El excandidato Jorge Nieto, del llamado Partido del Buen Gobierno, pre...
Con la proclamación de Keiko Fujimori como presidenta de la República, como se dice, todo queda listo para el relevo del poder el 28 de julio, en medio de una transición ordenada que sorprende a tirios y troyanos, sobre todo considerando las turbulencias políticas de la última década. Sin embargo, los desafíos de la nueva administración se vuelven dramáticos: enfrentar la destrucción que desatara el fenómeno de El Niño, contener el desborde de la ola criminal y relanzar el crecimiento para desarrollar una ofensiva en contra de la pobreza.
A nuestro entender, a diferencia de las especulaciones de la mayoría de los observadores, la legitimidad de la nueva administración –un concepto cajón de sastre que se utiliza para envolver diversas estrategias políticas– durante la primera etapa del gobierno está garantizada por el evidente contraste que causará el estilo de gobierno de la presidenta Fujimori. ¿A qué nos referimos? El Perú contemplará a una mandataria visitando los pueblos devastados por un eventual Niño y, en el terreno, ordenando la movilización de las instituciones y recursos del Estado para mitigar los desastres. E, igualmente, observaremos a una jefe de Estado acompañando las operaciones de las fuerzas de seguridad en el objetivo de contener y derrotar en la ola criminal.
A pesar del abandono de las funciones del Estado en la prevención de El Niño, por ejemplo, la voluntad de la presidenta cambiará el escenario de la llamada legitimidad. Y la ciudadanía entenderá que una década de imprevisión y frivolidad deben compararse con la voluntad de la mandataria de solucionar y enfrentar los problemas. En este contexto, no sería nada extraño que la popularidad de la mandataria se dispare.
En otras palabras, existe la posibilidad de un escenario radicalmente diferente al que especulan la mayoría de los observadores. ¿O no?
Sin embargo, una cosa es el contraste del nuevo estilo con la década pasada y otra diferente el mediano y largo plazo en donde cuentan los resultados. Y una de las claves de un escenario exitoso radica en la posibilidad de que la nueva administración desarrolle una clara alianza entre pobres, ricos y el Estado para resolver todos los problemas acumulados en deficiencias de servicios públicos. En el Perú siguen existiendo 3.5 millones de peruanos sin agua potable, a pesar de que en el último lustro los gobiernos subnacionales (regiones y municipios) han gastado tres veces la cantidad necesaria para resolver este grave problema social que, en gran parte explica, la pobreza, la exclusión y el déficit de servicios públicos.
La riqueza nacional que produce el sector privado –es decir, las empresas mineras, agroexportadoras, pesqueras, entre otras–, y que se paga a través de impuestos, no se convierte en agua potable para los excluidos. En la medida que de cada tres soles de inversión pública dos se ejecutan mediante los gobiernos subnacionales, la descentralización se ha convertido en un espacio de saqueo de la riqueza nacional que produce el sector privado. Hoy existen cerca de 80,000 obras paralizadas en las regiones.
He allí la clave del éxito del nuevo gobierno en el mediano y largo plazo. Los logros en enfrentar las destrucciones del Niño, los avances en la contención y la derrota de la ola criminal y el relanzamiento del crecimiento se convertirán en una victoria duradera si el nuevo gobierno logra transformar la riqueza nacional que produce el sector privado en servicios para los excluidos.
¿Por qué nos atrevemos a especular de esta manera? Solo basta contemplar el estilo de hacer política de la nueva jefe de Estado, un estilo alejado de los salones cortesanos que prioriza la relación de abajo hacia arriba para avizorar que este escenario es absolutamente posible.
Algo más. Si se lograra materializar una alianza entre pobres y ricos en el país, entonces estaremos pavimentando un camino rápido al desarrollo y estaremos superando la polarización entre sistema y antisistema que ha caracterizado a la última década.
Finalmente vale recordar que la única manera de crear una sociedad más justa, de expandir las clases medias, es mediante una alianza entre pobres y ricos, tal como lo han soñado todos los teóricos del republicanismo y la libertad en Occidente, antes de la llegada del viejo Marx y la momia intelectual de la lucha de clases.
















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