Carlos Adrianzén

Llueve sobre mojado

Sobre los efectos del fenómeno de El Niño en la economía del Perú

Llueve sobre mojado
Carlos Adrianzén
21 de octubre del 2026

 

Suele repetirse que una guerra advertida reduce sus costos. La afirmación es válida cuando se conocen con precisión las vulnerabilidades propias y se actúa oportunamente sobre ellas; pero resulta mucho menos cierta cuando tales debilidades son minimizadas o mal diagnosticadas.

Bajo esta perspectiva, cuatro elementos resultan fundamentales. Primero, mantener un monitoreo permanente del fenómeno y de sus impactos sectoriales. Segundo, evitar la repetición de los errores de gestión observados en episodios similares, particularmente la adopción de políticas fiscales y monetarias expansivas que terminaron amplificando los daños. Tercero, reconocer las capacidades efectivas del aparato estatal, especialmente en un contexto marcado por el deterioro de la gobernanza y la ejecución pública. Y cuarto, evitar caer en una lectura excesivamente optimista de la situación heredada, pues ello podría conducir a una subestimación de los riesgos, antes de que el fenómeno alcance su fase de mayor intensidad.

 

Un día antes

La información disponible a la fecha muestra que, hacia julio de 2026, la sucesión de gobiernos de izquierda de la última década le entregó al nuevo gobierno una situación económica caracterizada por el deterioro de sus sectores primarios. Se trata de una tendencia que ha quedado enmascarada por el comportamiento de la demanda interna y por el desempeño de las actividades no primarias. Esto resulta crucial porque traza la línea de base antes de que se manifiesten los efectos del fenómeno de El Niño 2026-2027.

Cualquiera sea la evolución futura de la economía peruana, los impactos atribuibles a este episodio de El Niño deberán evaluarse con cautela. Ello implica distinguir entre los efectos de las alteraciones climáticas e hídricas; de los desajustes fiscales y monetarios que suelen acompañar y amplificar este tipo de eventos; y de las tendencias económicas gestadas por administraciones previas. 

Dicho de otro modo, si durante los próximos meses determinados sectores productivos experimentan la severa profundización de su deterioro, no toda desaceleración podrá atribuirse al fenómeno climático. Una parte importante de ella podría corresponder, simplemente, a la prolongación de una trayectoria instalada. La pregunta, entonces, resulta inevitable: ¿cuál es exactamente la herencia macroeconómica que recibe la nueva administración?

La primera figura muestra que el crecimiento del PBI exhibe una tendencia descendente durante prácticamente todo el período julio 2025-julio 2026. El crecimiento anualizado del producto pasa de aproximadamente 3,71% en julio de 2025 a 3,29% en julio de 2026, registrando una pérdida cercana a medio punto porcentual en términos anualizados. Aunque la desaceleración –pre fenómeno de El Niño– no llega a ser abrupta, sí revela una clara erosión del dinamismo. Lo sugestivo aquí implica que esta pérdida de velocidad ocurre antes de que los impactos más severos del fenómeno comiencen a afectar los sectores más sensibles.

Desde una perspectiva de política económica, esto implica que la nueva administración recibe una economía que ya mostraba síntomas de enfriamiento Y que estos se concentraban en la evolución de los sectores primarios. 

La explicación de esto implica quebrar una creencia. Con el cambio de rumbo ideológico posterior al segundo gobierno de Alan García, la administración arbitraria del tipo de cambio, la rampante falta de orden público, el incumplimiento masivo de la Ley, lo corrupto de sus burocracias y hasta su incuestionable hostilidad regulatoria hacia sectores mineros, pesqueros o agropecuarios –desde los tiempos de Humala hasta los de Balcázar– nos pasaban la factura.

La segunda figura permite identificar el origen de la desaceleración. Mientras el PBI no primario acelera continuamente hasta alcanzar aproximadamente 4,36% anualizado en julio de 2026, el PBI primario experimenta una caída persistente que culmina en una tasa negativa de -0,49%. Esta divergencia resulta clave hoy porque revela que, la desaceleración agregada no proviene de una contracción generalizada. Que se encuentra concentrado en las actividades ligadas a recursos naturales; y que el crecimiento de servicios, comercio, construcción -y otras actividades urbanas- no logra compensar el debilitamiento del sector primario. Recordemos aquí que para nuestros amigos progres las exportaciones de agricultores, pesqueros o mineros deben ser castigadas. Irónicamente porque se asocian a la reducción de la incidencia de la pobreza en sus áreas de influencia.

En otras palabras, la economía peruana llega a julio de 2026 con una fractura productiva visible: los sectores vinculados a la extracción y aprovechamiento de recursos naturales ya se encuentran deteriorándose previamente. Este hecho adquiere especial relevancia debido a que agricultura, pesca, hidrocarburos y parte importante de la actividad minera, son precisamente los sectores históricamente más vulnerables a perturbaciones hidrológicas y oceánicas asociadas a eventos como El Niño. Llovería sobre mojado.

Esta evolución descubre otro detalle: la fingida fortaleza de la demanda interna.

La tercera figura expone una notable contradicción macroeconómica. Mientras el crecimiento del PBI primario se desploma desde niveles cercanos al 5% hasta terreno negativo, la demanda interna mantiene tasas de expansión superiores al 5,5% durante todo el período y alcanza incluso valores cercanos al 6,2%.

Sin embargo, esta configuración descubre vulnerabilidades. Una economía puede sostener temporalmente una demanda interna robusta incluso cuando algunos sectores productivos se debilitan. No obstante, cuando la fuente del deterioro se concentra en actividades proveedoras de materias primas, alimentos, energía y divisas, el margen para sostener dicha divergencia suele ser limitado. Por ello, la figura puede interpretarse como una advertencia temprana: la fortaleza observada en la demanda interna podría resultar más frágil de lo que sugieren los indicadores agregados.

Si sobre este cuadro enfocamos la situación inmediatamente anterior a El Niño, otras sorpresas aparecen.

La cuarta figura resulta particularmente importante porque ofrece una fotografía de la línea de base heredada por el nuevo gobierno antes de que se materialicen los impactos más severos del fenómeno climático. Y esto dibuja un cuadro bastante preocupante. 

La pesca ya presenta una contracción extraordinaria superior al 20%, mientras hidrocarburos y procesamiento de recursos primarios también se encuentran claramente en terreno negativo. La agricultura aún exhibe crecimiento positivo, pero extremadamente reducido, y la minería metálica prácticamente se encuentra estancada. Por tanto, los sectores más expuestos a perturbaciones climáticas y oceánicas son precisamente aquellos que ya mostrarían debilidad antes de la intensificación de El Niño.

 

Aclarando el panorama

La administración entrante recibió en julio de 2026 una economía cuya trayectoria ya mostraba una desaceleración del crecimiento agregado. Esta desaceleración era observable antes de que el fenómeno El Niño 2026-2027 desplegara plenamente sus efectos. 

Este deterioro se concentra fundamentalmente en los sectores primarios, mientras que las actividades no primarias mantienen un comportamiento relativamente favorable. Lo cual genera una apariencia de normalidad que oculta debilidades –previsiblemente– cada vez más pronunciadas. Y es que dicho comportamiento coexiste con una progresiva erosión de la capacidad productiva de los sectores que obtienen rentas de los recursos naturales. Esta divergencia constituye una fuente potencial de vulnerabilidad macroeconómica. La evidencia de la cuarta y última figura indica que los primarios, ya exhibían signos de debilidad significativa a julio de 2026, precisamente los sectores más expuestos a alteraciones climáticas, hídricas y oceanográficas. 

Algo nos debe quedar muy claro hoy. Si las perturbaciones –climatológicas e hídricas– previstas se materializan con la intensidad anticipada por ciertos expertos, lo harían sobre una base ya deteriorada por errores de gestión previos -errores de manejo económico precedentes- y por el severo retroceso acumulado de la gobernanza estatal casi a todo nivel –desorden y corrupción–. Esto, a la luz de las cifras recientemente publicadas, enervaría significativamente los riesgos de una desaceleración económica adicional y generalizada. Por un periodo hoy indeterminado.

En suma, hoy la mejor salvaguardia frente a los efectos del fenómeno no radica únicamente en anticipar sus consecuencias climáticas e hidrológicas, sino también en comprender las fragilidades económicas e institucionales sobre las cuales dichas perturbaciones impactarán. 

Considerando lo anterior, no lo olvide. Si bien no conocemos con exactitud la escala con la que se presentará el fenómeno, sí sabemos que, sobre el segundo plano aludido, las cartas no estarían a nuestro favor. Tome sus precauciones.

Carlos Adrianzén
21 de octubre del 2026

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