Luis Enrique Cam
¿Por qué Santa Rosa y San Martín no están en la Plaza Mayor?
Ambos forman parte esencial de nuestra identidad nacional
Llegar a la plaza de San Pedro, en el Vaticano, es una experiencia religiosa. Tuve la oportunidad de visitarla la semana pasada, en pleno invierno europeo, y pese al frío, como católico uno siente que está llegando al calor de su propio hogar. Caminé por la Vía de la Conciliación, flanqueada por majestuosos edificios neoclásicos, hasta desembocar en la plaza y experimentar esa sensación de ser “abrazado” por las columnatas, tal como las concibió el maestro Bernini.
La plaza cuenta con dos fuentes de agua y un monumento dedicado a los inmigrantes. En el centro, frente al obelisco, el peregrino puede contemplar en los balaustres de la columnata decenas de santos que parecen alentar desde el cielo a quienes aún caminamos “en este valle de lágrimas”. La emoción espiritual se intensifica cuando, al pie del atrio de la basílica, dos imponentes estatuas de los apóstoles San Pedro y San Pablo reciben a los visitantes. Mártires en Roma y columnas de la Iglesia católica, ambos esperan de pie al peregrino, invitándolo a atravesar las grandes puertas centrales hacia el corazón de la cristiandad: la basílica de San Pedro, sede del Papa.
Al contemplar esta maravilla de la arquitectura religiosa, pensé que nuestra Plaza Mayor de Lima también podría ser adornada con dos estatuas de los santos peruanos más conocidos y venerados en el mundo, verdaderos pilares de la devoción católica de la ciudad y del país: Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres.
Ambos forman parte esencial de nuestra identidad nacional y encarnan un ejemplo luminoso de entrega a los más desvalidos. Los valores que representan —solidaridad, respeto por la naturaleza, espíritu de diálogo y convivencia entre distintos— son precisamente las virtudes que, como nación, aspiramos a promover. Santa Rosa de Lima, patrona de América y de las Filipinas, de la Policía Nacional, de las enfermeras y de los mineros, es a quien el pueblo peruano acude para encomendarle sus más diversas preocupaciones especialmente en el mes de agosto. San Martín de Porres, el santo mulato, patrono de médicos, odontólogos, barrenderos, farmacéuticos y veterinarios, permanece en la memoria colectiva como el santo que con el ejemplo de su humildad logró que el perro, el pericote y el gato —enemigos naturales— comieran juntos de un mismo plato.
¿Apoya la moción, querido lector? No se trata solo de entronizar dos estatuas, sino de reafirmar públicamente los valores que Santa Rosa y San Martín representan para Lima y para el Perú. Entonces, correspondería ahora a la Municipalidad de Lima, al Ministerio de Cultura y al Arzobispado de Lima dialogar y convertir este anhelo en un símbolo visible de nuestra identidad y de nuestra historia. Tal vez pueda ser oportuna su colocación ante la inminente visita del Papa León XIV al Perú este 2026.
















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