir una guerra en diez segundos.

Pero la Historia nunca consistió solamente en acumular información. Marc Bloch la definió como la ciencia de los hombres en el tiempo. No habló de fechas: habló de seres humanos. Bloch escribió esa definición mientras Europa se desmoronaba bajo el nazismo, y la pagó con su vida: fue fusilado por la Gestapo en 1944, cerca de Lyon, por su participación en la Resistencia francesa. Su libro más influyente, Apología para la historia o el oficio de historiador, quedó inconcluso en su escritorio.

Un documento no es el pasado: es una huella. Los hechos no hablan por sí solos, hablan cuando el historiador los interroga. Una carta escrita por un diplomático en Lima en 1830 puede informarnos sobre una crisis política, pero también sobre sus temores y sus prejuicios. ¿Quién escribió esto? ¿Para quién? ¿Qué decidió callar?

Existe, además, una dificultad mayor: los archivos nunca conservaron la memoria de todos por igual. Conocemos mejor a los poderosos porque el poder siempre produjo papeles; los pobres, las mujeres, los indígenas y los esclavos dejaron menos documentos, no porque carecieran de historia, sino porque vivieron en sociedades que consideraban que sus vidas merecían menos papel y tinta. Carlo Ginzburg mostró hasta qué punto esto puede revertirse: en El queso y los gusanos reconstruyó el universo mental de un molinero del Friuli, en el noreste de Italia, condenado por la Inquisición, a partir de las actas de su propio proceso.

En el Perú conocemos bien esta asimetría. La gran rebelión de Túpac Amaru II, en 1780, nos ha llegado sobre todo a través de los informes de las autoridades virreinales que la combatieron. Dos siglos después, la Comisión de la Verdad y Reconciliación tuvo que hacer un esfuerzo deliberado para que hablaran las víctimas campesinas y quechuahablantes, las menos documentadas. Un archivo no contiene solamente documentos: contiene también silencios del pasado.

Hay otra razón por la que necesitamos la Historia: el pasado nunca permanece tranquilo. Las naciones construyen héroes, celebran aniversarios, derriban monumentos. Eric Hobsbawm bautizó este fenómeno como la invención de la tradición: costumbres que parecen antiquísimas fueron fabricadas hace apenas un siglo. La Unión Soviética llevó ese impulso a su extremo más siniestro: los censores de Stalin retocaban fotografías oficiales para borrar a los dirigentes caídos en desgracia.

Nada de esto nació con Internet; lo nuevo es la velocidad. Hoy una fotografía fuera de contexto recorre el mundo antes de que alguien averigüe cuándo fue tomada. Hemos democratizado la posibilidad de hablar y escribir sobre el pasado, pero también el error y la mentira.

Por eso conviene distinguir entre memoria e Historia. La memoria es indispensable: las familias recuerdan a sus muertos, las naciones lloran derrotas. Pierre Nora habló de lugares de memoria para describir esos puntos donde una comunidad deposita su identidad; por eso la memoria es, necesariamente, selectiva. La Historia tiene otro deber: buscar lo que preferiríamos no hallar. La verdad de los hechos es siempre frágil, pues pudo haber sido distinta, y por eso es tan fácil negarla.

Aquí aparece una ironía de nuestro tiempo: imaginamos la inteligencia artificial como algo radicalmente nuevo, pero las máquinas aprenden de materiales producidos por sociedades pasadas, con sus prejuicios y sus censuras. Así, la IA puede multiplicar nuestro conocimiento, pero también nuestras omisiones.

Eso no significa que debamos temerla. Rechazar una herramienta capaz de analizar cantidades extraordinarias de documentación sería tan absurdo como haber rechazado la imprenta o el microfilm. Cuando Diderot y D'Alembert publicaron su Encyclopédie, la censura real la persiguió por peligrosa; hoy la recordamos como uno de los grandes monumentos de la razón moderna.

La verdadera pregunta es otra: ¿qué parte de nuestro oficio estamos dispuestos a entregar a la máquina? La IA puede ofrecernos millones de respuestas. Más aún, cuando responda con absoluta seguridad, conviene conservar la costumbre de plantear una pregunta muy antigua: ¿cómo sabemos si es verdad?

La máquina puede saberlo todo del pasado y no entender nada de él. Esa es, quizás, la última frontera que nos queda: no la de acumular memoria, sino la de seguir siendo capaces de dudar de ella. Mientras exista esa duda, la Historia seguirá siendo un oficio humano.

José Valdizán Ayala
17 de agosto del 2026

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