Fernando Peña
La estabilidad que no alcanza
El país necesita orden, dirección y un poco de previsibilidad
Hay algo raro en el aire del Perú actual. Una especie de contradicción que ya no sorprende, pero tampoco deja de incomodar. Es como vivir en dos países al mismo tiempo: uno que, en los números, se mantiene firme, y otro que, en la política, parece tambalearse cada semana.
Por un lado está esa sensación de cierta estabilidad económica que, aunque golpeada, sigue resistiendo. El sol no se desploma –como ocurre con otras monedas–, los mercados funcionan, los negocios abren cada mañana y mucha gente, con esfuerzo, sigue batallando para salir adelante. No es una bonanza, ni mucho menos, pero hay una base que no se ha quebrado del todo. Esa idea de que “algo se sostiene” todavía está ahí.
Pero, al mismo tiempo, está la otra cara. La política. Ese terreno donde todo parece incierto, improvisado, frágil. Donde cuesta confiar. Donde las crisis se vuelven rutina y los escándalos ya casi no sorprenden. Es como si el país avanzara económicamente con una mano, mientras con la otra tuviera que estar apagando incendios políticos constantemente.
Y esa dualidad no es solo un concepto abstracto. Se siente en la calle. En la conversación diaria. En el emprendedor que invierte, pero con miedo. En la familia que progresa, pero no sabe qué puede pasar mañana. En el joven que quiere quedarse, pero duda. Es una especie de equilibrio inestable: seguimos caminando, pero sobre una cuerda floja.
Lo más desconcertante es que ambos mundos conviven sin terminar de reconciliarse. La economía necesita confianza, reglas claras, horizonte. La política, en cambio, parece ir en dirección contraria, generando ruido, incertidumbre, desgaste. Y aun así, el país no se detiene. Eso habla de una resiliencia enorme, tenaz.
Pero también hay un límite. No se puede vivir eternamente en esta contradicción. En algún punto, la inestabilidad política termina por repercutir de forma más severa en la economía, es ahí donde surge la preocupación real: ¿hasta cuándo aguanta este equilibrio?
El Perú del presente no es un país en crisis total, pero tampoco uno en plena tranquilidad. Es un país que resiste, que se adapta, que sobrevive… pero que también necesita orden, dirección y un poco de previsibilidad.
Porque al final, más allá de cifras o titulares, lo que la gente quiere es algo bastante simple: poder planear su vida sin sentir que todo puede cambiar de un momento a otro. Y eso, hoy por hoy, sigue siendo una deuda pendiente.
















COMENTARIOS