Mariana de los Ríos
DTF St. Louis: una comedia negra sobre la incomunicación
Crítica de una se las series ganadoras de los Premios Emmy 2026
Hace unos días se entregaron los premios Emmy 2026 –los “Oscar” de la televisión y el streaming mundial–, en una ceremonia que se realizó en el Teatro Peacock, en Los Ángeles (Estados Unidos). Hubo tres grandes series ganadoras: The Pitt, como Mejor Serie Dramática, Widow’s Bay como Mejor Serie de Comedia y DTF St. Louis como mejor miniserie. Sorpresivamente esta última categoría está consagrando en años recientes a series que se convirtieron en verdaderos fenómenos culturales, como Adolescencia (2025) y Bebé reno (2024). Y en esa línea, de muy alta calidad y originalidad, está DTF St. Louis, una serie creada y dirigida por Steven Conrad (Florida, 1968).
A primera vista, DTF St. Louis parece una comedia negra sobre la frustración matrimonial, la infidelidad y las miserias sentimentales de personas atrapadas en una vida suburbana. Después aparece un muerto y la serie adquiere incluso las formas de un thriller. Sin embargo, su verdadero tema es otro: la dificultad de los seres humanos para comprender lo que los demás intentan comunicarles. Porque aquí todos los personajes no dejan de comunicarse. Hablan, se miran, se desean, se engañan, tienen relaciones sexuales, observan a escondidas y hasta recurren al lenguaje de señas. El problema es que se comunican constantemente mediante códigos que los otros interpretan mal.
Floyd Smernic, el protagonista de la serie –interpretado por David Harbour–, encarna esta paradoja de manera extraordinaria. Es intérprete de lenguaje de señas y, por tanto, profesionalmente dedicado a hacer posible la comunicación entre personas que no pueden comunicarse directamente. Pero en su propia vida fracasa precisamente en aquello que constituye su oficio. Floyd tiene enormes dificultades para expresar sus necesidades afectivas, para comprender la naturaleza de su matrimonio y, sobre todo, para establecer con los demás la intimidad que desesperadamente busca.
Por eso resulta tan significativa su utilización del lenguaje de señas incluso con personas que pueden hablar. No se trata simplemente de una característica peculiar del personaje. Las señas se convierten en otra forma de intimidad, un código que puede decir cosas que el lenguaje hablado parece incapaz de expresar. La escena en que Floyd le comunica a su amigo Clark (interpretado por Jason Bateman) que sabe que mantiene relaciones con su esposa es emblemática. Podría enfrentarlo verbalmente, pero elige las señas. Clark entiende perfectamente lo que está diciendo. Entre ambos se establece así una comunicación más directa y perturbadora que cualquier conversación convencional.
Carol (Linda Cardellini), por su parte, es durante buena parte de la serie el personaje que menos simpatía despierta. No parece valorar a Floyd, manipula a Clark hasta convertirlo en su amante y se interpone en la amistad entre los dos hombres. Sin embargo, reducirla a la condición de villana sería perder una de las complejidades de la serie. Carol es, paradójicamente, uno de los personajes que mejor expresa sus deseos mediante la acción. Mientras Floyd y Clark permanecen atrapados en sus confusiones emocionales, ella actúa, seduce y toma decisiones. Pero tampoco consigue comunicarse realmente con quienes la rodean. Sus actos dicen mucho, aunque los demás no necesariamente entiendan aquello que está diciendo con ellos.
El tono general de la serie oscila entre la comedia incómoda y el drama contenido, un equilibrio arriesgado que la serie no siempre sostiene. Algunos episodios centrales bajan el ritmo cuando insisten demasiado en subrayar su propia premisa —la comunicación fallida— en lugar de dejar que las escenas hablen por sí mismas. Ahí el guion se vuelve más explicativo, y la fotografía, generalmente sobria y de paleta apagada (grises, beige, luces de suburbio), no siempre logra compensar esa redundancia narrativa. Y si bien el montaje general es ágil, en el tramo final la serie cede a cierta ansiedad por resolver la trama criminal, sacrificando parte del tono ligero que había construido.
Un acierto adicional es la subtrama del hijo de Carol, cuya manera de vincularse con el mundo remite al espectro autista. La serie evita el golpe fácil de la lección moral: no convierte al personaje en metáfora explicativa del resto, sino en otra variación del mismo problema —códigos distintos que los adultos no saben leer—, resuelta con una actuación infantil medida, sin golpes de efecto sentimental.
DTF St. Louis no inventa el tema del malentendido conyugal, pero sí encuentra una forma original y convincente para narrarlo: manos que hablan, miradas que sustituyen confesiones, cuerpos que dicen lo que las palabras no logran. Cuando confía en esos recursos, la serie es genuinamente incisiva.
DTF St Louis se puede ver en HBO
















COMENTARIOS