Carlos Hakansson

Estadistas y políticos tradicionales

La diferencia está en su actitud frente a la responsabilidad histórica

Estadistas y políticos tradicionales
Carlos Hakansson
08 de septiembre del 2026

 

Si la democracia es una técnica de la libertad y motor de la libre participación política, el constitucionalismo consolida el marco político-jurídico para frenar el ejercicio del poder estatal. Por otro lado, si la democracia promueve la libre alternancia en el poder, el constitucionalismo surgió para asegurar que no se vulneren los derechos fundamentales durante su ejercicio. En ese sentido, la realización de una comunidad política libre reposa en la sinergia de ambos conceptos que nacieron separados por varios siglos de historia, pero que ahora son interdependientes para la salud de cualquier sociedad.

El escenario actual nos presenta "malos tiempos" para la democracia y el constitucionalismo mundial. La razón es que nos encontramos ante la desaparición de la figura del estadista. La historia todavía recuerda a líderes de la estatura de Ronald Reagan, Margaret Thatcher, François Mitterrand, Helmut Kohl o Mijail Gorbachov, quienes mostraron durante la Guerra Fría tener la capacidad para liderar circunstancias críticas globales y negociar consensos históricos. De todos ellos, los dos primeros impulsaron la desregulación económica que contribuyó, paradójicamente, al paulatino debilitamiento estatal frente a los mercados transnacionales. En la actualidad, sus sucesores parecen estar opacados por los magnates mundiales de la industria multinacional y la tecnología capaz de cambiar el mundo. 

La distinción entre el político tradicional y el estadista está en su actitud frente a la responsabilidad histórica de su investidura y la estabilidad de las instituciones que debe preservar. El político tradicional suele actuar en el corto plazo, busca de popularidad y, cuando carece de mayoría parlamentaria, aborda la confrontación con soluciones efectistas y gobierno de cara a los ciudadanos y de espalda al Congreso. El estadista, en cambio, destaca por su mirada a largo plazo, orientada a tomar decisiones que trascienden a varias generaciones mediante decisiones estratégicas y sendas reformas estructurales, siempre anteponiendo el bien común y la estabilidad de las instituciones políticas a sus intereses personales o partidarios. El estadista ejerce un liderazgo cargado de ejemplaridad, pedagogía y prudencia, asume los costos políticos impopulares de sus decisiones y es capaz de celebrar pactos de Estado mediante el consenso nacional.

La gestión del político tradicional se limita a la duración de su mandato, a gestionar las crisis del momento buscando resultados inmediatos que le permitan posicionar a su grupo de pertenencia. El estadista posee una visión prospectiva porque observa los efectos de sus decisiones en el horizonte, aun cuando sus resultados no sean visibles de inmediato o supongan un costo político, asegurando el desarrollo y sostenibilidad del país en el largo plazo. El estadista sabe que las reglas de juego democráticas están por encima de las conveniencias del gobierno de turno, respeta el Imperio del Derecho y la división de las funciones del poder con actos y gestos políticos. 

La dinámica del ecosistema de las redes sociales, la hiperpolarización, la fragmentación de la esfera pública y la velocidad de las comunicaciones desincentivan la aparición de nuevos estadistas en el escenario global. La razón es que el debate público actual premia la estridencia personal y castiga la prudencia pedagógica. En un mundo cambiante, el ejercicio de la política conserva sus pilares fundamentales y puede apoyarse en una mejor performance comunicadora. Por eso, la receta innegociable para la consolidación democrática y la fortaleza de un Estado constitucional dependen del tránsito de una política de coyuntura hacia una de Estado Constitucional y Democrático con prudencia, respeto a las instituciones y la primacía del bien común.

Carlos Hakansson
08 de septiembre del 2026

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