Dante Bobadilla
La maquinaria
Somos una republiqueta gobernada por las masas
Es obvio que existe una maquinaria controlando los principales medios de comunicación y a una buena porción de periodistas y políticos. Cuenta además con huestes organizadas para salir a las calles a gritar las consignas de ocasión, e incluso controla las acciones del presidente o les da sustento. Esta maquinaria es la superestructura del poder en el Perú, y su única manera de mantenerse en el control es socavando la Constitución y la ley, mediante la exaltación de las emociones y la anulación de la racionalidad. Esta maquinaria ha dirigido con mucho éxito la campaña de aniquilamiento contra Pedro Chávarry, y su meta es la captura del Ministerio Público antes de que llegue Lava Jato. La única pregunta es ¿quién es el maquinista?
Ya sabemos que existe una concentración de medios. Quien controla los medios tiene el poder para contar la verdad que mejor se ajusta a sus intereses. La verdad en política es lo que la gente cree. Así de simple. Ahora eso incluso vale para la justicia. Y la verdad se construye repitiendo todos los días lo mismo. Bombardean a la gente con los mismos mensajes hasta dejar sus cerebros en escombros. Al final se tiene una masa de zombies que creen ciegamente en lo que la maquinaria quiere que crean.
La estrategia de aniquilamiento está bien definida. Se usa cualquier cosa, incluso lo más ridículo, para sembrar una sospecha que lleve más adelante a exigir una “investigación”. En adelante la maquinaria mediática señalará al personaje como “investigado” o “acusado”. Nunca falla el truco del testigo que asegura algo nefasto sobre el personaje. Basta su sola palabra para que la maquinaria convierta eso en una verdad. ¿Se acuerdan del “testigo de la DEA” asegurando que la DEA investigaba a Keiko? Toditos se tragaron el cuento. Ahora inventaron un testigo que implicaba a Chávarry con los “cuellos blancos”. Una fiscal de la maquinaria elevó convenientemente un “informe” sin corroborar, y eso bastó para convertir a Chávarry en un “cuello blanco”. Según la maquinaria, estaba “acusado por una fiscal”.
Los medios de prensa cuentan con un rebaño bien amaestrado. Divas que se caracterizan por su agresividad y sus poses de indignadas, encargadas de repetir las mentiras de la maquinaria: Chávarry tiene que irse porque está cuestionado, debe dar un paso al costado por el bien de la institución, tiene una alianza con el fujiaprismo, etc. Así, todos los días lo mismo.
En paralelo juega la división política. Los “indignados” que presentan las más burdas acusaciones constitucionales sin sustento contra Chávarry, exigiendo premura y exclusión de todos los trámites para votar directamente en el pleno. Todo aquel que se atreva a exigir reflexión y mínimos requisitos legales con debido proceso es acusado de estar “a favor de los corruptos”. Aparecen ante la prensa para denunciar un “blindaje” y “pacto de impunidad”. Así vimos a los mismos farsantes que un año atrás blindaban a Pablo Sánchez invocando “la defensa de la institucionalidad”, exigiendo ahora la cabeza de Chávarry sin trámites.
El máximo ridículo corrió por cuenta del presidente Vizcarra, quien abandonó una misión diplomática en Brasil para volver alborotado porque removieron a dos funcionarios de segundo nivel, en una entidad en la que él no tiene nada que hacer. Pero como le encanta el show, armó su corso presidencial, caminó hasta el Congreso llevando otro de sus adefesios legislativos y exigió su aprobación inmediata bajo amenaza de cierre. Fue la culminación de sus grotescas interferencias en el Ministerio Público.
Todo este patético escenario no estaría completo sin la infaltable marchita de las huestes de izquierda, siempre dispuestas a salir al llamado de la maquinaria. Allí vemos a los mismos de siempre: sindicalistas, oenegeros, activistas de toda clase, políticos de izquierda, universitarios, teatro progre, familiares de terroristas, etc. El manicomio completo de la izquierda, con las mismas caras pero con las banderolas y pancartas de ocasión.
Esta masa de borregos adiestrados es sacralizada por la prensa y utilizada por los demagogos de la política para invocar “el clamor popular”. El primer demagogo es Vizcarra, quien llegó a decir, imitando a Hugo Chávez, que es el pueblo quien gobierna y que él solo obedece. Ahora tenemos politiqueros baratos que pretenden ampararse en las masas para saltarse la ley y la Constitución. Bajo su lógica, todo vale si lo piden las masas en las calles. Un congresista justificó sus excesos cantineros diciendo que “interpreta la indignación popular”.
A esto nos hemos reducido. Ya no tenemos un Estado de Derecho. Ya no somos una sociedad basada en la ley y la Constitución. Ahora somos una republiqueta gobernada por las masas. Los políticos, empezando por el presidente, ya no se preocupan por cumplir la Constitución ni por respetar a las instituciones democráticas, sino por agradar a las masas. ¿Y quién tiene estas masas a su disposición? La misma maquinaria que controla los medios y que le dicta la verdad a las masas. Con un presidente dispuesto a acatar a estas masas, no tenemos salida.
















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