Alan Salinas

Tiempos de libertinaje

Los códigos culturales han sido ganados por el consumismo

Tiempos de libertinaje
Alan Salinas
25 de enero del 2019

 

No se puede describir a nuestro país sin situarlo en el contexto general en el que se enmarca actualmente. Contexto regido por una fuerte cultura de estado de naturaleza —al estilo hegeliano—, en el que todo vale y en el que las pasiones fanáticas se superponen a la razón y el respeto al que piensa distinto.
Por estos tiempos de banalización de la vida social y de la política —como sugiere Jaime Durán en su reciente publicación La política en el siglo XXI (Debate, 2018)— razonar no es cool, regirse por procedimientos de las instituciones que dan orden a nuestra vida social no es lo primordial. Lo divertido —sí, así lo decimos ahora— es llevar nuestras vidas a su máximo disfrute del presente permanente, viralizando xenofobia, sentimientos antipolíticos y desinformación (léase fake news).

En otras palabras, lo central en nuestras actividades diarias –impulsadas por un sentido común mediático (que tiene agenda política)— es afianzar acciones y razonamientos primarios, que no implican escuchar al experto, investigar (si fuese necesario) o dialogar. El mercado —a través de sus dispositivos culturales— ha distanciado gravitantemente al ciudadano de la reflexión y la crítica sensata para una convivencia serena.
El mercado nos ha subsumido —sin darnos cuenta o con nuestra anuencia— en un consumismo extremo, en el que todas nuestras relaciones sociales pasan —primero— por trabajar para endeudarse. Y luego de ello mantenerse tranquilo administrando nuestros dilemas existenciales mediante libros de autoayuda, sin lograr salir de ese círculo vicioso.

Nuestra libertad ha sido capturada por el libertinaje. La academia tiene una enorme responsabilidad de esa situación, porque su formato de llegada hacia un público más amplio es aburrido y lleno de tecnicismos, y nos aparta de la reflexión sobre nuestra historia y sobre nuestro presente para un futuro que pueda ser llevadero y planificable. Los políticos, en ese gran problema, tienen también una enorme responsabilidad por acomodarse continuamente a la crisis de la política, sin dar soluciones ni revertir su situación.
¿Qué hacer al respecto? Primero, plantear en el debate público la regulación del formato mediático, intensamente y por todos los espacios sociales y políticos. ¿Qué función cumple? ¿Lucrativo o educativo? ¿Cuál es su estado actual? Después ir a propuestas alrededor de esas preguntas para poder “formatear” el relato construido hasta ahora exclusivamente por el mercado.

Tengamos en cuenta que —después de la escuela y la universidad— es en el formato mediático donde nosotros nos informamos, culturizamos y circulamos “conocimiento”. Es desde ese espacio que —en conexión con otro espacio en estado de libertinaje como son las redes sociales— se incentivan/generan sentidos comunes afines a la búsqueda más de “talentos” que de esfuerzos educacionales y (como señalé líneas arriba) razonamientos primarios.
Este tiempo necesita resignificar los actuales códigos culturales ganados por el consumismo. Consumir sí, de acuerdo; pero también educar al soberano en sus derechos. Por las razones expuestas, apostemos a debatir una ley de medios. La autorregulación no existe. Es la gran mentira que nos han querido hacer creer.

 

Alan Salinas
25 de enero del 2019

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