Julio Jesús Puescas

La diosa Razón y la revolución

Cuando el hombre pretende reconstruir la civilización desde cero

La diosa Razón y la revolución
Julio Jesús Puescas
29 de octubre del 2026

 

La revolución encuentra uno de sus fundamentos intelectuales en la pretensión de convertir la razón en una autoridad suprema sobre la vida humana. Elevada por encima de la historia, las instituciones y las tradiciones, la razón adquiere los atributos de una nueva divinidad: juzga el orden existente, establece los principios de una sociedad ideal y reclama la potestad de reorganizar la realidad conforme a sus propios designios. Bajo esta concepción, la revolución se presenta como una empresa de reconstrucción integral que exige derribar cuanto contradiga el modelo concebido por sus ideólogos.

El jacobinismo racionalista expresa claramente esta lógica. Su punto de partida es la convicción de que el pensamiento abstracto puede descifrar las leyes de la sociedad y establecer las bases de un orden definitivo. A razón de ello, las instituciones heredadas, las costumbres y las tradiciones quedan sometidas al juicio de una razón que se atribuye una autoridad ilimitada. En tal sentido, todo aquello que no encaja en el esquema revolucionario pasa a considerarse un residuo del pasado que debe ser suprimido. Así, la razón abandona su función de comprender la realidad y se convierte en instrumento de demolición social.

El problema fundamental reside en los límites del conocimiento humano. Las sociedades constituyen realidades históricas complejas, articuladas mediante costumbres, normas, vínculos comunitarios e instituciones que han evolucionado a lo largo de generaciones. Su funcionamiento incorpora una experiencia colectiva que ningún individuo ni grupo de intelectuales puede dominar por completo. Pretender reconstruirlas desde un esquema racional implica desconocer conocimientos acumulados mediante el ensayo, el error y la adaptación histórica. La soberbia racionalista comienza precisamente cuando una teoría confunde su representación intelectual de la sociedad con el conocimiento completo de su realidad.

La confrontación entre Edmund Burke y Thomas Paine permite comprender las diferencias epistemológicas. Paine defendía la capacidad de cada generación para reorganizar la sociedad sobre la base de los derechos naturales descubiertos por la razón. Burke, en cambio, advertía que los derechos y las libertades adquieren forma concreta dentro de las instituciones y las relaciones históricas de una comunidad. Desde esta perspectiva, la continuidad institucional constituye una fuente de conocimiento social y una condición para la estabilidad política. Las reformas resultan necesarias, pero su viabilidad depende de comprender aquello que se pretende transformar.

La Revolución francesa representa, dentro de este debate, una expresión paradigmática del impulso jacobino. La pretensión de inaugurar una época completamente nueva condujo a la destrucción de instituciones y tradiciones que habían organizado la vida colectiva durante siglos. Así pues, la promesa del “Siglo de las luces” ocasionó ejecuciones masivas, persecución religiosa, una cruenta guerra civil y la destrucción del patrimonio cultural y económico de Francia. De esta forma, un movimiento que invocó la emancipación humana terminó justificando la coerción y concentración del poder cuando los individuos y las instituciones se resistían al modelo que se pretendía imponer. 

Las revoluciones socialistas del siglo XX reprodujeron esta misma destrucción bajo la promesa de construir una sociedad emancipada de la explotación y las desigualdades. La realización de ese ideal exigía abolir la propiedad privada de los medios de producción, colectivizar la actividad económica y subordinar la vida política y social a la dirección del partido. No obstante, lejos de alcanzar su meta, dicho proyecto revolucionario convirtió al Estado en instrumento de una ingeniería social que justificó la represión de quienes eran identificados como obstáculos para la transformación histórica. Es más, en numerosas veces, la promesa utópica socialista desembocó en regímenes totalitarios, cuyo uso de la violencia quedó legitimado por la supuesta superioridad moral de una “sociedad sin clases”.

Esta lógica persiste en la disputa cultural contemporánea en Occidente. La historia, la identidad nacional, el cristianismo e incluso aspectos propios de la naturaleza humana son sometidos a una revisión que los presenta como estructuras opresivas que deben perder toda autoridad. Por ejemplo, las corrientes progresistas cuestionan estos legados desde concepciones racionales de diversidad, igualdad e inclusión. Las consecuencias de esta operación son graves, pues la erosión de los símbolos comunes, la deslegitimación indiscriminada del pasado y la exaltación de libertades desligadas de responsabilidades colectivas atacan directamente la supervivencia de una nación.

Cabe advertir que las críticas neomarxistas y posmodernas al racionalismo ilustrado tampoco resuelven el problema. Aunque estas corrientes cuestionan la pretensión de una razón universal y autosuficiente, sus postulados desembocan en dificultades propias cuando debilitan los criterios compartidos de verdad y legitimidad sin ofrecer fundamentos alternativos suficientemente sólidos. Y es que la impugnación de una autoridad absoluta de bien y verdad desemboca en un relativismo incapaz de distinguir entre una crítica fundada y una afirmación arbitraria. 

La razón debe permanecer sometida al reconocimiento de sus límites y a la confrontación con la realidad histórica. Si bien es innegable que en determinados casos las instituciones requieren reformas, las tradiciones admiten una evaluación crítica y las sociedades necesitan corregir sus injusticias, ninguna de estas tareas autoriza a una doctrina a proclamarse dueña del destino humano. Por el contrario, la experiencia acumulada, la continuidad institucional y la prudencia política constituyen condiciones indispensables para emprender transformaciones duraderas. En consecuencia, el cambio gradual permite identificar errores, evaluar consecuencias y preservar los elementos valiosos del orden existente mientras se introducen mejoras; sin tener que sacrificar la sociedad existente en nombre de una perfección imaginada.

 

Julio Jesús Puescas
29 de octubre del 2026

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