Fernando Peña

La pobreza que no se mide en soles

La silenciosa tragedia de no leer

La pobreza que no se mide en soles
Fernando Peña
08 de septiembre del 2026

 

Jorge Luis Borges decía que la lectura debe ser una de las formas de la felicidad. Y agregaba, con esa enorme lucidez que caracterizó buena parte de su pensamiento, que no se puede obligar a nadie a ser feliz. La frase parece sencilla, pero encierra una profunda verdad. Leer no debería ser una obligación, mucho menos un castigo.

La lectura tendría que ser, fundamentalmente, un acto de libertad, un encuentro voluntario con las palabras, con las historias, con el conocimiento y, sobre todo, con uno mismo. Ergo, si leer puede ser una forma de felicidad, la ausencia de lectura nos conduce inevitablemente hacia una forma de pobreza que no siempre somos capaces de advertir. Una pobreza intelectual, cultural y hasta comunicacional.

En el Perú los niveles de lectura son paupérrimos. Diversos estudios han mostrado, con algunas diferencias según la metodología empleada, que el promedio de lectura de libros sigue siendo extraordinariamente bajo, llegando incluso a situarse en menos de un libro al año por persona. Más allá de las cifras, lo verdaderamente preocupante es lo que ellas representan: una sociedad que lee poco tiene mayores dificultades para comprender, interpretar, argumentar y comunicarse.

Y aquí aparece un problema que no es menor. No leer conduce no solo a la afasia –entendida aquí como la dificultad para encontrar y utilizar las palabras con precisión–, sino también a la agrafía; es decir, a la dificultad para expresar por escrito aquello que pensamos. Cuando se pierde el hábito de leer, se empobrece el vocabulario; cuando se empobrece el vocabulario, se limita el pensamiento; y cuando se limita el pensamiento, también se limita nuestra capacidad para comunicarnos con los demás.

No es exagerado afirmar, entonces, que una sociedad que no lee termina teniendo dificultades para hablar, para escribir y, algo todavía más grave, para pensar. Pero tampoco podemos pretender resolver el problema obligando a leer. Borges tiene razón: no se puede obligar a nadie a ser feliz. Y tampoco se puede convertir la lectura en una penitencia escolar, en una lista de libros que el estudiante debe terminar para aprobar un curso. Cuando leer se convierte en una obligación mecánica, el libro deja de ser una puerta hacia otros mundos y termina pareciendo una carga.

El desafío está precisamente allí: hacer de la lectura un deseo antes que una imposición.

Y eso comienza en la infancia. Necesitamos encontrar una estrategia nacional capaz de despertar en nuestros niños y adolescentes el interés por leer. No basta con llenar bibliotecas de libros si los niños no encuentran en ellos una razón para abrirlos. No basta con recomendar lecturas si no somos capaces de generar curiosidad. No basta con exigir comprensión lectora si antes no hemos conseguido que nuestros estudiantes descubran el placer de leer.

Hay que volver a contar historias. Hay que acercar los libros a los niños de manera amigable, sin solemnidades innecesarias. Hay que permitir que descubran que un libro puede hacerlos reír, emocionarse, imaginar, viajar, cuestionar y hasta encontrarse consigo mismos. Hay que conseguir que la lectura deje de ser vista como una tarea y empiece a ser asumida como una experiencia.

La escuela tiene aquí una responsabilidad enorme, pero no está sola. También están la familia, los medios de comunicación, las municipalidades, las bibliotecas, las universidades y, naturalmente, el Estado. Todos debemos asumir que formar lectores no es una tarea secundaria. Es construir ciudadanía.

Porque un ciudadano que lee está mejor preparado para comprender sus derechos, sus obligaciones y la realidad que lo rodea. Puede distinguir mejor entre información y manipulación, entre argumento y mentira, entre opinión y conocimiento. Puede expresarse mejor y, sobre todo, puede pensar con mayor libertad.

Por eso, el problema de la lectura en el Perú no debería reducirse a una estadística más dentro de los indicadores educativos. Estamos frente a un problema cultural y, en última instancia, frente a un problema de país. Un país que lee poco difícilmente puede aspirar a convertirse en una sociedad plenamente informada, crítica y capaz de discutir su propio destino.

Tenemos que recuperar el placer de leer. Tenemos que conseguir que un niño encuentre en un libro un compañero y no una obligación; que un adolescente descubra en sus páginas respuestas, preguntas y nuevos mundos; que una familia vuelva a conversar alrededor de un libro. Quizá entonces podamos comprender plenamente aquello que Borges quiso decir: que la lectura puede ser una de las formas de la felicidad.

No podemos obligar a nadie a leer, pero sí tenemos la responsabilidad de generar las condiciones para que el libro deje de ser una obligación y se convierta en una experiencia deseada, capaz de despertar curiosidad, imaginación y pensamiento crítico.

Ese debería ser uno de los grandes desafíos culturales del Perú. Porque un país que lee no solo comprende mejor lo que ocurre a su alrededor: también adquiere mejores herramientas para expresarse, pensar y construir su propio futuro. 

Fernando Peña
08 de septiembre del 2026

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