Carlos Adrianzén

¿Dónde estamos?

La relación entre libertad, propiedad privada y desarrollo económico

¿Dónde estamos?
Carlos Adrianzén
28 de octubre del 2026

 

Hoy volvemos a utilizar el espejo de las comparaciones dentro del continente americano; es un ejercicio particularmente útil. En América conviven naciones con desempeños económicos radicalmente distintos. Los tres gráficos que analizaremos cuentan, esencialmente, una misma historia: ¿por qué seguimos siendo tan diferentes? Y al mismo tiempo, ¿por qué parecen emerger ciertos rasgos comunes si se considera el reciente deterioro relativo de Estados Unidos y Canadá?

Hay algo que conviene dejar claro desde el inicio. Los tres gráficos muestran una relación difícil de ignorar. Aunque han sido elaborados a partir de fuentes distintas y examinan fenómenos diferentes, terminan describiendo una misma realidad: los países con mayores niveles de libertad política y de libertad económica, entendida aquí como una mayor protección de los derechos de propiedad privada, tienden también a exhibir niveles más altos de producto por habitante.

No se trata simplemente de una coincidencia estadística. La evidencia sugiere la existencia de una correlación consistente entre distintos grados de libertad política, marcos institucionales, incentivos económicos y niveles de prosperidad. Democracias en deterioro, pseudo democracias y dictaduras aparecen distribuidas de manera reconocible a lo largo de estas comparaciones.

Por ejemplo, la defensa o resignación frente al resultado oficial de la reciente reelección en Brasil, en un proceso similar a los observados en experiencias como las de Kirchner, Maduro o Chávez, dice mucho acerca de la calidad institucional y de la integridad de nuestras clases políticas e intelectuales.

Sí, estimado lector. Al sur del Río Grande, la democracia sigue siendo una rareza.

 

La disimilitud elemental

El primer gráfico presenta el PBI per cápita, expresado en dólares constantes de 2025, para la mayor parte de los países de América. En un extremo aparecen Estados Unidos, Canadá y Guyana, con ingresos considerablemente superiores al promedio regional y estándares de vida propios de economías desarrolladas. En el otro se encuentran Haití, Venezuela, Nicaragua y Honduras, cuyos estándares de vida resultan marcadamente precarios.

El Perú ocupa una posición intermedia y mediocre, muy distante de las economías más ricas del continente. La magnitud de las diferencias es notable. Refleja decisiones y tolerancias institucionales cuyos costos han sido elevados. El ingreso por habitante de los países líderes multiplica varias veces al de las economías ubicadas en la parte inferior de la clasificación.

La primera conclusión es evidente: América no sólo es menos diversa culturalmente de lo que suele afirmarse, sino que además exhibe enormes brechas en su capacidad para generar riqueza. Sin embargo, el gráfico -aislado- no respondería la pregunta fundamental: ¿por qué algunos países generan mucho más ingreso que otros?

 

La primera pista: la libertad política

El segundo gráfico incorpora un primer plano de explicación. Allí se presenta un índice de libertad política para 2025. En la parte más rezagada aparecen Venezuela, Cuba y Nicaragua, mientras que Canadá, Uruguay, Barbados, Chile y otras democracias parcialmente consolidadas, aunque sometidas hoy a tensiones y debates crecientes sobre sus libertades, figuran entre las mejor evaluadas.

Comparado con el gráfico anterior, el patrón resulta revelador. Las economías con menores niveles de libertad política coinciden, en gran medida, con aquellas que registran menores ingresos por habitante. En sentido contrario, los países que garantizan más ampliamente los derechos políticos y las libertades civiles suelen ubicarse entre los más prósperos. Naturalmente, la libertad política no genera riqueza de manera automática. Sin embargo, favorece mecanismos asociados al crecimiento económico:

  1. Un mayor control ciudadano sobre los abusos del poder.
  2. Una mejor rendición de cuentas y menores espacios para la corrupción burocrática.
  3. Menores incentivos para la expropiación arbitraria.
  4. Mayor predictibilidad institucional.
  5. Reglas más estables y previsibles para la inversión de locales y foráneos.

La correlación visual es suficientemente intensa como para formular una pregunta adicional: ¿qué institución concreta podría vincular la libertad con la prosperidad?

 

La segunda pista: la protección de la propiedad

El tercer gráfico ofrece una posible respuesta. Este indicador mide un aspecto central de la libertad económica: el respeto a los derechos de propiedad privada. Una vez más, Venezuela, Cuba y Haití aparecen entre los países con menor protección institucional, mientras que Canadá, Chile, Estados Unidos y Uruguay figuran entre los mejor posicionados.

La superposición con el primer gráfico es todavía más evidente. Las economías donde los individuos conservan con mayor seguridad el producto de su esfuerzo suelen ser también aquellas que alcanzan mayores niveles de ingreso per cápita. La lógica económica asociada a esta relación es relativamente sencilla:

  1. Si la propiedad está protegida, la inversión tiende a aumentar.
  2. Si la inversión aumenta, la productividad tiende a mejorar.
  3. Si la productividad mejora, los salarios y el ingreso promedio tienden a crecer.
  4. Si ese proceso se mantiene durante décadas, el nivel de vida suele elevarse.

En sentido contrario, cuando la propiedad resulta proscrita, incierta, insuficientemente protegida o vulnerable a decisiones políticas discrecionales, el ahorro, la inversión y la innovación tienden a debilitarse. La pobreza y la informalidad encuentran entonces un terreno más fértil para expandirse.

 

La conexión entre los tres gráficos

Observados conjuntamente, los tres gráficos sugieren el lado institucional: Libertad política → protección de la propiedad privada → mayor inversión y productividad → mayor ingreso per cápita.

Naturalmente, existen otras variables relevantes. Los recursos naturales, la geografía, la educación, la apertura comercial y la calidad de las políticas públicas también influyen sobre el desarrollo económico. 

Sin embargo, los gráficos sugieren que las instituciones políticas y económicas constituyen una dimensión particularmente importante de la explicación. Se trata, precisamente, de un aspecto que con frecuencia los defensores de las dictaduras o de formas más suaves de autoritarismo suelen minimizar. No parece casual que Venezuela o Nicaragua aparezcan simultáneamente entre los países con menor libertad política, menor protección de la propiedad privada y menores niveles de ingreso por habitante. Del mismo modo, tampoco parece casual que Canadá se ubique consistentemente entre los líderes de las tres categorías.

 

La lección que no ve el Perú (ni gran parte de la región)

La principal enseñanza es que las diferencias en los niveles de vida entre países difícilmente pueden explicarse únicamente por la geografía, la dotación de recursos naturales o las circunstancias históricas. Los resultados sugieren que las reglas institucionales importan, y mucho.

Las sociedades que protegen mejor los derechos políticos y económicos generan incentivos más favorables para emprender, innovar, invertir y acumular capital. Con el paso del tiempo, esas decisiones terminan reflejándose en mayores niveles de prosperidad.

Para disgusto de los ejércitos de mercaderes, asesores o periodistas que justifican e idealizan el autoritarismo en la región, así como de quienes sostienen que América Latina requiere liderazgos de "mano dura", los gráficos apuntan en una dirección diferente: los países que muestran mayores niveles de bienestar suelen ser también aquellos que exhiben mucho mayores niveles de libertades políticas y económicas.

En síntesis, los tres gráficos cuentan una única historia: la mayor riqueza rara vez aparece aislada. Suele estar acompañada de instituciones políticas y económicas que limitan el poder discrecional y protegen la propiedad privada. Allí donde florece la libertad popular ambas condiciones son más sólidas, el ingreso por habitante tiende a ser más elevado; allí donde son más débiles, la pobreza y el rezago económico suelen persistir. Pero, como suele ocurrir con los procesos de desarrollo y también con los de deterioro, las instituciones son, en última instancia, fenómenos políticos.

Y aquí conviene recordar la historia, preferiblemente lejos de las narrativas ideológicas. Desde hace más de dos siglos, América registra un pasado común. Provenimos de un mestizaje entre recién llegados –a los que se les etiqueta como poblaciones originarias o aborígenes– y, por un lado, una conquista de corte depredador (con poblaciones protestantes, en Norteamérica); y otro, una conquista de corte más étnicamente abierto (con católicos, en centro y Sudamérica). Económicamente, el primero, derivó hacia en una institucionalidad exitosa e inclusiva; mientras que el segundo, no deja de fracasar hasta hoy, abrazados a la receta extractivista. 

Los tres gráficos, entonces, no dan pie a mayores sorpresas.

 

Carlos Adrianzén
28 de octubre del 2026

NOTICIAS RELACIONADAS >

Llueve sobre mojado

Columnas

Llueve sobre mojado

  Suele repetirse que una guerra advertida reduce sus costos. La...

21 de octubre
La cosa no es tan simple

Columnas

La cosa no es tan simple

  Frente al deterioro persistente del orden público en el...

14 de octubre
Ni segura, ni inevitable

Columnas

Ni segura, ni inevitable

  A quienes usaron discos de vinilo les recuerdo que estos se ra...

07 de octubre

COMENTARIOS