Pablo Revilla

El precio de la libertad

Cuando las guerras lejanas afectan nuestros bolsillos

El precio de la libertad
Pablo Revilla
03 de septiembre del 2026

 

Una guerra puede librarse a miles de kilómetros y, sin embargo, terminar reflejándose en la boleta del supermercado, el recibo de la luz o el precio de la gasolina. Basta que un conflicto cierre una ruta marítima, amenace el suministro de petróleo o interrumpa una cadena de producción para que sus consecuencias lleguen hasta nuestra vida cotidiana. En un mundo profundamente interconectado, las guerras ya no son verdaderamente lejanas: la economía mundial funciona como un sistema nervioso en el que un golpe en un extremo se transmite al resto del cuerpo. Y entonces surge una pregunta tan legítima como incómoda: ¿por qué debemos pagar nosotros por los conflictos que ocurren al otro lado del planeta? 

El Derecho Internacional contemporáneo surgió, también, para impedir que la guerra volviera a convertirse en un instrumento de la política estatal. Desde 1945, la Carta de las Naciones Unidas consagra la prohibición del uso de la fuerza y obliga a resolver pacíficamente las controversias, pero ese mismo orden jurídico parte de una verdad incómoda: la paz no se sostiene únicamente sobre buenas intenciones. Por ello, reconoce el derecho inmanente de legítima defensa y establece mecanismos de seguridad colectiva. El Derecho Internacional procura evitar la guerra, pero no exige que la libertad, la soberanía o la seguridad sean sacrificadas en nombre de una paz aparente. No es, por tanto, un ideal ingenuo, sino un orden que busca conciliar la aspiración universal de paz con la necesidad de que los Estados estén en condiciones de preservar su existencia, independencia y seguridad.

Es fácil defender la paz y la libertad cuando no cuestan nada. La verdadera pregunta aparece cuando preservarlas exige sacrificios, como pagar más por la energía, soportar alteraciones en el comercio, destinar mayores recursos a la defensa o aceptar que determinadas decisiones internacionales tengan consecuencias sobre nuestra economía. En ese momento, la cuestión deja de ser únicamente por qué debemos asumir el costo de conflictos que ocurren lejos de nuestras fronteras y pasa a ser qué precio estaríamos dispuestos a pagar para preservar nuestra libertad y seguridad. Existe además la peligrosa tentación de creer que basta con mantenerse al margen para permanecer a salvo.

La historia demuestra que la indiferencia, la debilidad y la renuncia anticipada a defender aquello en lo que creemos no siempre compran la paz; muchas veces simplemente postergan el momento de pagar un precio mayor. Incluso la neutralidad, que puede parecer la opción más prudente y menos costosa, tiene un precio. En determinadas circunstancias, mantenerse al margen frente a aquello que amenaza la libertad y el orden internacional puede terminar siendo mucho más costoso.

La libertad nunca ha significado ausencia de deberes ni la paz mera comodidad. Una sociedad libre se sostiene sobre valores como la patria, la soberanía, la familia, la propiedad, el respeto de libertades fundamentales, educar a nuestros hijos, elegir democráticamente a los gobiernan, etc. Preservar esa forma de vida exige responsabilidad y sacrificio. También requiere Estados fuertes, con instituciones sólidas, Fuerzas Armadas profesionales y alianzas que permitan disuadir amenazas. La fortaleza, por tanto, no significa buscar la guerra, sino estar preparados para evitarla y, cuando resulte inevitable, afrontarla. La debilidad estatal aparece cuando una nación carece de capacidad o voluntad para defenderse y termina permitiendo que otros poderes, que pretenden imponer su visión dogmática del mundo, decidan sobre su territorio, su forma de vida o su futuro.

Cuando una guerra lejana encarece el combustible, complica el comercio o exige destinar más recursos a la defensa nacional, es lógico preguntarse por qué tenemos que cargar con esos costos. Los gobiernos deben explicarlos y manejarlos con responsabilidad, pero nuestra reflexión no debería quedarse solo en lo que afecta al bolsillo. La libertad siempre tiene un precio y, en distintos momentos de la historia, preservarla ha significado sacrificios mucho mayores que pagar más por algunos productos o renunciar por un tiempo a ciertas comodidades.

La paz debe seguir siendo siempre la meta, pero no puede alcanzarse a costa de aquello que justamente buscamos proteger. La historia nos recuerda que la libertad nunca fue gratuita y que cada generación ha tenido que defenderla de una manera distinta. A la nuestra también le toca hacerlo. La libertad cuesta, sí, pero renunciar a ella siempre termina costando mucho más, porque perderla no solo afecta nuestra forma de vivir, sino que puede terminar arrebatándonos lo que somos.

Pablo Revilla
03 de septiembre del 2026

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