Maria del Pilar Tello
El despertar de una alternativa humanista
América Latina tiene la oportunidad de articularse con los BRICS y la Unión Europea
En el reciente Foro de Davos los discursos del presidente de Estados Unidos, Donald Trump; del presidente francés Emmanuel Macron; y del primer ministro canadiense expresan que el orden global posterior a la Guerra Fría entra en crisis. Y más aún, revelan tres formas distintas de concebir el poder, la soberanía y el rol de la tecnología.
Donald Trump ha sido explícito: su poder no reconoce límites externos, ni institucionales ni jurídicos. En sus palabras, el único freno a la acción presidencial es su moral personal. Esta visión rompe con el constitucionalismo liberal, relativiza el derecho internacional y convierte la política exterior en un ejercicio de fuerza y arbitrariedad. La tecnología, en este marco, es un instrumento de dominación económica, geopolítica y cognitiva, al servicio de intereses privados concentrados.
Emmanuel Macron, en contraste, defiende una Europa que no se somete ni a la hegemonía estadounidense ni al modelo autoritario chino. Su discurso insiste en la soberanía estratégica europea, en la regulación de la inteligencia artificial y en la protección de derechos fundamentales. Pero Europa aún enfrenta tensiones internas y límites estructurales que dificultan consolidar una alternativa plenamente autónoma.
Más disruptivo aun ha sido el mensaje canadiense en Davos: la ruptura explícita de cadenas de dependencia y la denuncia del falso multilateralismo que beneficia a unos pocos. Este discurso abre la puerta a una reconfiguración del orden mundial, basada en cooperación real, diversificación de alianzas y defensa de la autonomía democrática.
En este contexto cobra especial relevancia el debate sobre los BRICS. Este bloque, presidido actualmente por Brasil, introduce dos conceptos clave: soberanía digital y soberanía digital popular. La primera remite al control estatal de infraestructuras y flujos digitales; la segunda, aun más importante, apunta a reconocer al pueblo como titular originario de los datos.
Aquí emerge una oportunidad histórica. La soberanía digital popular, correctamente entendida, solo puede consolidarse si se reconoce la propiedad de los datos de las personas y de la comunidad política. Sin ello, existe el riesgo de que el poder tecnopolítico, derive en nuevas formas de autoritarismo estatales o corporativas.
América Latina tiene ante sí la oportunidad de articularse con los BRICS y con la Unión Europea para construir un tercer espacio humanista, democrático y regulado, que evite quedar atrapado entre la arbitrariedad estadounidense y el control tecnocrático chino. La clave está en comprender que el verdadero poder reside en los datos y en los algoritmos, y que solo una sociedad consciente, ilustrada y jurídicamente protegida puede impedir que ese poder se vuelva contra la humanidad.
















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