Fernando Peña
Pensar el Perú
Más allá de las explicaciones simples y de la fórmula única
Complejo, histórico y desconfiado de las explicaciones simples. Esa es, ciertamente, una manera de mirar el Perú. Y quizá una de las más necesarias. El Perú no cabe en una sola definición ni puede ser explicado desde una única perspectiva. Es un país plural, heterogéneo y contradictorio, con sus propios problemas a cuestas. Un país de todas las sangres, como diría José María Arguedas, construido sobre superposiciones históricas en las que lo indígena, lo criollo, lo andino, lo amazónico, lo moderno y lo arcaico conviven, muchas veces, sin llegar a integrarse plenamente. Esta realidad no es un dato secundario. Es una de las claves para comprender buena parte de nuestros problemas políticos.
El Perú arrastra un desencuentro histórico entre el Estado y la sociedad. Durante buena parte de nuestra vida republicana, el Estado llegó tarde, mal o de manera incompleta a grandes sectores de la población. Y cuando llegó, no siempre comprendió suficientemente la realidad sobre la que pretendía intervenir. De allí provienen algunas de nuestras fragilidades más persistentes: la debilidad institucional, la desconfianza hacia la política, la distancia entre ciudadanos y Estado y la recurrente aparición de liderazgos personalistas, providenciales o mesiánicos.
Y es que, cuando las instituciones no responden, cuando el Estado está ausente o cuando su presencia se percibe como distante, burocrática o abusiva, aparece la tentación de buscar al hombre que supuestamente pueda resolverlo todo. Pero este fenómeno no puede explicarse únicamente como una falla de nuestra cultura política. También es consecuencia de una historia en la que amplios sectores de la sociedad no encontraron en las instituciones canales eficaces para expresar sus demandas, resolver sus conflictos o sentirse verdaderamente incorporados al proyecto nacional.
La tentación de las fórmulas
Demasiadas veces hemos pretendido que el Perú siga una trayectoria “normal” hacia la modernidad, como si nuestra historia, nuestras instituciones y nuestra sociedad pudieran reproducir mecánicamente experiencias desarrolladas en otras realidades. Hemos importado modelos políticos, económicos e institucionales bajo la premisa de que aquello que funcionó en otro lugar necesariamente debía funcionar aquí… No ha sido así.
Muchas reformas fracasaron no necesariamente porque sus objetivos fueran equivocados, sino porque no dialogaron suficientemente con la realidad peruana. Fueron concebidas desde el escritorio o desde determinados centros de decisión, sin considerar las enormes diferencias territoriales, culturales, económicas e históricas que atraviesan el país.
Por eso debemos tomar distancia tanto del optimismo tecnocrático como del dogmatismo ideológico. El primero suele creer que los problemas de una sociedad pueden resolverse aplicando una fórmula técnicamente correcta. El segundo pretende que una determinada doctrina contiene respuestas universales para realidades profundamente distintas. El Perú se resiste a ambos simplismos. Entenderlo exige aceptar sus contradicciones, no borrarlas.
El país mirado desde Lima
Aquí aparece una responsabilidad histórica que tampoco puede soslayarse: la de nuestras élites. Intelectuales, militares, económicas y políticas han tenido, en distintos momentos de nuestra historia, una responsabilidad decisiva en la construcción del país que tenemos. Y su incapacidad para construir de manera sostenida un proyecto nacional verdaderamente inclusivo ha contribuido a profundizar muchas de nuestras fracturas.
No se trata de convertir a las élites en una categoría homogénea ni de negar las excepciones. Se trata de reconocer que el Perú republicano no ha conseguido construir, de manera sostenida, una relación equilibrada entre poder, territorio y ciudadanía. Con demasiada frecuencia, las decisiones se han tomado mirando el país desde Lima, desde los centros de poder o desde intereses particulares. Mientras tanto, buena parte del Perú ha permanecido distante de los espacios donde se decide su propio destino.
El resultado es un Estado profundamente desigual en su presencia territorial: fuerte en determinados espacios y extraordinariamente débil en otros. Capaz de concentrar decisiones y recursos en Lima, pero con enormes dificultades para hacer sentir su autoridad, sus servicios y sus oportunidades en buena parte del territorio nacional.
Y aquí aparece el centralismo, que no es solamente un problema administrativo. Es también una manera de pensar el país: la tendencia a considerar que aquello que ocurre en Lima constituye la medida de lo nacional, mientras que las realidades de las provincias aparecen como asuntos secundarios o periféricos. Esa mirada ha tenido consecuencias profundas. Ha contribuido a mantener la exclusión, ha alimentado la desconfianza hacia las instituciones y ha ampliado la distancia entre Lima y el resto del país. También ha creado condiciones para que determinados discursos radicales encuentren terreno fértil allí donde el Estado es percibido como ausente o indiferente.
Comprender antes de transformar
Por eso pensar el Perú no significa únicamente analizar sus elecciones, sus partidos o sus gobiernos. Significa comprenderlo como una experiencia histórica y social. Preguntarnos por qué somos como somos. Por qué determinadas instituciones funcionan de una manera y no de otra. Por qué ciertas reformas fracasan reiteradamente. Y por qué problemas que hoy parecen nuevos son, en realidad, la expresión de viejas fracturas que nunca terminamos de resolver.
El Perú no necesita recetas fáciles. Necesita una comprensión más profunda de sí mismo. Necesita dejar de mirarse solamente desde la coyuntura. Porque detrás de cada crisis política existe una historia; detrás de cada conflicto social hay una estructura; y detrás de cada ruptura institucional suele existir una acumulación de frustraciones, exclusiones y expectativas incumplidas. Comprender esto no significa justificar nuestras deficiencias ni convertir la historia en una excusa para la inacción. Todo lo contrario. Significa asumir con mayor responsabilidad la tarea de transformar el país. Porque no podemos cambiar aquello que nos negamos a comprender.
El entendimiento del Perú exige una mirada histórica y estructural de nuestra política; una crítica firme al centralismo y al elitismo; el reconocimiento de nuestra diversidad y, sobre todo, una lucha permanente contra el simplismo. Nuestros problemas no son solamente coyunturales ni exclusivamente políticos. Son también el resultado de largos procesos históricos no resueltos, de instituciones que no terminaron de consolidarse, de una sociedad que no siempre se ha sentido parte de un mismo proyecto nacional y de élites que, en demasiadas ocasiones, no supieron –o no quisieron– asumir la responsabilidad de integrar el país. El desafío consiste precisamente en romper ese círculo.
No se trata entonces de construir un Perú negando lo que somos, sino de hacerlo a partir de lo que realmente somos: un país diverso, contradictorio y desigual, pero también con una enorme capacidad de transformación. En consecuencia, para cambiar el Perú necesitamos primero comprenderlo. Dejar de explicarlo con fórmulas simples y atrevernos, de una vez por todas, a mirarlo de frente.
















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