Maria del Pilar Tello
Separar para unir
La democracia separa el poder para impedir su abuso
La democracia no consiste solo en ganar una elección. También es ejercer el poder reconociendo que la victoria no entrega la totalidad del país ni convierte a las demás fuerzas políticas en presencias prescindibles. Gobernar democráticamente es aceptar límites, compartir responsabilidades y conservar los contrapesos que impiden que una mayoría circunstancial se transforme en poder sin control.
El Perú inicia una nueva etapa después de una elección presidencial extremadamente ajustada. Keiko Fujimori obtuvo la victoria por una diferencia mínima y asumirá la conducción de un país partido en dos y plagado de grandes problemas. Fuerza Popular será la primera minoría del nuevo Congreso bicameral y no cuenta con mayoría absoluta en ninguna de sus cámaras. Esta situación debe orientar al nuevo Gobierno a la prudencia, la concertación y la búsqueda de legitimidad de ejercicio.
Las negociaciones conocidas apuntan a que Fuerza Popular presida el Senado. El Ejecutivo y el Senado quedarían bajo una misma orientación política. Esta fórmula puede ser jurídicamente posible, pero políticamente inconveniente para un país que necesita reconstruir confianza y asegurar que el Parlamento no se convierta en una prolongación del Ejecutivo.
La separación de poderes no obliga a que el Ejecutivo y el Legislativo estén dirigidos por adversarios. Tampoco significa conflicto permanente, obstrucción ni parálisis. Significa autonomía funcional, equilibrio y control recíproco. El Gobierno necesita un Congreso capaz de aprobar las normas indispensables para ejecutar su programa; pero el país requiere también un Parlamento que fiscalice, debata, corrija y represente voces distintas de las del Ejecutivo.
La bicameralidad debe mejorar la deliberación y la calidad de las leyes. No fue restablecida para duplicar una misma voluntad partidaria, sino para introducir una revisión adicional, distribuir funciones y fortalecer los controles. Si las dos cámaras hubieran quedado políticamente subordinadas a un solo bloque, la bicameralidad corría el riesgo de convertirse en una repetición institucional y no en un verdadero sistema de equilibrio.
La unidad nacional no es uniformidad. No es alineamiento detrás de quien ganó, es incorporación de sectores diversos en la conducción de los asuntos públicos.
Así como hemos reclamado un gabinete plural, con personas capaces y honestas, también esperamos directivas parlamentarias que expresen la pluralidad de las urnas. Compartir responsabilidades en el Congreso sería una señal concreta de apertura y una forma de reconocer que ninguna fuerza política representa a todo el Perú.
La legitimidad de origen proviene del voto y debe ser respetada. Pero la legitimidad de ejercicio se construye cada día mediante decisiones prudentes, respeto institucional, transparencia y capacidad de escuchar. Para una presidenta elegida por un margen reducido, ampliar su base política no es una concesión ni una debilidad: es una necesidad democrática. La concentración del poder puede facilitar decisiones inmediatas, pero aumenta la desconfianza, reduce la deliberación y hace que los errores sean imputados a un solo bloque.
El país tiene urgencias demasiado graves para convertir el nuevo Congreso en un escenario de reparto partidario. La criminalidad organizada, las extorsiones, las mafias, la corrupción, la salud y la inseguridad entre muchos problemas urgentes, exigen una política de Estado. Se necesita cooperación entre el Ejecutivo, el Legislativo, el Ministerio Público, el Poder Judicial, la Policía y los gobiernos regionales y locales. Cooperación no significa subordinación. Los poderes pueden actuar juntos alrededor de objetivos concretos sin renunciar a su autonomía ni a su deber de fiscalización.
Un Legislativo independiente no debilita al Gobierno; puede protegerlo de sus propios excesos, corregir decisiones equivocadas y darle mayor legitimidad a las políticas que tengan respaldo plural. Del mismo modo, una oposición responsable debe controlar, proponer y contribuir a los grandes acuerdos nacionales.
La democracia separa el poder para impedir su abuso, pero también para hacer posible una cooperación equilibrada. Separar no significa dividir al país. Significa distribuir autoridad, reconocer diferencias y construir confianza. Por eso, en este momento, separar puede ser la mejor manera de unir. Esta es la relación entre bicameralidad, pluralidad, legitimidad de ejercicio y unidad nacional, que nos parece la más positiva.
















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