Alan Salinas
Perú, país sin clase política
Luego del cataclismo de corrupción de Odebrecht
Hubo un tiempo en el Perú en que había políticos profesionales en el Partido Popular Cristiano, Acción Popular, Apra y en los distintos grupos de la izquierda marxista. De ese siglo XX que se fue para no volver, tenemos (para solo poner a algunos) a Luis Alberto Sánchez, Victor Raúl Haya de la Torre, José Carlos Mariátegui, Eudocio Ravines, Rolando Breña, Carlos Franco, Luis Bedoya Reyes, Javier Alva Orlandini, entre otros. Todos ellos conformaban nuestra clase política, nuestra élite que escribía y hacía política —en tiempos de autocracias— para construir democracia.
En estos tiempos, y sin ánimo de tener añoranza por el pasado, no contamos con una clase política. Contamos con algunas figuras políticas. Individualidades y no un colectivo de identidades políticas diversas que tengan un arraigo en la sociedad. No son políticos profesionales, son invitados a hacer política temporalmente. Terminada su “gestión” desaparecen del mapa. Y si continúan, no aportan sustancialmente a conformar una clase política, que está desprestigiado; por el contrario, viven y se mimetizan en su crisis. Aupados por el crecimiento económico y el sentido común forjado por el modelo económico neoliberal de los noventa, se acomodan al desprecio por el ejercicio político.
Luego del cataclismo de corrupción de Odebrecht en nuestro país, apreciamos aún más ese desprecio por nuestra “clase política”. Individualidades pagan por aventureros. Eso se refleja en las encuestas, que nos dicen que si el Ejecutivo tuviera la oportunidad de cerrar el Congreso de la República la gente lo apoyaría y celebraría.
Es que en estos tiempos hacer política no es cool. Cuando la gente empieza a escuchar a alguien que habla como político, pues entra la desconfianza. Es como si un chip estuviera activado en el sentido común de los peruanos y peruanas para rechazar cualquier formato político. El elector prefiere lo “nuevo” a lo conocido. Allí tenemos la elección de Toledo, Humala y PPK, que no tienen agrupación política más allá de ellos. Y de Guzmán y Mendoza: no nos espera la recuperación política.
¿Qué futuro tiene entonces el país que desprecia a sus políticos? Pues repensar desde una dimensión más light en forma y fondo la política. En un país —y por extensión, en un mundo— dominado por los formatos televisivos, las redes sociales y los líderes motivacionales, el político tiene que actuar bajo esos cánones. Con eso no quiero decir que botemos al bebé con la bañera. Para nada, los principios, el programa y las formas políticas deben hablarle a este nuevo país readaptándose, mezclándose con estas nuevas formas de mercado. Retroceder un paso para adelantarse dos.
El cambio de rumbo político no empieza solo por una ley que regule a las organizaciones desde lo nacional a lo local. Recordemos que el país estructuralmente no está diseñado para políticos profesionales. El cambio también requiere de entender en qué dirección giran socialmente el Perú y el mundo en estos tiempos, para poder generar un giro de 180 grados.
















COMENTARIOS