Alejandro Arestegui

María también

Sobre las secuelas de la revolución Islámica en Irán

María también
Alejandro Arestegui
16 de enero del 2026

 

El inicio de año se vio marcado por intensas protestas en la autoproclamada República Islámica de Irán. Esta suerte de teocracia centralista fuertemente totalitaria lleva en el poder desde 1979 y se ha mantenido firme a pesar de los diferentes sucesos históricos y cambios de poder en la región. Sin embargo, esto puede llegar a su fin este mismo año. Lamentablemente los medios de comunicación occidentales demuestran una vez más su incompetencia al desinformar acerca de los sucesos acaecidos en Irán. Algunos medios tergiversan los pocos testimonios recibidos, otros simplemente han callado y no informan nada al respecto; por otro lado, una tercera posición en los medios se limita a querer acomodar las protestas a sus agendas ideológicas. Pero el tema va mucho más allá. Exploremos un poco el porqué y las secuelas que generó la revolución islámica.

El título de esta columna es una canción de la banda estadounidense Khruangbin. A pesar de que el título de esta obra está en español, el videoclip de la canción “María también” está dedicado explícitamente a rendir tributo a las numerosas artistas mujeres persas que de un momento a otro fueron silenciadas por el régimen islámico. En el videoclip de “María también” se puede apreciar transmisiones televisivas de presentaciones de artistas iraníes como Googoosh, Shohreh Solati, Neli, Aki Banayi, Nooshafarin, Nasrein o Leila Forouhar. En los segundos finales del videoclip los operadores de televisión proceden a la censura, eliminando de la transmisión a dichas artistas, simbolizando así el fin de la creatividad y la libertad de expresión en Irán. Muchas de ellas murieron en el exilio o simplemente pasaron al ostracismo y a la clandestinidad.

Por lo expuesto anteriormente el tema va más allá de un vulgar feminismo, es un tema cultural que involucra a todo el pueblo persa. La Revolución islámica que triunfó en febrero de 1979 fue más que un derrocamiento de la monarquía, fue un cambio total y radical, que trastocó toda la sociedad iraní para los próximos 50 años. La progresiva occidentalización y modernización del país llevada a cabo durante la dinastía Pahlavi se vio truncada de golpe por esta Revolución llevada a cabo en complicidad por un grupo muy heterogéneo de ideologías. Muchos en occidente creen que simplemente el clero chií duodecimal se rebeló contra el gobierno del Shah y su cercanía a Washington, pero lo cierto es que a este grupo de religiosos extremistas fueron secundados por grupos socialistas, comunistas, anarquistas e incluso nacionalistas étnicos, teniendo de apoyo logístico de la Unión Soviética. El objetivo final de este complot para derrocar a la monarquía iraní era convertir a Persia en un estado socialista y evitar una nueva invasión para los soviéticos (que acababan de intervenir en Afganistán).

Para mala suerte de los comunistas los cálculos políticos no les resultaron; y una vez instaurada la Revolución se produjeron purgas masivas, donde la teocracia chiíta comenzó a eliminar a todos los grupos que otrora fueron sus aliados. Otro suceso que produjo una cicatriz inmensa de la sociedad iraní posterior a la Revolución fue la violenta y repentina invasión militar por parte del Irak de Sadam Husein. Este sería uno de los conflictos más sangrientos de la región y fue un total desperdicio de recursos y de vidas humanas. La guerra entre Irak en Irán que duró de 1980 a 1988 ayudó a consolidar a la tecnocracia iraní; y a pesar de que su líder, el ayatolá Jomeini falleció un año después terminada la guerra, el régimen ya se había asentado y comenzado su régimen de opresión.

Para aquellos que dicen que esta es una guerra de liberación de las mujeres, están muy alejados de la realidad. El régimen controla y oprime no solamente a las mujeres sino a todos los habitantes que viven en Irán. A pesar de ser un régimen teocrático, su estructura estatal es más similar a la de un régimen socialista que al de una monarquía árabe del golfo pérsico. Para comenzar, es un país altamente militarizado, donde la casta militar se ha enriquecido notablemente en detrimento del resto de la población. Por otra parte, el clero no solamente tiene a disposición ingentes cantidades de dinero provenientes de la extracción petrolera, sino que también cuenta con sus propios cuerpos armados y a su vez una red internacional de contactos que permiten incrementar su influencia.

Durante muchos años, la narrativa del régimen teocrático para unir a la población era unirse contra un solo enemigo: los Estados Unidos de América. La potencia norteamericana fue satanizada durante décadas debido a que Washington era el mayor aliado de la monarquía depuesta por la Revolución. Posteriormente y luego de la crisis de la embajada estadounidense en Teherán de 1981, el régimen buscó siempre culpar a los Estados Unidos de cualquier desgracia del país. Posteriormente y una vez acabada la guerra fría, con la entrada del nuevo siglo el enemigo de la Revolución pasaría a ser Israel. 

Para supuestamente combatir a los enemigos de la Revolución, el régimen teocrático iraní a través de las décadas ha invertido ingentes cantidades de dinero en el apartado militar. Sin embargo, en las últimas dos décadas su mayor esfuerzo económico se destinó a su programa nuclear, altamente cuestionado por los gobiernos occidentales. Como bien sabemos, a través de los años hubo diversas escaladas y tensiones entre occidente e Irán debido al alcance de su programa nuclear, teniendo como punto álgido el ataque israelí de junio del año pasado.

Tras meses de haber terminado esta breve guerra entre Irán e Israel, la propia gente iraní se comienza a cuestionar si todo este sacrificio ha sido en vano. Y hablo de sacrificio ya que, a pesar de ser un país con un potencial enorme, los iraníes en las últimas décadas han sido un pueblo que ha tenido que vivir con numerosas limitaciones económicas. Aunque muchos justificarán la falta de prosperidad en Irán debido a las sanciones occidentales, la realidad es que el gobierno teocrático a través de las últimas décadas siempre ha desviado fondos para aspectos militares y expandir su influencia en el mundo musulmán. Como toda economía en vías de desarrollo, la variación de los precios de sus exportaciones (sobre todo el petróleo) sumado a las malas políticas económicas y a las restricciones de occidente han hecho de Irán un país con un desempeño económico mediocre; y quienes sienten este pésimo actuar son los ciudadanos.

Paralelamente a ello, el mal desempeño económico y las restricciones para poder invertir, comprar bienes y hacer empresa en Irán se suma a la represión social que ha impuesto el régimen teocrático desde 1979. Si bien es cierto que en algunos años la represión ha disminuido y en otros ha incrementado, la presencia de la guardia de la Revolución (sobre todo en las grandes ciudades) ha sido permanente. Además de la ya conocida represión contra las mujeres, su visión estatal de la provisión de servicios y ayudas sociales ha hecho que una importante cantidad de la población sea dependiente de las limosnas del estado. En otras palabras, el régimen teocrático iraní ha ido en contra de la idiosincrasia musulmana y los principios del corán al centralizar toda la ayuda social en el estado para clientelizar a los ciudadanos y hacerlos dependientes del régimen.

Mientras que en la mayoría de las sociedades musulmanas la caridad es un deber de todo creyente y por ende del sector privado, el régimen iraní ha cortado esto y ha monopolizado la asistencia social. En todo este contexto, el país persa, que incluso actualmente sigue atravesando un boom demográfico, está desperdiciando una oportunidad histórica. Siendo uno de los países de la región con mayor proporción de población juvenil, esta se ve estancada y frente a un país con total falta de oportunidades, que es muy estricta al momento de otorgar visados y que además propugna un código de reglas morales que muchas veces ni siquiera los propios “guardianes de la Revolución” practican. Es por ello que las protestas actuales que se viven en Irán son impulsadas por gente joven, gente que toda su vida ha vivido bajo un régimen de Revolución religiosa y que se ven completamente enclaustrados y limitados en sus proyectos de vida.

Muchos iraníes, tanto refugiados y exiliados como gente que aún vive en su país recuerdan con nostalgia los tiempos previos a la Revolución. Siguiendo los ejemplos modernizadores de la Turquía de Mustafá Kemal Atatürk, la monarquía iraní estaba modernizando al país y enriqueciéndolo. A pesar de que numerosas personas de izquierda (para variar) denuncian las desigualdades que existían durante el gobierno del Shah, lo cierto es que el país se estaba enriqueciendo y estableciéndose como una potencia regional. No solamente las multinacionales de todo tipo que se instalaban en el país, sino que el poder adquisitivo y la creciente demanda de bienes de lujo y la mejora en numerosos indicadores demuestran qué es el crecimiento era en favor de todos. 

Lamentablemente, en el juego sucio de la geopolítica, la Unión Soviética junto con los religiosos extremistas se encargaron de acabar con uno de los países más prósperos de la región, sumiéndolo en el oscurantismo y el atraso económico durante casi medio siglo. Es por esto que, muchos vemos con buenos ojos una intervención militar para poder acabar de una vez por todas con este régimen tiránico. Hay que ser realistas, no se puede abogar por la democracia en un país que ha vivido cinco milenios de historia sin una tradición republicana. Por lo que lo más realista es abogar por el retorno de la monarquía, pero con limitaciones a su poder.

Estamos ante una oportunidad histórica que tiene el pueblo iraní de poder liberarse de este tiránico gobierno. Es ahora donde se demostrará qué tan dispuestos están los iraníes (mujeres, hombres, niños y ancianos) para sacrificarse en pro de su libertad y qué tan dispuestos están ayudarlos los actores de la comunidad internacional.

Alejandro Arestegui
16 de enero del 2026

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