Julio Jesús Puescas

El regresismo

Cuando la autopercepción reemplaza progresivamente a la realidad

El regresismo
Julio Jesús Puescas
30 de julio del 2026

 

Junto a la cosificación de la sociedad, descrita en una columna anterior, emerge otra corriente contemporánea igualmente nociva: el regresismo. Lejos de representar un verdadero progreso, el regresismo constituye una concepción antropológica que sitúa la voluntad individual por encima de la naturaleza humana. Y al hacerlo impulsa una progresiva regresión civilizatoria: desmonta lentamente las condiciones antropológicas, morales e institucionales que hicieron posible el desarrollo de la civilización occidental y, dentro de ella, de la nación peruana. 

Según esta concepción, el ser humano deja de comprenderse como una realidad objetiva dotada de una esencia propia y pasa a interpretarse como un proyecto permanentemente disponible para ser redefinido. La identidad se emancipa de la naturaleza; la autopercepción reemplaza progresivamente a la realidad; la verdad objetiva cede espacio a la subjetividad; y aquello que durante siglos fue entendido como constitutivo de la persona comienza a presentarse como una construcción susceptible de modificarse conforme a los deseos individuales. La naturaleza deja de ser reconocida como aquello que orienta el desarrollo humano para convertirse en una simple noción indeterminada que debe ser superada. La pregunta deja de consistir en descubrir quién es el hombre y pasa a reducirse a quién desea llegar a ser.

Esta inversión altera progresivamente todas aquellas realidades que descansan sobre la naturaleza humana. La diferencia sexual pierde su carácter constitutivo; la maternidad y la paternidad dejan de comprenderse como dimensiones propias de la condición humana; la familia abandona progresivamente su fundamento natural para convertirse en una estructura completamente redefinible; incluso el cuerpo deja de ser expresión de la persona para pasar a considerarse un objeto disponible sobre el cual la voluntad ejerce dominio absoluto. Allí donde la naturaleza deja de orientar la existencia, toda realidad humana se vuelve susceptible de ser reconstruida conforme a preferencias cambiantes.

Desde esta lógica se desarrollan múltiples manifestaciones contemporáneas que, aun cuando difieren entre sí, comparten un mismo fundamento filosófico. La ideología de género, el feminismo posmoderno, el activismo LGBT, el transhumanismo, el antiespecismo, el ecologismo antihumanista y otras corrientes semejantes parten de la premisa de que ninguna realidad natural posee un significado objetivo anterior a la voluntad humana. De esta forma, todas participan de un mismo paradigma intelectual: la sustitución del orden natural por la autodeterminación ilimitada como criterio supremo de legitimidad.

Las consecuencias trascienden ampliamente el plano individual. Cuando desaparece una comprensión objetiva de la naturaleza humana, también se debilitan todas aquellas instituciones que descansan sobre ella. La familia pierde estabilidad; la educación deja de transmitir una verdad acerca del hombre para limitarse a validar identidades cambiantes; la comunidad política encuentra crecientes dificultades para sostener una noción compartida de bien común; y la nación comienza a fragmentarse en una suma de identidades particulares que compiten entre sí por reconocimiento político. Allí donde todo depende exclusivamente de la voluntad, resulta imposible construir un proyecto histórico común que trascienda las preferencias individuales.

El problema de fondo consiste en la progresiva desaparición de toda referencia objetiva capaz de ordenar la vida comunitaria. Allí donde ya no existe naturaleza, tampoco existen fines propios de las instituciones; donde no existen fines, únicamente permanecen preferencias; y donde solo quedan preferencias, el orden político termina reducido a la administración técnica de deseos individuales. Si este proceso regresivo continúa desarrollándose, el resultado será la mayor paradoja de la humanidad: civilizaciones tecnológicamente sofisticadas y antropológicamente vacías; en otras palabras, individuos cada vez más aislados, identidades infinitamente fragmentadas y enormes aparatos técnicos, económicos y burocráticos encargados de administrar preferencias cambiantes sin ningún horizonte común que otorgue unidad y sentido. El progreso material sobrevivirá, pero desprovisto de una finalidad humana capaz de orientarlo.

Esta dinámica repercute directamente sobre la crisis tripartita del Perú. Debilita la soberanía al incorporar, frecuentemente de manera acrítica, agendas culturales concebidas desde centros internacionales ajenos a nuestra propia tradición histórica. Fragmenta la cohesión nacional al sustituir la identidad compartida por una multiplicidad de identidades parciales que reclaman reconocimiento político diferenciado. Finalmente, erosiona el sentido histórico porque la idea misma de una naturaleza humana orientada hacia un fin compartido desaparece y, con ella, también la posibilidad de una promesa nacional capaz de convocar a generaciones enteras.

En oposición, la Nueva Derecha Peruana sostiene que el verdadero progreso consiste en desarrollar plenamente las potencialidades de la naturaleza humana y perfeccionar las instituciones que permiten su realización histórica. El desarrollo científico, tecnológico y económico constituye un bien cuando permanece subordinado a una comprensión verdadera del hombre. La libertad alcanza su plenitud en el ejercicio responsable y coherente con la naturaleza humana, mientras que la civilización verdaderamente progresa fortaleciendo la familia, la comunidad, la nación y todas aquellas instituciones que hacen posible el desarrollo integral de la persona y, en el plano nacional, el cumplimiento de la promesa peruana.

Julio Jesús Puescas
30 de julio del 2026

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