Julio Jesús Puescas
La cosificación de la sociedad
Es indispensable volver a valorar la concepción integral de la persona
La crisis tripartita ha permitido identificar los principales males que afectan al Perú: la pérdida de soberanía, la fragmentación de la cohesión nacional y el debilitamiento del sentido histórico. No obstante, ninguna realidad nacional existe aislada del mundo. Nuestro país también se encuentra inmerso en una realidad global atravesada por profundas transformaciones culturales, económicas y tecnológicas que influyen directamente sobre la forma en que las sociedades comprenden al hombre, organizan sus instituciones y orientan su desarrollo. Entre esas corrientes contemporáneas, una de las más decisivas es la progresiva cosificación de la persona.
La cosificación comienza cuando el ser humano deja de ser reconocido por su dignidad inherente y pasa a ser evaluado según la utilidad que produce, el rendimiento que ofrece o el beneficio que puede generar. Poco a poco, el valor de la persona empieza a medirse por su capacidad de producir riqueza, consumir bienes, atraer atención o satisfacer necesidades ajenas. La utilidad reemplaza a la dignidad como criterio de valoración y termina reorganizando la manera en que la sociedad comprende el trabajo, las relaciones humanas, la política, la economía e incluso la propia vida.
Esta transformación responde a una antropología utilitaria que penetra progresivamente en todas las dimensiones de la existencia. Cuando la persona deja de ocupar el centro del orden social, la economía comienza a imponer sus propios criterios sobre ámbitos que poseen una naturaleza distinta; la política administra poblaciones bajo parámetros de eficiencia; la cultura convierte el éxito en un indicador de valor personal; y la existencia humana queda sometida a cálculos permanentes de rentabilidad, productividad y rendimiento.
El mercado constituye una institución indispensable para la prosperidad de una nación. Su función consiste en facilitar el intercambio de bienes y coordinar la actividad económica; a la par que su lógica posee límites objetivos derivados de la propia dignidad humana. Así, existen realidades cuyo valor trasciende cualquier precio y cuya comercialización altera su naturaleza: el cuerpo humano, la maternidad, la fertilidad, la intimidad, la vida y la muerte pertenecen a ese ámbito. A pesar de ello, la civilización contemporánea impulsa una creciente mercantilización de todos ellos. La prostitución adquiere la forma de servicio, el alquiler de vientres se transforma en industria reproductiva, la compraventa de órganos aparece como un mercado potencial, la exposición permanente de la intimidad genera ingresos económicos y la manipulación genética se incorpora progresivamente como un producto disponible para quien pueda financiarlo. En otras palabras, la mercancía deja de limitarse a los objetos; alcanza al propio hombre.
La misma lógica reorganiza los vínculos humanos. Las relaciones personales comienzan a estructurarse alrededor del intercambio de beneficios, del prestigio, de la capacidad de compra de bienes, del éxito profesional o de la influencia digital. Las plataformas digitales transforman cada interacción en un dato cuantificable, reducen el reconocimiento y la experiencia humana a métricas visibles y fomentan una competencia constante por la visibilidad. También las relaciones afectivas quedan sometidas a esa dinámica. La elección de pareja incorpora criterios de rentabilidad económica o social; las personas son comparadas como opciones disponibles; la sustitución permanente reemplaza la estabilidad; y la familia pierde progresivamente su carácter de comunidad fundada sobre el compromiso duradero.
Las consecuencias alcanzan a toda la estructura social. La soledad aumenta mientras las posibilidades de comunicación se multiplican. La ansiedad y la depresión se expanden en sociedades hiperconectadas. La natalidad desciende de manera sostenida al mismo tiempo que proliferan tecnologías destinadas a intervenir sobre la reproducción humana. La familia experimenta una creciente fragilidad porque el compromiso cede espacio a la satisfacción inmediata y la permanencia resulta cada vez más difícil dentro de una cultura acostumbrada a reemplazar aquello que deja de producir gratificación.
La expansión de la técnica profundiza todavía más esta tendencia. El extraordinario desarrollo científico amplía las capacidades humanas y ofrece oportunidades inéditas para mejorar la calidad de vida. Sin embargo, la capacidad técnica comienza a convertirse en criterio suficiente para justificar determinadas acciones. Las decisiones colectivas giran alrededor de aquello que resulta posible realizar, mientras las preguntas sobre el bien, la justicia o la naturaleza del hombre pierden presencia en el debate público. La inteligencia artificial, la manipulación embrionaria, la selección genética, el transhumanismo o la eutanasia reflejan esa transformación: el progreso científico avanza con rapidez mientras la reflexión ética pierde influencia sobre sus fines.
Este proceso encuentra su fundamento en el progresivo abandono del reconocimiento de la naturaleza humana. La persona deja de comprenderse como portadora de una dignidad objetiva y pasa a interpretarse como una realidad completamente disponible para la voluntad individual, el mercado o la tecnología. El cuerpo, la familia, la maternidad, la paternidad, el trabajo, la vida y la muerte quedan expuestos a procesos continuos de redefinición conforme a preferencias cambiantes. Por lo tanto, la desorientación antropológica termina proyectándose sobre todas las instituciones, porque ninguna comunidad política puede conservar su estabilidad cuando pierde claridad acerca de quién es el hombre al que pretende servir.
Frente a esto, la Nueva Derecha Peruana sostiene que es indispensable volver a valorar la concepción integral de la persona. En concordancia, el peruano constituye el subjectum de nuestro propio orden político: una persona dotada de dignidad inherente, heredera de una tradición histórica y llamada a realizar una vocación compartida dentro de la comunidad nacional. Mientras la civilización contemporánea continúe reduciendo al hombre a objeto de intercambio, consumo, experimentación o entretenimiento, la crisis de soberanía, cohesión y sentido seguirá profundizándose. La recuperación del Perú comienza allí donde la persona vuelve a ocupar el centro de la vida política, económica y social, y donde todas las instituciones recuperan su finalidad originaria: servir al desarrollo integral del ser humano y de la comunidad nacional.
















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