Fernando Peña
Entre urnas y asambleas
La tensión no resuelta entre representación y participación
La política tiene estas ironías que no dejan de incomodar. Se habla mucho de cambio, de transformación, de romper con lo mismo de siempre; pero a veces ese cambio intenta llegar por los mismos caminos que critica. Y ahí aparece la contradicción.
En el caso de Juntos por el Perú, lo que se plantea es justamente eso: la posibilidad de alcanzar el gobierno a través de la democracia representativa –es decir, mediante elecciones, partidos, votos delegados– mientras, al mismo tiempo, se propone un modelo de poder popular que suena mucho más cercano a la democracia participativa. Y claro, eso no es un detalle menor.
El Perú tiene algunos elementos que permitirían avanzar hacia una democracia más participativa, hay mecanismos como el referéndum, la iniciativa legislativa ciudadana y la revocatoria de autoridades. Eso significa que, en términos legales, la idea de decisiones vinculantes por parte de la ciudadanía ya está parcialmente incorporada. El problema está menos en la norma y más en la práctica social e institucional.
No obstante, en una sociedad en que la educación cívica es cuasi inexistente y escaso el grado de información, lo que contrariamente puede lograrse con el pretendido "poder popular" es convertir procesos participativos en decisiones emocionales fácilmente manipulables y capturadas por intereses específicos contrarios a los intereses nacionales. Porque no estamos hablando solo de dos formas distintas de hacer política, sino de dos lógicas que, en el fondo, no siempre encajan bien entre sí.
La democracia representativa parte de una idea bastante clara: el pueblo elige, pero no gobierna directamente. Entrega esa responsabilidad a sus representantes. Confía, delega, espera resultados. Es un sistema que ordena, que estructura, que canaliza el poder en instituciones. En cambio, la democracia participativa rompe un poco con esa distancia. Busca que la gente no solo vote cada cierto tiempo, sino que esté metida en las decisiones, que tenga voz constante, que influya de manera directa. Aquí el poder no se delega del todo, se comparte, se ejerce más de cerca.
Entonces, cuando desde un movimiento político que compite en el marco representativo se plantea construir poder popular desde una lógica participativa, surge la pregunta inevitable: ¿cómo se compatibiliza eso en la práctica? No es imposible, pero tampoco es automático. Hay una tensión real. Porque una cosa es ganar elecciones dentro de un sistema que funciona con reglas bastante claras, y otra muy distinta es intentar transformarlo desde dentro para que responda a dinámicas más horizontales, más abiertas, más directas.
Ahí es donde aparece la contradicción que muchos perciben: se utiliza el vehículo de la representación para llegar al poder, pero el destino que se promete apunta a una forma de ejercer ese poder que cuestiona justamente esa representación tradicional. Y claro, eso genera dudas legítimas. ¿Se puede construir un verdadero poder popular desde estructuras que, por diseño, concentran decisiones? ¿Hasta qué punto la participación puede ser real y no solo simbólica dentro de un Estado que sigue operando bajo lógicas representativas?
Al final, más que una contradicción puramente teórica, esto se vuelve un desafío político concreto. Todo depende de cómo se resuelva en la práctica. Si la participación se queda en discurso, la contradicción se vuelve evidente. Pero si logra traducirse en mecanismos reales –asambleas vinculantes, consultas efectivas, descentralización del poder– entonces podría empezar a cerrar esa brecha. Empero, en una sociedad políticamente frágil y desinformada es más riesgoso que beneficioso si se implementa sin condiciones previas. Las decisiones vinculantes amplían el poder ciudadano, pero no crean automáticamente ciudadanía informada. Si la base social es débil, ese poder puede terminar distorsionado: captura por minorías organizadas; decisiones impulsivas o emocionales; populismo plebiscitario; desigualdad en la participación.
El problema mayúsculo es que ese equilibrio no es sencillo. Requiere voluntad, pero también rediseño institucional, y sobre todo coherencia. Porque la gente puede aceptar tensiones, incluso contradicciones iniciales. Lo que cuesta más es sostener discursos que prometen una cosa mientras la práctica termina pareciéndose demasiado a lo de siempre. Y ahí está el verdadero punto de fondo: no es solo cómo se llega al poder, sino qué se hace con él una vez que se tiene.
















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