Guillermo De Vivanco

La verdad de las mentiras

Relato político, responsabilidad y autoengaño

La verdad de las mentiras
Guillermo De Vivanco
11 de febrero del 2026

 

El Perú no sufrió un conflicto armado interno, se nos dice; fue, más bien, el ataque de una banda de asesinos. Así se intentó reescribir la historia. “Vargas Llosa despedirá a un millón de trabajadores”, advertían imágenes apocalípticas que cerraron una campaña marcada por el miedo. “Ramírez es narcotraficante y financista de Keiko”, se afirmó con oportunismo político una semana antes de las elecciones, con amplio despliegue mediático. “El balón de gas costará 12 soles”, vociferaba Humala mientras cambiaba su polo rojo. “Las agendas no son mías”, negaba con énfasis Nadine Heredia, pese a los registros manuscritos de millonarias donaciones extranjeras. “Soy la reencarnación de Pachacútec y mi bandera es la anticorrupción”, clamaba Toledo, hoy sentenciado, rodeado de periodistas y excongresistas.

“Mi suegra es millonaria por compensaciones históricas o por haber enviudado de hombres ricos; no sé quién es Ecoteva”, decía quien afirmaba no huir y dar la cara, salvo ante la fiscalía, donde invocaba su derecho al silencio. “No se metan con mi cholo, que es sagrado”, proclamaba su cómplice hoy prófuga. “No he recibido coimas”, declaraba otro expresidente, aun cuando su entorno empresarial y societario aparecía comprometido en graves irregularidades. El “lagarto” regresó de Brasil para defender a operadores políticos disfrazados de fiscales. Se vacunó en secreto, mientras el país se desangraba: más de 200 mil peruanos murieron sin oxígeno ni vacunas. Luego, sus operadores forzaron el cierre del Congreso, con respaldo castrense, aval institucional y el aplauso de una prensa complaciente. La colusión fue probada y terminó en prisión.

Castillo resultó ser lo que negó: un gobernante informal que despachaba desde una vivienda paralela, rodeado de ministros hoy prófugos, sobornos empresariales y pagos indebidos por ascensos militares. Afirma no haber hecho lo que hizo y alega episodios de amnesia. La señora presidenta exhibió relojes de lujo, primero como fruto de su trabajo y luego como préstamos oportunamente recordados. El joven encargado de la transición se reunió encapuchado con un empresario gastronómico ligado a contratos estatales, supuestamente para hablar del Día de la Amistad. Visitantes nocturnas en Palacio terminaron contratadas por el gobierno, aunque —según se afirma— nadie sabía nada. Otro político, antiguo socio de Toledo, se disfrazó de líder ancestral y prometió barrer la corrupción, orgulloso de haberse definido como facilitador de un contrato emblemático de infraestructura.

Para la izquierda, sin embargo, la derecha es siempre la que gobierna. ¿Dina Boluarte, vicepresidenta de Castillo, es de derecha? ¿Perú Libre lo es? ¿Lo es Cerrón? ¿Humala, Toledo o Sagasti representan a la derecha? ¿Cuántos años más se intentará sacudir el fracaso político del comunismo, responsable de decenas de millones de muertes bajo regímenes idolatrados, o de más de 60 mil civiles asesinados por el terrorismo en el Perú? “La izquierda necesita pobreza”, afirmó Fidel Castro a Hugo Chávez, “solo así se pueden aplicar políticas asistencialistas”. En Venezuela, millones se inscribieron para recibir subsidios alimentarios; en Brasil, bajo Lula, fueron decenas de millones.

Asistir a familias en extrema pobreza no es, en sí mismo, condenable. El problema surge cuando esas políticas no premian la meritocracia ni la creatividad en un entorno de libertad. El resultado es el empobrecimiento estructural y la dependencia crónica, convertida en clientelismo y en instrumento de chantaje político. ¿Deben votar quienes son mantenidos deliberadamente en esa condición?

El giro hacia la libertad es una tendencia mundial, no solo latinoamericana. Las premisas de la izquierda se erosionan con cada gobierno que intenta aplicarlas. Una de sus más recurrentes sostiene que toda desigualdad es injusta. La afirmación parece compasiva, pero es falaz. Las sociedades libres generan desigualdad porque los seres humanos no somos idénticos en talento, esfuerzo ni disposición al riesgo. Confundir desigualdad con injusticia sirve para justificar la nivelación hacia abajo. El dilema entre mercado y Estado ya fue vivido; pretender la superioridad absoluta del Estado es una falacia histórica.

El mercado falla, sin duda, pero el Estado también, con la diferencia de que cuando este último falla arrastra a millones y su burocracia se blinda frente a la rendición de cuentas. Las sociedades más prósperas y con mayor bienestar han surgido donde la libertad y la inclusión han florecido. No existe un solo país comunista que sirva como ejemplo exitoso de reducción de pobreza y generación de riqueza. Los argumentos contra el liberalismo abundan en adjetivos y escasean en datos. Se teme a la estadística, a la economía y a las matemáticas, pero se recurre con facilidad a la descalificación: “fachos”, “neoliberales”, “poderosos”, “privilegiados”.

Con la historia reciente de los procesos electorales en el Perú y el papel desempeñado por las encuestadoras, el país se hace un daño profundo al no identificar al verdadero adversario. Cada ataque entre candidatos de derecha es celebrado por los postulantes de izquierda, que observan, expectantes, cómo sus rivales se desgastan solos.

Guillermo De Vivanco
11 de febrero del 2026

NOTICIAS RELACIONADAS >

El mal menor

Columnas

El mal menor

  El título de este artículo remite al libro de Mi...

22 de enero
Lágrimas de cocodrilo

Columnas

Lágrimas de cocodrilo

  La preparación de una acusación formal contra Ni...

06 de enero
La estulticia electoral

Columnas

La estulticia electoral

  Carlo María Cipolla fue un historiador italiano que esc...

15 de diciembre

COMENTARIOS