Johan Villanueva
Protestas: la romantización de la violencia
Para una cultura de protesta eficaz y civilizada
En la última década, el centro de Lima ha sido escenario de manifestaciones de diversa índole: desde marchas reivindicatorias protagonizadas por pobladores del mundo rural hasta movilizaciones de claro tinte político, como las impulsadas por la generación del bicentenario. Muchas de ellas se desarrollaron con pleno respeto de los derechos individuales; sin embargo, otras no dudaron en recurrir a la violencia como instrumento privilegiado de presión.
Durante siglos, la violencia ha sido un medio recurrente para forzar cambios sociales o, al menos, para servir de catalizador del malestar popular. En las sociedades democráticas su empleo con ese primer propósito se ha ido atenuando, pues las democracias liberales han sabido —con sus notables excepciones— atender el clamor ciudadano. Aun así, esto no ha impedido que, en el afán de hacerse escuchar, las masas continúen recurriendo a la violencia con más sentimiento que razón.
Sobre este segundo uso poco se ha debatido, acaso por su resignada aceptación social. Sin embargo, no considero que su habitualidad sea razón suficiente para que su cuestionamiento resulte tabú. La instrumentalización de la violencia no solo ha sido el estandarte romántico del revolucionario: constituye también la coartada que ha justificado, en reiteradas ocasiones, la violación de los derechos ajenos. Tanto la Revolución francesa como la revolución comunista coincidieron en no desaprovechar la violencia para la obtención de sus fines. Bajo la espada del "cambio" no solo perecieron Luis XVI y Nicolás II, sino que los acompañó una multitud de inocentes cuyo único pecado fue hallarse en el lugar y el momento equivocados.
Hoy, con el afán de sentir que decapitan a un nuevo rey, vuelve a salir a las calles una muchedumbre que, en realidad, descarga su descontento contra sus propios semejantes: personas que, al igual que ellos, son víctimas de los mismos pesares que motivan su reclamo. En este contexto, resulta injustificable apelar a la existencia de un supuesto "bien mayor", pues esa retórica colectivista solo busca suprimir del razonamiento ético el valor irrenunciable de cada individuo, y eludir la pregunta fundamental: si la violencia contribuye realmente a la obtención de los fines que se persiguen.
No es difícil evocar escenas en que los manifestantes recurren a la agresión —con golpes, insultos o incluso armas— sin que ello se traduzca en ningún avance concreto hacia sus objetivos. ¿En qué puede contribuir un acto de vandalismo simbólico al cambio social? ¿De qué sirve destruir un negocio local para demostrar que una posición es la correcta? Lejos de fortalecer la causa, este tipo de acciones la estigmatizan y generan el rechazo de amplios sectores de la ciudadanía que no siempre están dispuestos a involucrarse en la esfera pública.
Lo anterior no pretende, en modo alguno, cuestionar el derecho a la protesta; solo busca interrogar si aquello que se hace "sin mala intención" tiene verdadera utilidad. Es comprensible que la emoción se desborde cuando se reclama en grupo; pero ¿puede la emoción colectiva erigirse en excusa permanente para los desmanes? Si la manifestación persigue un fin concreto —y no es un fin en sí misma—, debe someterse a un riguroso examen de eficacia.
En este punto, cabe recordar una forma de protesta que, en tiempos tan polarizados como los actuales, debería recuperar protagonismo: la marcha pacífica. Mucho se la cuestiona por carecer de "emoción"; sin embargo, ha sido la protagonista de transformaciones profundas en la historia reciente. Basta mencionar la Marcha de la Sal encabezada por Gandhi, sin la cual el mapa geopolítico actual difícilmente sería comprensible. La protesta no violenta no solo resulta menos perniciosa para los propios fines que persigue, sino que es plenamente respetuosa de los principios que rigen un régimen de derechos y libertades.
En conclusión, el dilema no reside en la legitimidad de nuestras quejas, sino en la eficacia de nuestros métodos. La historia ha demostrado que la violencia —lejos de ser motor de cambio— suele convertirse en el lastre que hunde las causas más nobles. Si el objetivo es transformar la realidad, y no simplemente desahogar un resentimiento acumulado, la protesta debe dejar de ser una catarsis emocional para convertirse en una estrategia cívica deliberada. La legitimidad de una lucha no emana de la fuerza con que se agrede, sino de la nobleza del fin que se persigue.
















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