Javier Agreda
Una herencia inevitable: la paternidad en “La barba de mi padre”
Reseña crítica del libro de cuentos de Luis Hernán Castañeda
Además de encarnar la figura de autoridad por excelencia, el padre suele tener un papel determinante en la vida de sus hijos, en su manera de ver el mundo, incluso cuando estos intentan rechazarlo. No solo se hereda una historia familiar, sino también formas de relacionarse, de amar, de ejercer el poder. Ese vínculo problemático entre padres e hijos es, precisamente, uno de los temas que más ha explorado la literatura desde sus orígenes; y en todos sus matices, desde la admiración hasta el resentimiento.
La barba de mi padre (Dendro, 2026), el nuevo volumen de cuentos del escritor limeño Luis Hernán Castañeda (Lima, 1982), se inscribe en esa tradición narrativa. A través de una serie de relatos que exploran las tensiones entre padres e hijos, el autor examina la persistencia de los modelos de masculinidad heredados, sus consecuencias emocionales y las dificultades que enfrentan quienes intentan romper ese legado. Se trata de un libro que continúa las reflexiones del autor sobre las relaciones dentro de la familia, que se iniciaron precisamente con su anterior libro de cuentos, Fotografías de sala (2007).
El volumen se abre con “Barba”, un relato de vocación simbólica en el que la decisión del protagonista de dejarse crecer la barba, como su padre, y de mantenerla impecable, le acarrea no pocos conflictos. Son, sin embargo, los dos cuentos siguientes, “Balas” y “Tesoro”, los que abordan con mayor precisión el tema central del libro. En “Balas”, un hombre machista, bebedor y fanático de las armas está a punto de morir y le pide a su hijo —opuesto a él en todo: deportista, saludable, de sensibilidad “progresista”— que le consiga un paquete de balas para matar al médico que no ha logrado salvarle la vida. En “Tesoro”, Luciano y sus hermanos, descendientes de italianos, heredan una pequeña hacienda dedicada a la producción de “el mejor pisco”, hasta que el hijo de Luciano, narrador del relato, descubre los manejos turbios y las estafas que sostienen la supuesta calidad de ese “tesoro” familiar. Un texto que remite inevitablemente a “La botella de chicha” de Julio Ramón Ribeyro.
En estos dos cuentos, y en menor medida en “Papá en Madrid”, se despliega el enfrentamiento entre padres e hijos, a la vez que se retrata una dinámica familiar propia del siglo XX y de una sociedad marcadamente machista como la nuestra. Pero Castañeda evita la denuncia directa y explícita: prefiere construir historias familiares minuciosas —en el caso de “Tesoro”, extendidas a lo largo de varias generaciones— pobladas de personajes secundarios y funcionales, que aportan matices a la trama principal y que, en ocasiones, le imprimen un giro radical, como ocurre en “Balas”. Entre esos personajes secundarios destacan las madres de los narradores: aparentemente pasivas y obedientes, pero siempre cuestionadoras, a su manera silenciosa, del autoritarismo de sus esposos.
Otros cuentos del volumen ensayan variantes interesantes sobre la paternidad. “Das Mädchen” se inicia con una confesión del protagonista: “He llegado a los cuarenta años sin haber tenido hijos… en el presente, la falta de hijos nos tiene [a él y a su esposa] sin cuidados”. Pero una serie de sucesos revela que la paternidad sí le importa, y mucho. Los dos relatos restantes trasladan el tema al ámbito literario. En “Espejo limpio”, un profesor universitario encuentra en un joven alumno una suerte de doble suyo, libre de sus problemas y cargas personales —un “espejo limpio”—, y entre ambos se traba una relación ambigua. Y en “Diario de Montevideo”, un joven escritor peruano, posible alter ego del autor, emprende un viaje de turismo literario a Montevideo tras las huellas de su escritor predilecto, Mario Levrero. Se trata del relato más extenso y ambicioso del conjunto —incluye incluso fotografías de los lugares visitados—, aunque no termina de encajar con el resto del libro.
Ese carácter marcadamente literario recorre el conjunto: se advierte en la influencia de cuentistas de prestigio (Carver, Chéjov y Borges, entre los mencionados en el libro), en el cuidadoso trabajo de los elementos “significativos” —por encima de las descripciones, escasas en todo el volumen— y, sobre todo, en el manejo del lenguaje. El escritor Iván Thays llega a afirmar, en la contraportada del libro, que Castañeda “es, sin discusión, uno de los mejores prosistas peruanos de las últimas décadas”.
Mantenemos, sin embargo, ciertas reservas que ya nos suscitaba Fotografías de sala y que La barba de mi padre no termina de disipar. Son cuentos muy bien escritos, de una prosa depurada y un oficio literario evidente, pero acaso demasiado cerebrales: les falta, a la mayoría de ellos, intensidad dramática, personajes de mayor densidad psicológica o desenlaces más contundentes. La inteligencia con que Castañeda arma sus tramas familiares —esa capacidad para insinuar mucho más de lo que dice— es, a la vez, la mayor virtud del libro y lo que le impide alcanzar una hondura mayor.
La barba de mi padre es un libro que vale la pena leer: no solo por su incuestionable calidad literaria, sino porque invita a pensar, una vez más, en esa herencia —la del padre— de la que ningún hijo termina de escapar del todo.
















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