Piero Gayozzo
Cuidado con la movida de Verónika Mendoza
Siempre ha sobrepuesto sus afinidades izquierdistas al bienestar del país
Las recientes elecciones de autoridades locales y regionales han causado revuelo en múltiples partes del país, ya sea por la maniobra de candidatos para reelegirse, el retorno de viejas autoridades o la esperanza de la gente al confiar en nuevos rostros que, esta vez, sí resuelvan sus problemas. Sin mucho qué decir, la alcaldía de Lima todavía se debate, aunque cada vez con un menor margen de remontada, entre los candidatos Francis Allison y Rafael López Aliaga. En este clima electoral y al margen de nuestras preferencias y preocupaciones en Lima, algo que no debe pasar desapercibido y a lo que debemos prestarle mucha atención es a la elección de Verónika Mendoza como gobernadora en Cuzco.
Mendoza no representa a quienes quiere representar. Verónika Mendoza ha sido asociada y es, indefectiblemente, la candidata de las élites progresistas de izquierda. Las últimas elecciones en las que Mendoza participó sus votos no pasaron del 10% en regiones, salvo Cuzco y en el extranjero en donde obtuvo el 20% y el 17% respectivamente. En Lima obtuvo 333,000 votos. En definitiva, la popularidad de Mendoza se reduce a la capital y, me atrevería a mencionar, que tal vez a los sectores más educados y a las élites progresistas de provincias. Verónika es la candidata del progresismo woke, postmoderno y luchador de la justicia social que quiere representar a una población que no se preocupa por cantar himnos feministas contra el patriarcado, por luchar contra la apropiación cultural o por hablar en lenguaje inclusivo, sino por tener trabajo para sustentar su día a día.
Su estrategia es conectar con el Perú profundo. Haber optado por el perfil bajo y casi desaparecer en las elecciones del 2026 fue solo el primer paso de su estrategia. Ceder la candidatura al radical de Vicente Alanoca fue una maniobra para marcar distancia entre su archienemiga Keiko Fujimori, quien intentó la presidencia en múltiples ocasiones sin éxito, y la retrataba como una política capaz de entender el clamor popular. No obstante, en realidad, Mendoza urdía una estrategia para dejar de ser la rockstar de la Lima izquierdista: apuntaba al gobierno regional de Cusco. Ahora que ha aprovechado sus contactos y popularidad en la ciudad imperial para ganar, Mendoza podrá emplear su cargo como plataforma política para visibilizarse en el interior del país.
Si bien parece que, de ser electos Fernando Orihuela en Junín, Elvyn Díaz Tello en Apurímac y Simón Horna Alpaca en Madre de Dios, estos dos últimos de Ahora Nación, no contaría con aliados antimineros radicales, pues los tres se han promocionado como reguladores de la minería ilegal o afines a estrategias de diálogo, Mendoza igual podría aprovechar los siete conflictos socioambientales activos, según la Defensoría del Pueblo, y canalizar el descontento popular en un frente contra el gobierno de Keiko Fujimori. De esta manera, se hará visible ante personas con las que desde Lima jamás conectaría con un discurso progresista. Va a usar los recursos del Estado para hacer campaña para el 2031 desde ya y promocionarse como una luchadora social de verdad y no la progresista de salón.
La estrategia de Mendoza ha sido inteligente. Es una buena estrategia para los antisistemas, progres y wokes de izquierda, pero peligrosa para la estabilidad del país. Su perfil político siempre la ha obligado a sobreponer sus afinidades izquierdistas antes que el bienestar del país. Esto se ha visto en sus alianzas contranatura, pues siendo tan progresista y feminista no ha dudado en entablar lazos con otros líderes de izquierda con ideas conservadoras, machistas, religiosas e incluso antiLGBT, entre ellos Vladimir Cerrón, Pedro Castillo, Gregorio Santos o Marco Arana. Si Mendoza ha estado dispuesta a traicionar sus ideales caviares para obtener el poder políticos, nada nos asegura que ahora no vaya a paralizar inversiones, tratar de azuzar a la población, ganarse su favor con un discurso antilimeño y exacerbar las diferencias sociales de nuestro país para crear su tan anhelado frente amplio con el cual exaltar el existente descontento regional y tener en vilo al Ejecutivo.
No debemos olvidar que el fenómeno de El Niño será muy agresivo este año y que con un Petroperú todavía no resanado se pueden avecinar más conflictos sociales que alimenten el descontento popular. Los huaicos y deslizamientos podrían afectar las carreteras y el comercio. Lluvias, inundaciones y sequías podrían afectar los cultivos. Si el combustible vuelve a subir y no se estabiliza, la zona selva del país podría volver a paralizarse y nuevas manifestaciones pondrían en jaque distintas ciudades del este. En un clima de emergencias sanitarias, de vivienda y de combustible, Mendoza podría alzarse como la voz de un descontento popular masivo que tiene un solo objetivo: acusar al Ejecutivo de todos los males del país y seguir con la campaña antifujimorista.
A pesar de que la movida es astuta, Mendoza deberá tener cuidado con cómo se presenta ante las comunidades andinas de profundo arraigo cristiano. Si opta por llevarles el discurso caviar de manual, hablarles con lenguaje inclusivo y fomentar políticas identitarias (infancias LGBT, asesoría trans, marchas antipatriarcales, artes revolucionarios de salón, apoyo a organizaciones pro-Palestina, etc.) en lugar de atacar problemas de mayor envergadura, podría chocar ideológicamente con sus potenciales seguidores y quedar aislada. Incluso, corre el riesgo de que sus propios aliados de Lima, quienes vayan a apoyarla al Cusco, se replieguen o terminen descontentos por las concesiones que Mendoza tendrá que hacer para contentar a las comunidades del ande.
A todo lo anterior debemos agregarle que Cusco es una de las ciudades que más dinero aporta al desarrollo económico del país debido, entre otras actividades, al turismo. Además, del canon gasífero y el canon minero que recibe. No es un gobierno regional cualquiera, es un punto estratégico del Perú y sus recursos van a estar a disposición de la administración de Mendoza. Veremos pues, cómo propone resolver las carencias de la región Cusco, la cual es mucho más grande que la ciudad imperial.
¿Podrá con la burocracia y las coordinaciones necesarias para realizar obras? ¿Mejorará la calidad de vida de las comunidades del ande o gastará el dinero en cursos en quechua, feminismo en aymara, talleres de teatro antipatriarcal, políticas veganas, educación y asesorías LGBT para “niñes”? ¿Será su propia estrategia la que termine derrotándola y sepultando sus aspiraciones presidenciales? Estemos atentos, en los próximos meses Cusco podría estar revuelto, porque no creo que Mendoza vaya a querer hablar con obras, sino, de la manera en que suelen expresarse las izquierdas, mediante el caos, la bulla y la protesta.
















COMENTARIOS