Manuel Bernales Alvarado

Perú en el medio de la gran disputa geopolítica

Procura convertir su posición geográfica en una ventaja competitiva

Perú en el medio de la gran disputa geopolítica
Manuel Bernales Alvarado
30 de julio del 2026

 

Hay una premisa que debería formar parte de cualquier discusión seria sobre el futuro económico del Perú: es de interés nacional continuar los procesos de inversión actualmente en curso y procurar que estos incorporen cada vez más valor añadido y valor compartido. No se trata solamente de atraer capital, sino de conseguir que la inversión transforme nuestra geografía, infraestructura y recursos naturales en capacidades productivas capaces de beneficiar al conjunto del país.

La tarea, sin embargo, será particularmente difícil. El Perú deberá desenvolverse durante los próximos años en un escenario internacional marcado por la continuidad de la política de Estados Unidos, la incertidumbre sobre el rumbo del Brasil y una situación interna todavía compleja. A ello se suma la presencia de organizaciones criminales transnacionales —desde el narcotráfico hasta las distintas expresiones de violencia que operan en las fronteras—, que convierten nuestra ubicación geográfica en una ventaja, pero también en una fuente de riesgos.

En ese contexto hay un hecho que no puede ignorarse: la creciente presencia de la República Popular China en la economía peruana. Su inversión comprende minería, energía, redes eléctricas, infraestructura portuaria, transporte, pesca y comercio. El puerto de Chancay, operado por Cosco Shipping, constituye el símbolo más visible de esa presencia, pero está lejos de ser el único.

También está Shougang, que opera en Ica desde la adquisición de Hierro Perú durante el proceso de privatizaciones de los años noventa. Marcona, con su puerto y sus instalaciones mineras, forma parte de un espacio estratégico del sur peruano, conectado con corredores de energía, minería y transporte. No muy lejos se encuentra Las Bambas, cuya inversión de origen chino alcanzó una dimensión cercana a los US$10,000 millones.

El mapa portuario peruano, por lo demás, ofrece alternativas que trascienden Chancay. Al norte se encuentra Bayóvar, en Piura, departamento con enormes recursos pesqueros, agrícolas, hidrocarburíferos y mineros. Allí se ubica también el controvertido proyecto Río Blanco. En el centro, el Callao conserva su condición de principal plataforma logística del país, estrechamente vinculada con el aeropuerto Jorge Chávez y con instalaciones estratégicas de las Fuerzas Armadas.

El sur ofrece todavía más posibilidades. Ilo y Matarani cuentan con condiciones para convertirse en grandes plataformas de intercambio regional, mientras que Corío, en Arequipa, aparece como una alternativa de enorme capacidad para recibir grandes embarcaciones. Si este proyecto avanza a través de ProInversión, podría convertirse en uno de los elementos más importantes de la infraestructura portuaria peruana de las próximas décadas.

La pregunta inevitable es qué ocurrirá con Chancay. ¿La nueva alianza política con Estados Unidos favorecerá o dificultará su transformación en un verdadero hub del Pacífico? ¿Podrá producirse un cambio sustancial en tan pocos años, considerando que China continuará siendo un inversionista fundamental en el Perú y en Chile? ¿Estamos ante una disputa comparable, salvando todas las distancias históricas, con los grandes cambios de alineamiento que se produjeron durante la Guerra Fría?

La respuesta no es sencilla. Y sería un error plantearla exclusivamente en términos ideológicos. El desafío peruano consiste precisamente en evitar que la competencia entre las grandes potencias reduzca nuestro margen de maniobra.

Brasil constituye una pieza fundamental de este tablero. Su condición de miembro fundador de los BRICS y su enorme dimensión amazónica hacen inevitable que busque salidas hacia el Pacífico. Una de ellas es el corredor del Capricornio, en desarrollo con destino Chile; otras podrían orientarse hacia los puertos peruanos.

Bayóvar podría convertirse en una salida natural para parte del comercio brasileño, pero ello exigiría complementar la infraestructura existente con hidrovías y ferrocarriles así como aeropuertos. Por el sur, la carretera Interoceánica ya conecta Brasil con el Perú y podría complementarse con infraestructura que fortalezca las conexiones con Ilo y Matarani. El corredor central presenta mayores dificultades por las características geográficas y ambientales de los territorios que atraviesa.

Todo ello revela una realidad que todavía no terminamos de asumir: desde la costa hasta la Amazonía, pasando por los Andes, el Perú posee recursos conocidos, potenciales y en proceso de exploración que debe reactivarse. El problema es que buena parte de esa riqueza continúa esperando infraestructura, inversión y reglas estables que permitan transformarla en desarrollo sostenible que incluya excelencia educativa y mejores redes económicas y sociales que lobaseguren.

La geografía, por sí sola, no produce prosperidad. Pero puede convertirse en palanca o medio de una ventaja competitiva si el país logra articular sus puertos, carreteras, ferrocarriles, energía, minería, agricultura, turismo, industria y comercio exterior dentro de una estrategia nacional, para lo que se requiere un sistema de planes efectivos que amarren con estímulos a sectores no públicos y con el.marco presupuestal multianual y los presupuestos anuales de todo el Estado.

En ese escenario, la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China constituye simultáneamente un riesgo y una oportunidad. La disputa económica ya comenzó y el Perú no puede pretender que no existe. Pero tampoco debería asumir que la única alternativa es escoger entre una potencia u otra. Es evidente que hay actores públicos y no públicos, de pajes a reyes, que prefieren una íntima alianza con los Estados Unidos de América, mientras otros la condenan.

El concepto de «no alineamiento activo» o equivalentes a una mejor gestión estatal con realización de los atributos de un estado y república, independencia, autonomía y soberanía, puede ofrecer una pista para pensar esa estrategia: mantener relaciones estrechas con Estados Unidos sin renunciar a las inversiones chinas; fortalecer los vínculos con Brasil y Chile así como impulsar realizaciones en espacios como los de la APEC, la Comunidad Andina y los estados y economías de la mega Amazonia. Esto es aprovechar nuestra ubicación en el Pacífico y la vertiente hacia el Atlántico inclusive más allá del Brasil, porque realizaciones de un proyecto nacional se planifican a largo plazo y se pueden iniciar en cinco ; esto es negociar con todos y en grupos variables de estados y actores privados en función de los intereses nacionales en clave de geopolítica y mucho más allá del corto plazo.

Navegar entre Escila y Caribdis nunca es sencillo. El nuevo gobierno tendrá que hacerlo durante cinco años, mientras las grandes potencias actuarán con horizontes geopolíticos mucho más extensos. La continuidad de las inversiones parece ser, hasta ahora, una de las pocas certezas. La verdadera tarea será convertir esa continuidad en una política de Estado.

El Perú comenzó a construir una ruta perfectible no congelable ni rígida sino adaptable;esto justamente recomienda la OTCA y las buenas prácticas, antes, durante y después de los años noventa y distintos gobiernos, con sus diferencias, la han continuado, pero no en el quinquenio que ha terminado. Ahora corresponde dar el siguiente paso: pasar de recibir inversiones a diseñar estratégicamente dónde, cómo y para qué las necesitamos. Desde 2012 tenemos el espejo Quellaveco, como denomine a un microensayo luego de que la mesa de 32 miembros que presidí en nombre de Energía y Minas, acordase por unanimidad este proyecto que felizmente continúa.

La política exterior y más ampliamente la política internacional en estas circunstancias, no puede separarse de la política interna económica ni de la planificación territorial. El verdadero reto no consiste en elegir entre Washington y Pekín, sino en conseguir que ambos —junto con Brasil, Chile, Europa, Corea, Japón y otros socios— encuentren en el Perú oportunidades que coincidan con nuestros propios objetivos de seguridad integral y desarrollo duradero.

Esa será, probablemente, la prueba más importante para el nuevo gobierno: convertir las ventajas geográficas del país en ventajas competitivas, por así decir, sin convertir al Perú en escenario pasivo de una disputa que, en realidad, le pertenece a otros.

Manuel Bernales Alvarado
30 de julio del 2026

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