Dante Bobadilla
Izquierda corrupta
Cayó Susana Villarán, sacerdotisa de la corte caviar oenegera
Capturar a un delincuente da gusto, pero no tiene nada de espectacular. A menos que se trate de uno grande, como lo fue en su momento Abimael Guzmán, el delirante maoísta que desató el terror en el país mientras predicaba justicia social. También causa especial regocijo cuando el delincuente capturado es nada menos que un profeta de la moral, un héroe social disfrazado de luchador anticorrupción, que encabezaba marchas de indignados y lavados de bandera. Ese es el caso de la ex alcaldesa Susana Villarán, sacerdotisa de la corte caviar oenegera, matrona de los colectivos progresistas, referente de la clase social más exquisita, dueña de la moral y la verdad, y propietaria exclusiva de la memoria.
Por todo lo anterior, la captura de Susana Villarán no es cualquier cosa. Es la confirmación plena de que la corrupción no le es ajena a la izquierda más fina, la de pedigrí y casta real, la de apellidos de abolengo que abren puertas con solo mencionarlos, como si fueran palabras mágicas. Y junto a Susana Villarán hay que colocar a ese chusquerío abigarrado que la rodeaba en el estrado, vivando su nombre como si fuera la enviada del Señor. Agreguemos también a esa cofradía de santones, prohombres, patricios y notables que la pusieron en un altar, como representante de la decencia política y de la izquierda infalible.
Si con Alejandro Toledo y Ollanta Humala la izquierda trató de librarse de toda culpa, asumiendo que no los conocían, ahora están calladitos. Se han visto rostros pasmados tras la confesión sincera de la ex alcaldesa. Ya ni siquiera pueden apelar a la duda razonable, la falta de pruebas o al recurso de la palabra contra palabra. Ella ya confesó. Aunque, claro, lo hizo por todos nosotros. Se inmoló en la cruz de la corrupción para salvarnos del pecado de caer en manos de una mafia. Lo hizo por la ciudad, y lo volvería a hacer. Es una mártir. Faltaba más.
Al igual que en toda Latinoamérica, la izquierda en el Perú es símbolo de corrupción. Ha caído por tierra el sueño de la infalibilidad de la izquierda. Es hora de que asuman sus culpas y dejen de señalar con el dedo al fujimorismo o al aprismo. La izquierda fue la que entronizó a Toledo, Humala y Villarán, les sirvieron de socios estratégicos, los asesoraron dando rienda suelta al gran negociado de las consultorías, pusieron los medios a su servicio, soltaron a los colectivos progres para llenar las calles en cuanta marcha se convocaba. Los sicarios políticos se ocuparon de estigmatizar a los rivales y, gracias a la CVR, crearon el mito de una izquierda santa, pura e inmaculada, que jamás tuvo nada que ver con actos de corrupción.
Esa concepción maniquea de la superioridad moral de la izquierda no va más. Toledo, Humala y Villarán dedicaron buena parte de su gestión a investigar a sus oponentes, a perseguirlos y a estigmatizarlos. Así fue como Alberto Fujimori, Alan García y Luis Castañeda pasaron por la guadaña de la izquierda y fueron víctimas de sus rituales purificadores. La jauría rabiosa de las redes sociales se encargó de destruirlos. Por supuesto, hicieron lo mismo con Keiko apenas fue derrotada en las últimas elecciones a manos de PPK, convertido en candidato de la izquierda. Para no perder la costumbre, la acosaron judicialmente por años y finalmente la apresaron sin mediar juicio alguno, en el espectáculo más degradante de la política peruana.
Hay que darle gracias a Susana Villarán por haberle puesto un coche bomba al Olimpo caviar, por dejar en el ridículo a esa plaga de imberbes que se pusieron la camiseta del “No”, dizque para defender la moral y salvar a la ciudad de una mafia. Tan incautos fueron que no se dieron cuenta de que las camisetas que usaban las había pagado Odebrecht, que el asesor brasileño estaba pagado por Lula, que la cuenta del chifa, donde celebraron el triunfo, la pagó OAS.
Tanta plata le llovió a Susana Villarán que tiró al tacho su promesa de no volver a postular y postuló de nuevo, porque Lima no puede parar. Sufría el síndrome del salvador de la patria, que afecta a todo izquierdista en el poder. Ella quería salvar a la ciudad. Si hubiera podido, se habría quedado para siempre, como lo hicieron sus amigos Fidel Castro y Hugo Chávez. Pero la democracia se ocupó de ponerla en su lugar. Ahora le toca a la justicia.
















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