Carlos Rivera
El hombre imposible
José Domingo Pérez y el tinterillaje mediático
Nuestros afamados y graciosos cómicos ambulantes recurrían al juego y las travesuras con el lenguaje: usaban el doble sentido, la cháchara de barrio, el travestismo y las criolladas típicas —rellenas de fobias, retratos sociales y estratificación de clase— para hacernos reír. Marcos Castañeda, «Tornillo», y Héctor Chavarría, «Loncherita», eran unos capos al construir, con su jerga, rapsodas de un humor atrevido pero efectivo ante un público que se destornillaba de risa. Una efectividad a toda prueba.
Los abogados son expertos en las maromas propias de su jerga profesional y, a veces, recurren a la redundancia o al abuso retórico para justificar alguna inoperancia o la falta de celeridad en los procesos que encausan. El tinterillaje es una manía que deviene en una supuesta cultura jurídica. Pero hay abogados prácticos, racionales y eficientes en su léxico propositivo, atentos a cualquier incidencia de los casos: leídos, sólidamente formados y, sobre todo, dotados de una capacidad crítica que les permite una amplia visión del derecho y la justicia. Las debilidades de nuestro Estado y los debates sobre las falencias de nuestro sistema de justicia han creado monstruos burocráticos inútiles —de talla mundial— como el señor José Domingo Pérez, quien, ante ciertas conveniencias de una narrativa ideológica y política, pasa por representante de la inteligencia y héroe de la dignidad, a pesar de que sus balances sean nefastos, mediocres o totalmente ineficaces.
Pérez no pudo ser divertido como nuestros cómicos ambulantes, pero intenta un camino tortuoso para su cerebro: ser una parodia de sí mismo. Para dicha empresa ha creado sus propios mundos; ha edificado una singular fantasía en la que él es Caperucita, Pinocho y Campanita a la vez; ha fabricado sus leyes y barreras comunicativas, se ha inventado enemigos y los demonios que intentan derribarlo por su heroica moralidad contra los villanos. Nunca practica la autocrítica —algo que hace incluso el ser más inteligente y sabio del planeta—. Cuando le preguntan por el caso Cocteles, apela a argumentos pueriles sobre mafias que persiguen su trabajo, o a un conciliábulo de envidiosos que lo acechan por su supuesta inteligencia de marmota.
Para Pérez, todos estuvieron en su contra: el Tribunal Constitucional, la JNJ, la Autoridad Nacional de Control, los abogados de la defensa, los abogados independientes que cuestionaron su actuación y, desde luego, los medios de comunicación que un día lo ensalzaron y hoy guardan una distancia prudente ante los despropósitos de sus defensas. Pero ni los entrevistadores de LP Pasión por el Derecho, ni Mávila Huertas, Fernando Carvallo, Pedro Salinas, Curwen, los Pitucos Marrones, Glatzer Tuesta ni el IDL se atrevieron a repreguntar racionalmente sobre un verdadero balance de sus casos. Le permitían sus diatribas populacheras, que no resisten el mínimo análisis. En una entrevista fue consultado sobre la muerte de José Miguel Castro —exgerente municipal de Lima durante la gestión de Susana Villarán— y, con un cinismo que rayaba en lo cómico, declaró que el mencionado «no manifestó ningún riesgo a su seguridad en su última visita a Fiscalía» (Fuente: RPP). ¿No era acaso su deber velar por la integridad de sus acusados cuando era necesario cerrar su colaboración para iniciar el juicio oral contra la exalcaldesa?
Y a pesar de tamaña estupidez, siguió siendo héroe: el más grande fiscal que ha parido el Perú. Cuando la Autoridad Nacional de Control decidió su no ratificación como fiscal provincial, sus huestes salieron en su defensa y acusaron de conspiración y abuso el procedimiento seguido en su contra.
Desde que lo vi por televisión, nunca me pareció un fiscal competente; siempre estuvo lejos de los aspavientos mediáticos que contaminan la objetividad profesional. Ni con toda la ayuda del gobierno de Martín Vizcarra, los medios de comunicación y sus aduladores fue capaz de ordenar sus casos y construir una acusación sólida. En su ferviente delirio de acorralado, sigue repitiendo que el dinero del BCP que Dionisio Romero Paoletti entregó a Keiko Fujimori no es de él, sino de sus asociados —clientes—, por lo cual representaría fraude en la administración de personas jurídicas y, por ende, tendría origen delictivo. Ya está. No hay más que decir.
Pérez no tiene humor; sus redundancias son categóricas, sus estrambóticas historias lo aproximan a un sujeto que ha perdido el juicio —o los juicios— y ha devenido en tinterillo tiktoker. Durante muchos años sus investigados lo acusaron de ser un fiscal politizado, un servidor que explicitaba sus odios ideológicos durante las audiencias, algo que resultaba más que evidente. Incluso en sus pretendidas ponencias académicas, cuando intentaba hablar de realidad nacional, siempre alegaba una labor técnica y una postura objetiva de su encargatura. Y como si su destino lo llamara, asumió la defensa de Pedro Castillo argumentando que lo único que hizo el expresidente fue leer una proclama. Además, ha escuchado el llamado de su corazón zurdo y se ha sumado al entorno del candidato de Juntos por el Perú, Roberto Sánchez. Las maromas de la politiquería siempre fueron y serán su destino. Ojalá no regrese jamás al Ministerio Público.
















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