Javier Agreda

Geología de lo fantástico

Reseña del libro de cuentos “Ochenta días” de Enrique Prochazka

Geología de lo fantástico
Javier Agreda
07 de mayo del 2026

 

Con su primer libro, Un único desierto (1996), Enrique Prochazka (Lima, 1960) se convirtió en una de las voces peruanas más reconocibles dentro de la narrativa fantástica contemporánea; en particular, dentro de una tradición cercana a Jorge Luis Borges, aunque con frecuentes incursiones en el siempre discutido territorio de la ciencia ficción. Sus libros posteriores, desde Casa (novela, 2004) hasta Ocho cuentos de tampocos y todavías (2020), han ido consolidando un universo narrativo muy personal, en el que conviven la especulación científica, el misticismo, la erudición literaria y ciertas experiencias vitales del propio autor, como puede comprobarse en su más reciente libro de cuentos, Ochenta días (Peisa, 2026).

El primero de los ocho relatos del volumen, “Lucrezia y el ojo de vidrio”, funciona casi como una declaración de principios. Su protagonista es una mujer solitaria, luchadora profesional de artes marciales mixtas, que trabaja “lo mínimo para sobrevivir y saltar de Lesbos a Ítaca y de Dubrovnik a Córcega, y de Malta a Mallorca y…”. Instalada en un pequeño pueblo italiano, durante uno de sus paseos alrededor de un cerro volcánico descubre que el suelo bajo sus pies comienza a hundirse lentamente en una masa de cenizas. El episodio, inquietante y cercano a lo fantástico, apenas ocupa las páginas finales del cuento. Antes de llegar a ese momento, Prochazka dedica la mayor parte del relato a explorar la vida interior de Lucrezia: sus dificultades para relacionarse con los demás, su sensación de inadecuación, su baja autoestima (se describe como “terca, torpe, no linda”). La anomalía geológica termina convirtiéndose casi en una consecuencia de la deriva emocional del personaje.

En ese relato aparecen ya los principales rasgos que articulan buena parte del libro. Por un lado, las protagonistas: mujeres independientes, errantes, muchas veces aisladas socialmente, cuyos conflictos íntimos —recuerdos, obsesiones, frustraciones— importan más que la acción misma. Por otro, la presencia de fenómenos geológicos extraños, situados en el límite de lo verosímil, como detonantes de las historias. Y finalmente, el viaje: los cuentos transcurren en islas mediterráneas, pueblos andinos, ciudades escandinavas o territorios remotos. Como si el lector estuviera dando, a la manera de la célebre novela de Julio Verne, una vuelta al mundo en ochenta días.

Relatos como “Las figuras allá abajo” reproducen casi exactamente esa estructura. Aquí la protagonista es una maestra de primaria destinada a un pequeño pueblo “a casi cuatro mil metros de altura cerca de Chimche, al sur de Ayacucho”; una mujer solitaria y culta que suele recorrer restos prehispánicos y parajes volcánicos hasta descubrir una perturbadora formación geológica. El relato deriva entonces hacia un fantástico mucho más explícito. Sin embargo, es también en cuentos como este en los que aparecen algunos de los principales problemas del libro. Las protagonistas suelen compartir un mismo diseño intelectual: personajes con conocimientos especializados en geología, literatura o filosofía, muy cercanos al propio perfil de Prochazka, filósofo, antropólogo y montañista. Esa homogeneidad termina restando naturalidad y diferenciación a las voces narrativas.

Algo similar ocurre con ciertos excesos formales, como la mezcla de registros —narración, informes científicos y testimonios personales— en "Combustión interna". O, en el plano del lenguaje, con la búsqueda constante de formulaciones singulares que algunas veces fracasan. Expresiones como "su rectitud me pareció sospechosa de una manera sospechosa" resultan tan desconcertantes como que un personaje, al darse cuenta de algo importante, afirme que "me asaltó una realización", un anglicismo completamente fuera de lugar. Son tropiezos que erosionan la confianza en una prosa que, justamente, suele distinguirse por su rigor y cuidadosa elaboración.

Acaso por eso algunos de los mejores momentos del libro sean aquellos en los que el autor se aparta parcialmente de su esquema fantástico y se acerca a un registro más cotidiano, incluso cercano al de Julio Ramón Ribeyro. En "Gemelos", por ejemplo, el protagonista es un montañista que vive en Estocolmo y desarrolla una extraña relación con una pareja de ancianos polacos. Y en "Reunión", el cuento más extenso y probablemente el más logrado del conjunto, una mujer de cuarenta años pasa unas vacaciones en la paradisíaca isla homónima, en el océano Índico, donde entabla amistad con dos jóvenes surfistas locales. El relato, pausado y melancólico, recuerda por momentos a "La juventud en la otra ribera", y también a la serie The White Lotus, sobre todo en su retrato de un turismo sofisticado, atravesado por el vacío emocional y la frivolidad.

Ochenta días es el libro de un autor con imaginación singular e intereses poco comunes dentro de la narrativa peruana contemporánea. Cuando Prochazka logra equilibrar su impulso especulativo con una observación más humana y concreta de sus personajes, los cuentos alcanzan una intensidad genuina, difícil de encontrar en la ficción local reciente. Ochenta días confirma, en suma, a un escritor de recursos probados; pero también lo enfrenta con la exigencia que plantea toda obra madura: la de traicionarse un poco a sí mismo para seguir creciendo.

Javier Agreda
07 de mayo del 2026

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