Dante Bobadilla

Yo, el Supremo

Vizcarra pretende sojuzgar al Legislativo para imponer sus reformas políticas

Yo, el Supremo
Dante Bobadilla
29 de mayo del 2019

 

Martín Vizcarra es otro caso típico de gobernante latinoamericano, andino y caribeño, que algunos autores han plasmado en la literatura clásica, pasando del realismo mágico al delirio extravagante. Vizcarra sufre el mal de altura que produce el poder en los mediocres. Ya es evidente que su personalidad ha sufrido los estragos de una experiencia imprevista. Nunca pensó tener tanto poder sin mérito alguno. Lo obtuvo por pura casualidad. Hoy tenemos en Palacio de Gobierno a un presidente con ínfulas de dictador, que cree tener una misión divina que cumplir: luchar contra el mal, derrotar a los impíos y refundar una nación.

Vizcarra ya es un dictador que detenta el mando supremo de las FF.AA., preside la reforma de la justicia y pretende sojuzgar al Legislativo imponiendo sus reformas políticas. No quiere oposición. Todo el que se oponga a sus designios se convierte en un traidor a la patria. Ya ha demostrado carecer de escrúpulos. Traicionó a su propia gente para colocarse la banda presidencial, no tuvo reparos para entrometerse en los líos del Ministerio Público y engaña sin rubor a la gente con su pose de luchador anticorrupción y su pretendida refundación de la democracia. Incluso quiere cerrar el Congreso apelando a leguleyadas. Al final, Vizcarra no es más que otro borrachito de poder, de esos que ya hemos visto pasar tantas veces aquí y en nuestro vecindario, sin pena ni gloria. Y su destino será muy probablemente la cárcel.

No hay nada nuevo bajo el Sol. El Perú es un circo al revés, donde cambian a los payasos, pero sigue la misma función año tras año. Hace 18 años que nos hundimos en la miasma del antifujimorismo patológico y degradante. Y hoy seguimos girando en ese torbellino gracias a estos enfermos de odio, que mediante toda clase de mentiras y patrañas pretenden imponerse como los únicos dueños de la verdad y la moral. Ya ni siquiera importa su discurso. Todo lo que dicen son mentiras disfrazadas de verdad. Son expertos en difamación y en sátira humillante, capos en convertir a sus enemigos en “acusados de” y en “investigados por”. ¿Qué justicia puede haber si los acusadores son agentes de la mafia oenegera e instrumentos de la vendetta, si los medios están comprados por el poder y coludidos con sus tretas, si los periodistas han sido reclutados no por sus méritos, sino por sus odios al fujimorismo?

Todavía tenemos a esta plaga de luchadores anticorrupción que encumbraron a los más grandes corruptos de la historia mientras combatían al fujimorismo. Ahora vemos el patético espectáculo de los que ayer marchaban indignados por la democracia interrumpida el 5 de abril de 1992, pidiendo el cierre del Congreso con total desparpajo. Los mismos colectores de izquierda que marchaban contra Keiko ahora cambian de pancartas y de consignas. Ya no llevan el retrato de Abimael Guzmán, sino el de José Domingo Pérez. Esa es la escoria social que pretende darnos lecciones de moral, decencia política y democracia.

Acá no hay cuento que valga. No se trata de salvar a la patria de algún mal, como ocurrió en 1992. Ahora solo se trata de afán desmedido de poder por parte de una mafia enquistada en el Estado, que no quiere perder sus privilegios y no va a permitir que el fujimorismo renazca. A este Congreso le declararon la guerra desde el principio. Su suerte estaba echada. Era cuestión de tiempo. Al fiscal Pedro Chávarry lo pusieron en la mira apenas se supo que iban a nombrarlo Fiscal de la Nación. Todo lo que le inventaron luego para sacarlo fue pura patraña. La mafia caviar no quería perder el control del Ministerio Público. Eso es todo.

Lo más asqueante de todo este triste espectáculo de la política peruana es ver a un Vizcarra bipolar, que mientras se llena la boca con discursos de fortalecimiento de la democracia y otras boberías por el estilo, que son puro floro, hace exactamente lo contrario. En los hechos Vizcarra ha destruido la democracia y la institucionalidad que ya parecía consolidada en el país. Pasará a la historia como un felón que nos hizo perder el tren de la historia. Si el Perú iba cuesta abajo, ahora estamos a un paso del barranco. Volveremos a los ochenta.

 

Dante Bobadilla
29 de mayo del 2019

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