Fernando Peña
Un siglo después, la misma infección
Perú: “Donde se pone el dedo salta la pus”
Han pasado más de 135 años desde que Manuel González Prada soltó esa frase que incomoda, que duele y que, peor aún, sigue vigente: el Perú como un organismo enfermo. Y lo más frustrante no es que la metáfora siga funcionando, sino que parece haberse quedado corta. Hoy ya no es solo que “donde se pone el dedo salta la pus”; es que el cuerpo entero parece acostumbrado a vivir infectado, como si la enfermedad se hubiera vuelto parte de la identidad nacional.
Uno quisiera creer que más de un siglo basta para aprender, para corregir, para sanar; pero no. Seguimos atrapados en los mismos vicios: corrupción descarada, instituciones débiles, autoridades que gobiernan de espaldas a la gente y un pueblo que, entre resignación y sobrevivencia, termina normalizando lo inaceptable. Cambian los nombres, los rostros, los discursos… pero el fondo es el mismo. O peor.
Porque si algo ha cambiado, no es la enfermedad sino su sofisticación. Antes la podredumbre era más evidente, más burda. Hoy se disfraza de legalidad, de tecnicismo, de “estrategia política”. Ya no solo se roba: se justifica. Ya no solo se abusa del poder: se maquilla como si fuera parte del juego democrático. Y mientras tanto, el ciudadano común sigue esperando lo básico: salud, educación, seguridad. Cosas que en cualquier país funcional no deberían ser un lujo.
Lo más duro es reconocer que el problema no está solo “arriba”. Claro, la clase política tiene una responsabilidad enorme, pero el deterioro también se filtra hacia abajo. Se cuela en la cultura del “sácale la vuelta”, del “todos lo hacen”, del “si no aprovecho yo, otro lo hará”. Es una cadena que se alimenta sola. Un círculo vicioso donde la desconfianza genera más corrupción, y la corrupción más escepticismo.
Y entonces uno se pregunta: ¿en qué momento nos resignamos? ¿Cuándo dejamos de indignarnos de verdad? Porque indignarse en redes no cuenta. Quejarse en conversaciones de café tampoco. La verdadera indignación incomoda, moviliza, exige cambios reales. Pero aquí muchas veces preferimos adaptarnos. Sobrevivir dentro del caos en lugar de enfrentarlo.
Tal vez lo más doloroso de todo es que el Perú no es un país pobre en posibilidades. Tiene historia, tiene recursos, tiene gente capaz. Pero también tiene una carga pesada: la incapacidad de construir algo colectivo que funcione. Cada quien jala para su lado, y al final el país se desarma solo.
Más de 135 años después, la frase de González Prada no debería seguir describiéndonos; debería ser un recuerdo de lo que fuimos, no un diagnóstico actual. Pero aquí estamos, todavía señalando heridas que no cierran, todavía sorprendiéndonos de infecciones que nunca tratamos de raíz.
Y quizás ya es momento de dejar de repetir la frase con resignación y empezar a verla como lo que realmente es: una acusación que sigue pendiente. Porque si el Perú sigue enfermo no es solo por quienes lo gobiernan, sino también por todo lo que hemos permitido que esa situación se vuelva normal y cotidiana.
















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