Berit Knudsen
Elecciones Perú: anticipar el día siguiente
Es indispensable desactivar el incentivo al conflicto permanente
La pregunta sobre el “día siguiente” en Perú no es la campaña, es arquitectura política. No es solo quién pasa a segunda vuelta, sino qué condiciones mínimas deben construirse para que quien gane no nos lleve a una lógica de desgaste. Lo que vimos en la jornada, cuando el voto tardío reordenó posiciones, difícilmente se revertirá. Por ello, más que discutir resultados, corresponde anticipar escenarios.
Esta jornada electoral revela fragmentación, secuencia territorial del voto, ausencia de mayorías y desconfianza institucional. El objetivo no es solo “ganar la segunda vuelta”. Es crear condiciones de gobernabilidad antes de llegar al poder.
Estas elecciones demuestran que el Perú no es homogéneo o está simplemente dividido. Es un país que se revela por etapas. Un voto urbano marca el inicio del resultado; otro voto rural lo redefine al final. Esa dinámica se traslada al gobierno. Si el próximo presidente decide solo en función del país visible y mediático, quedará desalineado con el resto. No se trata de “equilibrar regiones”, sino gobernar para sectores que entran en la agenda en momentos distintos, usualmente los últimos en ser incorporados. Peruanos que demandan mejores condiciones de vida.
La segunda vuelta plantea disputas de adhesiones: quién suma más votos negativos del otro. Así, la legitimidad presidencial termina representando rechazo, no respaldo. No se trata de profundizar corrientes de negación, sino desplazarlas con argumentos. La segunda vuelta debe buscar agregación política: sumar actores, agendas y compromisos antes de la elección.
Pretender que un candidato “represente a todos” es una ilusión que termina debilitándolo. Se trata de construir coaliciones limitadas pero funcionales, con actores que sostengan el gobierno sin erosionarlo. Negociar con partidos, pero también con los bloques territoriales que se hacen visibles durante las elecciones. Recordar que el elector ya descalificó a muchos que gobernaron por “cuotas de poder.
El problema no es ideológico, sino institucional. El Perú no tiene un mecanismo eficaz de cierre entre Ejecutivo y Legislativo. Un presidente elegido con una base débil se enfrenta a un Congreso con capacidad de bloqueo permanente. Por ello es importante incluir compromisos de reforma institucional: reglas estrictas de vacancia, mecanismos de coordinación Ejecutivo–Legislativo y previsibilidad en la sucesión del poder.
Las propuestas de reforma planteadas como corrección técnica fracasan porque alteran la distribución del poder. No es “la mejor reforma posible”, sino intervenir políticamente en factores que generan inestabilidad y reducir la incertidumbre. Menos idealistas, más operativas.
Es indispensable desactivar el incentivo al conflicto permanente. El proceso electoral mostró denuncias, sospechas y una rápida escalada de tensiones. El objetivo político es establecer reglas y reconocer mutuamente resultados. En sistemas frágiles, la estabilidad comienza cuando los actores aceptan perder dentro de las reglas.
Un elemento decisivo es la narrativa de gobierno. En Perú cada presidente gobierna en modo “transición permanente”, sin horizonte y centrado en crisis. Esa lógica se rompe con un propósito claro: qué estabilizar primero y por qué. No garantiza el éxito, pero evita el desgaste.
El objetivo del día siguiente es preparar el gobierno antes de ganar. El problema del Perú no es que el sistema no produzca presidentes; es que no logran sostenerse. Ya reaccionamos antes, frente a un mal gobierno como hecho consumado y ese gobierno cayó. Esta vez el desafío es anticiparse.
Muchos piensan que la solución es encontrar al “candidato correcto”. Pero esta elección sugiere que ningún candidato, por sí solo, podrá corregir un sistema que incentiva fragmentación, conflicto y debilidad del Ejecutivo. Apostar todo en la figura y no el diseño, repite el patrón de inestabilidad.
La segunda vuelta no debe leerse sólo como una competencia. Es la oportunidad para introducir racionalidad en un sistema que, por diseño, tiende a perderla.
















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