Dante Bobadilla
La dictadura de la mafia
Un fenómeno aún no estudiado por la ciencia política
La realidad humana tiende a incrementar su complejidad. Esto obliga a adoptar diferentes enfoques, cada cierto tiempo, para analizarla adecuadamente. El mundo de hoy no es el mismo del siglo pasado, ni siquiera el de hace medio siglo. Todo ha cambiado. Y esto significa que no podemos utilizar los mismos criterios y valores para juzgar el presente.
Veamos la democracia en América Latina. Unos afirman que las dictaduras quedaron atrás, que los golpes de Estado son cosa del pasado, que ya la democracia es más firme. Pero eso es falso. Lo que ha pasado es que las dictaduras han cambiado de formato. Hoy se disfrazan de democracias y alardean de elecciones, pero siguen siendo dictaduras. Venezuela, Bolivia y Nicaragua son los casos más evidentes. ¿Acaso podemos agregar al Perú en esa lista? Siempre habrá quienes cuestionen el calificativo de dictadura, incluso en Venezuela, apelando a criterios clásicos. Pero debemos preguntarnos, por ejemplo, si hay real independencia de poderes con respeto a la Constitución y sin leguleyadas, y si existe sustento institucional para la democracia, pues si no hay libre actividad de partidos con liderazgos políticos alternativos, no podemos hablar de democracia. Y menos cuando hay persecución y líderes políticos presos.
Otro tema es el de la corrupción. Todavía nos manejamos con el viejo criterio de que los corruptos son individuos aislados, a lo sumo con un testaferro. Eso es ya cosa del pasado. Hoy la corrupción se ha institucionalizado y debemos hablar de mafias corporativas. Ya no es solo un sujeto tratando de incrementar ilegalmente su patrimonio. Siempre los habrá, pero no nos distraigamos con estos, ya que son utilizados como pantalla por la mafia corporativa para distraer a la opinión pública y hacerles creer en una lucha contra la corrupción. Ahora la corrupción se sustenta en personas jurídicas que se apoderan del Estado y lo reemplazan en sus funciones, no solo por el dinero público sino fundamentalmente por el poder.
La dictadura de la mafia corporativa aún no es estudiada por la ciencia política. Una de sus metas es destruir los cimientos del Estado para reemplazarlo. Busca el control total del Estado y de sus mecanismos políticos. Para esto necesita eliminar a los partidos políticos o minimizarlos, acabar con sus liderazgos y controlarlos desde afuera. Luego busca reducir al mínimo el poder del Congreso, hasta convertirlo en un foro de ruido político intrascendente, incapaz de alterar el orden político establecido, y al cual se le puede someter bajo amenaza, ya sea a toda la institución o a sus miembros individualmente, mediante el Poder Judicial.
Luego viene el esquema de dominio político a través de una red bien montada de asesoría institucionalizada. Son el poder real en la sombra, los que hacen el verdadero trabajo mientras los ministros y el presidente solo se ocupan de dar la cara y recitar los discursos. Como ya no hay partidos ni políticos, y los elegidos acaban siendo meros advenedizos improvisados —sin oficio político, talla ni respaldo— la mafia corporativa se encarga de proveer sus servicios de asesoría, para lo cual ya tiene un aparato de poder instalado y permanente dentro del Estado. De este modo quienes en realidad controlan el Estado son los agentes de la mafia corporativa.
La opinión pública es perfectamente controlada a través de la prensa dependiente del dinero del Estado; es decir, del gobierno. Mejor dicho, de la propia mafia corporativa, que además cuenta con una red de periodistas adscritos a su organización, que dependen de ella para recibir información y primicias, además del apoyo institucional para su promoción. El control de la prensa asegura el control del pensamiento ciudadano. Las masas solo conocen lo que les muestran los medios, y creen en lo que sus ídolos de radio y TV les dicen. Mediante este mecanismo, la mafia corporativa se encarga de definir la realidad virtual para el público, al mismo tiempo que generan encuestas que “legitiman” el accionar del gobierno.
Lo que tenemos entonces es una dictadura perfecta, a cargo de una mafia corporativa que actúa al amparo de una democracia de papel, en la que los partidos son solo fachadas y las reales instituciones vivas son las oenegés. No me digan que no se dan cuenta de que nos están llevando en esta dirección, y que gran parte de este escenario ya lo estamos viviendo.
















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