Cecilia Bákula

El nombre del Perú

No es palabra quechua ni caribe, sino indohispana o mestiza

El nombre del Perú
Cecilia Bákula
27 de julio del 2026


Hoy, que celebramos los 205 años de la proclamación de nuestra independencia, es una oportunidad adecuada para recordar cómo se fue gestando el uso del hermoso nombre de nuestro país.

Es usual recurrir a lo que señaló Garcilaso Inca de la Vega en sus Comentarios Reales de los Incas, cuya primera edición apareció en Lisboa en el año 1609.  En ese tan especial texto, escrito por nuestro primer y gran mestizo en los años de su adultez, se nos recuerdan detalles interesantes, pues el autor aclara que, a su criterio, el nombre derivó de un error de comprensión, pero que Perú terminó siendo el apelativo de estas tierras. 

Sin duda podría ser una explicación, y si bien es una fuente de interés, me gusta recurrir a la especial vocación de investigación de Raúl Porras Barrenechea, quien realizó un estudio respecto a nuestro nombre.  Me refiero al pequeño opúsculo titulado El nombre del Perú, aparecido en 1951, que no solo nos aporta datos muy significativos sino que nos acerca al conocimiento de la ruta que definió el uso de esa palabra hermosa: Perú. Y también nos explica el proceso a través del cual se decanta nuestro nombre, pues fue también a partir de leyendas que se construyó el apelativo; es decir, ese sustantivo propio y único.  En ese estudio, Porras nos acerca con verdad y emoción al sentido mismo del nombre de nuestra Patria.

El autor enfatiza inicialmente la importancia de la toponimia al señalar cómo el nombre aparece ya grabado en la cartografía mundial, en aquellas láminas que se imprimían en los Países Bajos y llegaban aportando datos sustantivos para la navegación y muchos elementos para la fantasía respecto a los territorios de ultramar.  Y es así como en cartas de navegación, mapas y en documentos fechados desde por lo menos 1528, los primeros conquistadores referirán ya el nombre del Perú asociado a tierras ricas, pródigas y diversas.  Se citaba en documentos suscritos en Panamá en 1527 y en la Real Cédula de 5 de junio de 1528, se lee con claridad la designación territorial:  “…los capitanes Francisco Pizarro e Diego de Almagro ha mucho tiempo que nos sirven en esas partes y con deseo de lo continuar fueron al descubrimiento del Perú”.

Y, en un documento fundamental, como lo fue la Capitulación de Toledo, firmada por Pizarro y la reina Juana el 26 de julio de 1529 –documento en el que al conquistador se le extiende autorización para continuar la empresa “perulera”, con los cargos de Gobernador, Adelantado y Capitán General–, se afirma ya definitivamente el nombre del Perú. Ya entonces nuestro nombre dejó de ser una leyenda y se convirtió en una realidad con definición jurídica. Lo fue definitivamente cuando en 1542 se creó el Virreinato del Perú, y desde entonces nuestro país tiene un nombre propio y singular, tal como lo registró nuestra primera constitución política, suscrita el 12 de noviembre de 1823.

No obstante esos datos irrefutables, es oportuno destacar la porfía de Raúl Porras para defender el origen y el sentido de la palabra Perú. Y como él mismo narra, fue en el Primer Congreso Internacional de Peruanistas que tuvo lugar en Lima en agosto de 1951, donde él mantuvo un alturado intercambio de opiniones con el francés Paul Rivet, quien daba a la palabra Perú un origen asociado tan solo a los valores arqueológicos de nuestro territorio. A ello Porras contrapuso argumentos contundentes que, sin dejar de considerar el punto de vista expresado por el francés, aportaban una visión sustentada en los documentos históricos en los que, para inicios del siglo XVI, la palabra Perú estaba ya escrita, lo que era fundamento suficiente para el sentido que se le daba a “esa” palabra. Porras acotaba, además, que la mera interpretación filológica y la riqueza arqueológica, no podían ser  suficiente argumento para comprender el sentido profundo de nuestro nombre.

Por ello es irrefutable y hermoso lo que el propio Raúl Porras escribe y que, en fragmentos me permito copiar: “El nombre del Perú no significa, pues, ni río, ni valle, mucho menos deriva de la palabra Ofir.  No es palabra quechua ni caribe, sino indohispana o mestiza. No tiene explicación en lengua castellana, ni tampoco en la antillana y su propia fonética enfática, lleva una entraña india invadida por la sonoridad castellana. Y, aunque no tenga traducción en los vocabularios de las lenguas indígenas, ni en los léxicos españoles, tiene el más rico contenido histórico y espiritual. Es anuncio de leyenda y de riqueza, es fruto mestizo brotado de la tierra y de la aventura…”

Por ello, con respeto y emoción lo usamos y pronunciamos, precedido además de un artículo determinado o propio que, según el uso castellano significa que la palabra que le sigue a un artículo es conocida y tiene significado pleno tanto para quien la pronuncia, como para quien la escucha.

Hoy, 205 años después de nuestra independencia, podemos afirmar que el Perú en su realidad y en su nombre significa realeza y hermosura de raza; historia, grandeza y extraordinaria geografía;  riqueza, plenitud y, sobre todo, la certeza de que con el esfuerzo y el amor de todos, al pronunciar tan hermosa palabra como es el nombre de nuestra Patria, comprendemos que el Perú está por siempre y para siempre destinado a un futuro eterno y promisorio.

Cecilia Bákula
27 de julio del 2026

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