Darío Enríquez

Los espacios ciudadanos de encuentro cotidiano 

Del «tercer lugar» a la crisis de la soledad urbana

Los espacios ciudadanos de encuentro cotidiano 
Darío Enríquez
16 de octubre del 2026

 

En un reciente artículo de opinión titulado “España contra todo pronóstico”, el analista Gilberto Carrasquero Naranjo contrapone dos formas de organizar la sociedad: el modelo volcado exclusivamente en la productividad urbana frente a otro en el que lo cotidiano incluya la costumbre de reunirse a conversar en bares, cafés y otros espacios de acceso público. Apoyándose en las investigaciones de la psicóloga Julianne Holt-Lunstad (2010) y en el Estudio sobre Desarrollo Adulto de la Universidad de Harvard, el autor destaca que el contacto social frecuente no es un aspecto secundario de la vida, sino un factor determinante para la salud física y mental.

El concepto central de este análisis se basa en lo que el sociólogo Ray Oldenburg denominó el «tercer lugar»: ese espacio accesible e informal, diferente al hogar y al trabajo, donde las personas se relacionan de manera espontánea. En el caso español, y como parte de una tradición propia de la Europa mediterránea, los bares y cafeterías funcionan precisamente como esos puntos de encuentro vecinal. Sin embargo, la noción de «tercer lugar» es más amplia e incluye también bibliotecas, plazas, mercados, centros comunitarios y otros espacios donde se desarrolla la sociabilidad cotidiana.

En contraste, diversas ciudades norteamericanas y europeas muestran elevados niveles de envejecimiento demográfico, hogares unipersonales y una progresiva reducción de las redes tradicionales de proximidad. La pérdida o debilitamiento de estos espacios cotidianos se ha asociado con un mayor aislamiento social.  En espacios urbanos como Montreal Norte, por ejemplo, una proporción significativa de personas mayores vive sola y es afectada fuertemente en su sociabilidad. Algunos pueden padecer un percance e incluso fallecer “sin que nadie sepa que yo muera”, como en el vals peruano La Despedida, popularizado por Carmencita Lara. En ese vals, la figura del migrante solitario constituye una metáfora útil para comprender una realidad cada vez más frecuente en las grandes ciudades: personas físicamente rodeadas de miles de habitantes e incluso conectada a múltiples redes virtuales, pero socialmente desconectadas de redes reales significativas de apoyo y reconocimiento.

Frente a este problema, los esfuerzos de las comunas por crear espacios con "vida de vecindario" difícilmente se consolidan. Estas iniciativas obtienen resultados limitados pues las relaciones humanas auténticas no se generan por decreto o diseño, sino emergen de condiciones favorables para la convivencia cotidiana y la interacción sostenida entre las personas. Una visión distorsionada de urbanismo suele subestimar la “infraestructura social”, aquellos espacios físicos que contribuyen a fortalecer la vida en comunidad.

Es importante advertir que este fenómeno de soledad y desconexión social ya empieza a manifestarse en las ciudades de Hispanoamérica. En el Perú y otros países de la región, existían espacios tradicionales de interacción, como las bodegas de esquina, el “punto” barrial, los mercados de abastos y las bancas de las plazas públicas. No obstante, el crecimiento urbano desordenado, la inseguridad ciudadana y la falta de planificación han fomentado el encierro en las viviendas y la preferencia por centros comerciales cerrados.

Al mismo tiempo, la gestión municipal suele priorizar el tránsito de vehículos y el mantenimiento superficial de parques por encima del uso público de la calle. A pesar de estas barreras, en los sectores populares persisten formas de organización comunitaria, como los comedores populares, las losas deportivas y las ferias de barrio, que permiten mantener el contacto entre las personas.

El reto para el urbanismo y la geografía humana en nuestra región no radica en copiar mecánicamente los bares o cafés de la Europa mediterránea, ni en aplicar programas burocráticos. Consiste en valorar y proteger los espacios de encuentro que todavía existen. La calidad de vida de una población depende en gran medida de la fortaleza de sus vínculos comunitarios y de la existencia de espacios accesibles donde las personas puedan encontrarse, interactuar y construir confianza mutua.

Darío Enríquez
16 de octubre del 2026

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